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Cataratas en el desierto

De la mano de la Fundación Ulls del món (ojos del mundo), recorremos los campamentos saharauis habilitados en el sur de Argelia para abrir los ojos a una realidad nada confortable

  • Autor: Por

  • Fecha de publicación: jueves 14 diciembre de 2006

En la Hamada argelina la humedad atmosférica abandona su rasgo relativo y no supera jamás el 0%. El único líquido incoloro, inodoro e insípido son las lágrimas. Por tanto, las únicas cataratas que uno ve allí tienen su origen en los ojos de un pueblo humillado hasta la saciedad. Una catarata no es un lagrimeo exhaustivo; la leucocoria, o catarata blanca, es una opacidad progresiva del cristalino (lente situada dentro del ojo que en condiciones normales debe ser transparente). Es fácil adivinarlas por parte de quienes nos dedicamos a la fotografía: los ojos nunca aparecen rojos por mucho flash que se utilice. La visión se desvanece progresivamente y sólo es posible recuperarla por medio de cirugía.

Cielo protector, pueblo desprotegido

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Cataratas blancas, tracomas o glaucomas son afecciones corrientes en una población permanentemente expuesta a un sol de piedad, a condiciones higiénicas nefastas y a vientos capaces de introducir arena hasta en el tuétano del hueso. Por si fuera poco, los refugiados saharauis dependen por entero de la cooperación internacional, sin medios propios para hacer frente a casi todos los problemas de salud. Cooperantes y refugiados intercambian razones para ver y vivir. Aquel cielo protector que embelesó la prosa del escritor norteamericano Paul Bowles y que cada noche sigue clavando en la arena a los cooperantes venidos de latitudes más confortables, proporciona la experiencia más semejante a estar suspendido en el espacio. Sin grillos ni viento, sin electricidad y con un silencio cósmico que sólo interrumpe muy de vez en cuando el alarido de un chacal, el cielo del Sahara despliega seguramente más fulgores que en ninguna otra parte del planeta. Pero de bien poco sirve tanto embeleso a los refugiados saharauis, habitantes de un patria que no les corresponde y herederos de un país ocupado por Marruecos.

La ONU estima en 80.000 ciudadanos a la población saharaui aunque en realidad son el doble, lo que significa que reciben la mitad de víveres y medicinas que necesitan

Herederos del viejo imperio almorávide, los saharauis conocieron en carne propia la peor faceta del colonialismo europeo. En virtud de tratados de rancio abolengo, España y Francia inauguraron el siglo XX repartiéndose los territorios del África noroccidental, quedando a merced de Madrid una franja de territorio situado entre Marruecos y Mauritania, Argelia y Mali (países que no tardaron en conseguir su independencia) que recibió el nombre de Sahara Occidental. Los saharauis nómadas de Mali o Mauritania adoptaron la nacionalidad de estos recién creados países, pero los saharauis que permanecían en el Sahara Occidental aguardaban con impaciencia la retirada española y la proclamación de una República Árabe Saharaui Democrática (RASD).Ocurrió, sin embargo, que las cosas se torcieron. España, conocedora de la intención de Marruecos de anexionarse los territorios tras su retirada, ocultó semejante fraude a los saharauis y optó por replegar sus negociados y su legión sin hacer ruido.

Pese a que los saharauis crearon un ejército de liberación, el Frente Polisario, Marruecos rehuyó una guerra abierta y optó por organizar un desplazamiento masivo de población marroquí hacia el Sahara Occidental, la famosa Marcha Verde, a la vez que persiguió policialmente a los independentistas y sembró de minas y bombas de racimo sus impuestas fronteras. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) no vio precisamente con buenos ojos lo ocurrido y reconoció a la nación saharaui, a la que Argelia concedió algo más que asilo político, toda vez que le otorgó el triste título de pueblo refugiado y asumió la tutela administrativa de la zona militarizada de la Hamada que el gobierno de Argel se había aprestado a ceder. Tras 30 años de negociaciones entre mediadores de la ONU, representantes de la RASD y del Frente Polisario, Marruecos y las diplomacias de España, Francia y EEUU, todo sigue igual y sin solución en el horizonte. Los saharauis siguen siendo refugiados tutelados por la ONU y Marruecos mira al otro lado cada vez que se le reclama el legítimo derecho de esta gente a vivir en el país de su pasado y de su identidad.

Tan pobres son los habitantes de los campamentos de la RASD en Argelia que, por no tener, no tienen ni un censo bien hecho. Para la ONU, la población saharaui no llega a los 80.000 ciudadanos (casi todos ancianos, mujeres y niños), mientras que la última comisión de la Fundación Ulls del món que ha visitado el terreno especula con que sean en realidad más de 160.000. Todo quedaría en mera desproporción cabalística, si no fuera por el hecho de que la ONU organiza el reparto equitativo de comida y medicinas en virtud de la población estimada; lo que significa que los saharauis reciben exactamente la mitad de víveres y medicinas que necesitan. ¿Futuro? Nadie cree en él por aquellos pagos. Las jóvenes generaciones sólo aspiran a obtener una beca del Gobierno de Cuba para viajar al país caribeño y poder conocer una realidad bien distinta a la suya. La RASD mantiene en los campamentos una especie de socialismo de supervivencia con poco espacio para el fundamentalismo islámico (aunque también pervive). Los saharauis son sunitas. La tradición pesa mucho, pero cada vez menos. Las escuelas laicas parecen ganar terreno a las religiosas, pese a que estas últimas obtienen más fondos para sus abnegados propósitos.

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