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Antibióticos, piensos legales y piensos ilegales

El desmantelamiento reciente de una red dedicada a mezclar fraudulentamente antibióticos en los piensos y a distribuirlos de forma ilegal, ha puesto de nuevo sobre el tapete la necesidad de profundizar en las medidas de control para prevenir eventuales problemas de salud pública. El uso de antibióticos, aunque recomendable en situaciones concretas, puede resultar pernicioso si es indiscriminado y masivo.

La pasada semana trascendió a los medios de comunicación el desmantelamiento de una red que se dedicaba a mezclar antibióticos en los piensos y a comercializarlos a los ganaderos. Esta práctica, que incumple la normativa vigente y supone un atentado contra la salud pública, ha sido detectada por los servicios de inspección y control, gracias a la colaboración que actualmente se está llevando a cabo entre las autoridades sanitarias, el SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) y los Mossos d'Esquadra, la policía autonómica catalana.

La detección de la red ha sido posible, en buena medida, por las inspecciones que los diferentes agentes de control implicados están efectuando por sorpresa en instalaciones ganaderas de diverso nivel, así como a visitas para controlar el consumo de piensos y los seguimientos de los tratamientos farmacológicos. Este sistema permite verificar la procedencia de los piensos o su composición y evitar, dentro de lo posible, la presencia de sustancias prohibidas en la alimentación animal.

La importancia de la alimentación

La verificación de sustancias prohibidas en piensos ha ido cobrando mayor relevancia a medida de que el sector ganadero se ha ido convenciendo del papel central que juega la alimentación en cualquier sistema de producción animal. Al fin y al cabo, el pienso, o la comida que se facilita a los animales, representa la mejor vía no sólo para introducir el alimento que precisan para garantizar su crecimiento, sino también otras sustancias que aseguren su estado de salud y una productividad óptima.

Sin duda, el elemento más importante son los nutrientes, los componentes de los alimentos que aseguran, además de un correcto crecimiento, una producción adecuada de leche o de huevos. Pero no hay que olvidar otras sustancias de interés entre las que se incluyen desde complementos imprescindibles (complementos nutricionales como sustancias con acción vitamínica, minerales, etc.), hasta fármacos.

De entre los diferentes fármacos empleados, hay que destacar las sustancias con acción hormonal y los antibióticos. En los dos casos se comenzó su uso a partir de necesidades terapéuticas asociadas al tratamiento de problemas a diferentes niveles, especialmente en el tubo digestivo, en los pulmones (neumonías) e infecciones en el sistema nervioso (meningitis y encefalitis).

No obstante, y además de este tratamiento específico e imprescindible cuando se presenta una infección que puede comprometer la vida del animal, se apreció, por el uso generalizado, que en animales sanos se facilitaba el crecimiento y se mejoraba su aspecto en términos de producción. La conclusión fue sencilla: el mercado ofrece productos con un precio contenido que permiten un incremento significativo de la producción, lo que en principio representa un valor añadido.

Esta apreciación facilitó a partir de un momento dado un empleo generalizado y mundialmente aceptado de fármacos. No obstante, las implicaciones sobre la selección de microorganismos patógenos y posibles consecuencias medioambientales, han llevado finalmente a un control de estas sustancias. La recomendación actualmente imperante señala que el empleo de antibióticos debe ser controlado y que sólo hay que aplicarlo en aquellas situaciones en las que sea realmente necesario.

Antibióticos en alimentos

La adición de antibióticos en los alimentos destinados a producción animal es eficaz porque se consigue una acción contra microorganismos en general. Además, como una vez absorbidos se distribuyen por vía sanguínea por la totalidad del organismo, se consigue el efecto protector en cualquier órgano, lo que permite que la energía y los nutrientes ingeridos puedan dedicarse a la producción y no a otros esfuerzos energéticos como la defensa en contra de enfermedades.

Desde este punto de vista, podría considerarse el uso de antibióticos como una técnica aceptable, ya que a bajo coste se consigue que los animales no enfermen, con los consiguientes beneficios para el bienestar animal, se obtiene una mejor producción y, si se aplican correctamente, no dejan residuos en la carne.

Sin embargo, las evidencias científicas que se han venido publicando en los últimos 10 a 15 años revelan que el uso masivo de antibióticos acaba provocando una selección de microorganismos con capacidad para resistir la acción antimicrobiana de estas sustancias. Por tanto, no se trata de un problema exclusivo de residuos, sino de interacciones entre las sustancias farmacológicas, el medio ambiente, los animales y las personas, lo que complica enormemente su solución.

Se da en este caso una paradoja que hasta ahora no se producía. Desde la época de Louis Pasteur (1822-1895), padre de la microbiología moderna, se conoce que las enfermedades infecciosas tienen una causa y que la enfermedad es reproducible si se dan las condiciones para que el microorganismo patógeno que la provoca se reproduzca. Este criterio se ha ampliado a los productos químicos tóxicos, pero no por multiplicación en estas sustancias, sino por acumulación.

En el caso del empleo masivo de antibióticos, si bien el problema último se relaciona con un agente infeccioso, el origen no está en él mismo, sino en una serie de sustancias que al ser empleadas de forma indiscriminada permiten seleccionar aquellas cepas que han tenido la capacidad para resistir la presencia del antimicrobiano. En este caso, si la bacteria es patógena, nos encontramos que iniciaría una infección en una persona. Al ser tratada ésta con un antibiótico de amplio espectro, al microorganismo se le estimula en su capacidad de multiplicación, con lo que no se soluciona el problema, sino que se agrava. En consecuencia, el problema no se relaciona sólo con el antibiótico o el microorganismo sino con la asociación de ambos.

Si el tratamiento es el adecuado, es decir, si el antibiótico elegido es el apropiado, la infección se controla y desaparece el problema. Por tanto, cuanta mayor sea la cantidad de antibióticos empleados, y sobre todo, mayor sea la variedad, más probabilidades habrá de que se creen lo que denominamos cepas multiresistentes, lo que significa que los microorganismos resultantes poseen una capacidad para soportar e incluso crecer rápidamente en presencia de una gran variedad de antibióticos pudiendo desembocar en infecciones extraordinariamente severas, sin tratamiento posible.

Para evitar que surjan fenómenos de resistencia se hace fundamental reducir al máximo el uso de antibióticos, a fin de limitar la probabilidad de encontrarnos uno de estos microorganismos multiresistentes, así como la elección del antimicrobiano más adecuado. En este último caso sería necesario analizar muestras del animal o la persona para proceder a realizar un antibiograma, es decir, un análisis de laboratorio que nos dé como resultado a que antibiótico es sensible el microorganismo responsable de la infección.

La acumulación de evidencias científicas en este sentido ha provocado que desde la Unión Europea se venga recomendando, desde finales de la década anterior, la eliminación de todas aquellas sustancias añadidas que, de forma artificial, induzcan a un aumento de peso o de la cantidad de leche o huevos producidos. Además, se marca como objetivo el de eliminar todos estos productos para evitar problemas de bioacumulación o de resistencias microbianas.

CÓMO Y CUANDO DEBEN USARSE LOS ANTIBIÓTICOS

Las autoridades sanitarias europeas reaccionaron al uso indiscriminado de antibióticos con una directiva que fue traspuesta en España en el Real Decreto 1749/1998. Según consta en el mismo, a los antibióticos se les considera sustancias autorizadas para el tratamiento de enfermedades animales, por lo que se señalan LMR (límites máximos de residuos) en los productos derivados de la producción los cuales no deben ser superados en ningún caso. Asimismo, se prohíben en los piensos normales y de forma generalizada, salvo que exista una prescripción veterinaria.

La prescripción debe ser realizada siguiendo criterios clínicos y tiene que contemplar parámetros fundamentales como la indicación pertinente de la prescripción, dosis a aplicar, duración del tratamiento y período de supresión. Como tal se entiende el tiempo necesario para que el organismo del animal pueda depurar, por sí mismo, la molécula que se administra.

Técnicamente, la administración de antibióticos en piensos se considera esencial en granjas con cría de animales en régimen intensivo. En esencia, porque ante una infección, los microorganismos responsables saltan de un animal a otro, hasta afectar a la totalidad de la granja. En consecuencia, hay que tratarlos a todos, un aspecto en absoluto irrelevante si enfrente tenemos hasta medio millón de animales como puede suceder en muchas granjas de gallinas ponedoras.

Cuando el número de animales es muy elevado, se hace necesario administrar el medicamento con el pienso o con el agua de bebida. En estos casos hablamos de medicamentos y no de complementos alimenticios. Una vez que el animal ha sido tratado, hay que contemplar el tiempo de espera necesario antes de que vuelva a la producción.

Actualmente el tratamiento se produce ante la aparición de un problema patológico o cuando se realiza una transición, es decir, cualquier cambio que suponga un estrés en los animales, y por tanto, una disminución de sus defensas. Esta transición se da, por ejemplo, cuando los animales jóvenes se trasladan de las granjas donde han nacido, a las de engorde o producción. En estos casos el tratamiento se realiza para prevenir posible enfermedades. Transcurrida esta etapa se elimina el antibiótico y el animal sigue su proceso productivo de una forma normal.

La mejor vía de administración, para la mayoría de los casos, es la oral, bien a través de los piensos o bien a través del agua de bebida en las dosis adecuadas. La inyección no está recomendada por el exceso de manipulación, los problemas de estrés que se causa a los animales y el excesivo coste.

La importancia de estos fármacos en el sector veterinario es elevada. Los antibióticos suponen el 44% del mercado del sector farmacológico en el que se encuadran. Junto a los aditivos (41%) y a los productos biológicos (15%) constituyen los tres sectores principales de producción en el mercado mundial de Sanidad Animal y Nutrición.

Francia, Alemania, Gran Bretaña, España e Italia figuran entre los diez mercados líderes del mundo en este sector. Por especies, el sector vacuno consume el 32% del mercado europeo de Sanidad Animal y Nutricional, el sector porcino el 22%, la avicultura el 15%, y los sectores ovino y caprino el 6%.

Bibliografía

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