Alternativas a la comida rápida

Desde hace unos veinte años, el movimiento internacional del Slow Food cree que es posible otro tipo de alimentación, más allá del fast Food
Por Juan Ramón Hidalgo Moya 12 de septiembre de 2005

En contra de la filosofía del fast food nacen movimientos sociales, en el ámbito mundial, como el slow food, que ven en el alimento un bien cultural a preservar, preparar, disfrutar y saborear más lentamente. La nueva propuesta promueve rescatar sabores olvidados, proteger la biodiversidad y los alimentos en peligro de extinción, incentivar la gastronomía, y adiestrar los sentidos para disfrutarla

Detrás de la cultura del fast food están las multinacionales de la alimentación, que no sólo se preocupan de nutrir a sus clientes sino de crear un ambiente global y uniforme de sabores, productos y servicios en todo el mundo a bajo coste y de forma rápida. La actual normativa está todavía poco adaptada a las tradiciones culturales alimentarias, a los alimentos de proximidad que proporciona la biodiversidad y al pequeño productor local. Tampoco está adaptada al pequeño productor local ni al inmenso poder que las empresas de la comida rápida tiene, tanto a nivel económico como social.

En 1986, el movimiento del Slow Food fue fundado en Italia por Carlo Petrini como respuesta a la invasión homogeneizada del fast food y al frenesí de la fast life. En la actualidad, y bajo la fórmula de una asociación sin ánimo de lucro, cuenta con unas 80.000 personas en 104 países de todo el mundo, agrupadas en 750 convivia o zonas regionales que, amparados bajo el emblema del caracol, símbolo de la lentitud, profesan una nueva filosofía en la que se combina no sólo placer, sino también cultura culinaria y enológica, la del saber qué se come y qué se bebe, y el poder deleitarse con ello a través del sentido del gusto, sin prisas.

El movimiento `Slow Food´

El movimiento Slow Food combina placer, cultura culinaria y enológica, y apuesta por saber qué se come sin prisas

Los seguidores del Slow Food se oponen a la estandarización del gusto de las cadenas alimentarias del fast food. Su reivindicación es poder deleitarse con los alimentos, algo que únicamente puede obtenerse a través de la degustación de los más variados productos autóctonos de las más diversas regiones del mundo, en los que se utilizan fórmulas artesanales de elaboración. Para ello, son conscientes de la importancia de conservar y difundir el conocimiento de cada cultura, exaltando la diferencia de sabores, la producción alimentaria artesanal, la pequeña agricultura, o incluso, técnicas de pesca y ganaderías sostenibles; y no dudan en salvar una determinada raza animal o una especie vegetal en vías de extinción, a fin de recuperar un ambiente o una receta, o para regalar un placer a un paladar suficientemente educado para ello.

Slow Food destina dinero para proyectos concretos que tienen por finalidad proteger los más variados alimentos, las zonas donde se cultivan, los métodos tradicionales de elaboración, los cultivos, las especies, los productos y los lugares donde se degustan, tanto desde el punto de vista del interés histórico-cultural de la zona, como de los sitios o espacios dedicados al placer culinario, ya sean mesones o tabernas, o incluso de elaboración, como charcuterías.

Alimentos en peligro de extinción

Una de las mayores preocupaciones del movimiento son los alimentos en peligro de extinción, métodos tradicionales que están a punto de olvidarse, así como conocimientos culinarios ancestrales. La fórmula para denunciarlo es a través de lo que denominan «Arca del Gusto» en la que Slow Food estiba simbólicamente variedades vegetales y animales que están en peligro de desaparecer. Entre los productos que la organización ha seleccionado para asegurar su continuidad están el café huehuetenango de Honduras, el arroz basmati de la India y el oscypek, un queso polaco de leche cruda.

Para ayudar a estos y otros alimentos, Slow Food organiza a los productores, establece normas de producción, recopila recursos para instalar infraestructura, promueve investigaciones y canales de comercialización, así como su exportación. En este sentido, se establece que los productos deben ser excelentes en cuanto al sabor y con calidad definida a partir de costumbres y tradiciones locales; estar enraizados tanto en la memoria como en la identidad de un grupo social, y relacionados con la historia de un territorio; producidos en cantidades limitadas y estar en peligro de extinción.

Y es que lo que no están dispuestos es a que se pierda la biodiversidad como parte que es del conocimiento humano, pues se pierde un conocimiento milenario en el cultivo, en el arte culinario y en la cultura de las regiones. Una cuestión trascendental que ha quedado al margen de la normativa fundamental sobre alimentación y protección de sus últimos destinatarios, los consumidores; pero que resulta lo suficientemente trascendental como para motivar la preocupación de las autoridades de todo el mundo, de los operadores alimentarios y de los propios consumidores, que quieran reivindicar no sólo un derecho sobre el buen gusto, sino sobre la ingesta de alimentos autóctonos elaborados según recetas y técnicas milenarias.

EL INMENSO PODER DEL `FAST FOOD´

Img fastfood1Como cuenta Eric Scholosser en su libro Fast Food, «la comida rápida es hoy tan común que ha llegado a adquirir un aire de inevitabilidad, como si fuera algo ineludible, un hecho constitutivo de la vida moderna». Y no le falta razón, atendiendo a los datos económicos y sociales con los que nos hemos encontrado. En Estados Unidos, McDonald’s contrata cada año alrededor de un millón de personas, es el mayor comprador de carne de vacuno, carne de cerdo y patatas de todo el país, y el segundo comprador de pollo, y la mayor propietaria de tiendas de venta al público de todo el mundo.

De hecho, se dice que uno de cado ocho trabajadores norteamericanos ha sido en algún momento de su vida empleado de McDonald’s. Tan sólo en Estados Unidos el gasto en comida rápida ascendió a unos 110.000 millones de dólares (según datos de 2000). En España, la facturación de conjunto para este tipo de establecimientos, que son 1.916 en todo el territorio, ascendió el pasado año a 1.876 millones de euros. La cadena de hamburguesas McDonald’s, que es la mayor empresa de comida rápida en el mundo, gestiona en la actualidad unos 29.000 de los 88.000 establecimientos de comida rápida existentes, si bien la mayor parte de ellos son franquiciados, como así sucede en España, cuyo número de establecimientos asciende a 336 en todo el país.

La facturación alcanzada en España por este operador ascendió en el año 2003 a 554 millones de euros, siendo la empresa líder en España por volumen de facturación en el sector de la comida rápida, y cuyos centros son visitados por unos 200 millones de personas cada año; pero no por número de locales, dado que el líder es TelePizza con 532 establecimientos. Lo más curioso es que las grandes cadenas de comida rápida tienen lazos comerciales con otras transnacionales del sector alimentario, que son las que les subastan los productos que posteriormente se venden en los restaurantes, según pone en evidencia el estudio que para España ha hecho sobre el sector el Observatorio de Corporaciones Transnacionales, IDEAS/ Eco-Justo en el 2005.

Como exponen, en su gran mayoría son las transnacionales líderes del sector alimentario. Así por ejemplo, The Coca-Cola Company y PepsiCo son proveedores de las bebidas, Nestlé y Danone suministran los productos lácteos, Nestlé a su vez suministra café, y otros productos. La carne y las patatas fritas, así como otros productos y condimentos, igualmente proceden de corporaciones transnacionales (McCain, entre otras). Como consecuencia, ni consumidores ni franquiciados pueden elegir productos regionales, de economía local, productos de Comercio Justo o productos procedentes de la agricultura ecológica o familiar.

Bibliografía
http://www.slowfood.com – OBSERVATORIO DE CORPORACIONES TRANSNACIONALES. IDEAS. Iniciativas de Economía Alternativa y Solidaria. El sector de la comida rápida. Boletín 6. Córdoba/Madrid, 2005. Ver informe completo en http://www.ideas.coop/images/OBSERVATORIO/Boletin%20ComidaRapida.pdf – SCHOLOSSER, Eric; Fast Food. Editorial De Bolsillo, 2003.
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