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Taxidermistas en compás de espera

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: miércoles 30 mayo de 2001

“Desde el pasado mes de octubre en el mundo del toro se ha vivido una locura generalizada”, comenta Montserrat Fernández de la Taxidermia el Torero en Toledo. Quizás sea porque ella vivió el tema por partida doble. Su marido es banderillero y cuando empezó la crisis de las “vacas locas” llegó a temer por su futuro. Sólo les faltó, dice, la locura de la fiebre aftosa. “Está siendo como una pesadilla que esperamos que acabe pronto”.

Esta locura, ahora en compás de espera hasta que el próximo mes de julio entre en vigor la norma que obliga a aplicar tests priónicos, comenzó a principios del pasado otoño con la puesta en marcha de las medidas preventivas en plena crisis de la EEB. Los toros de lidia, casi por definición, son reses con más de 30 meses. De acuerdo con la norma, se decidió la incineración de los animales tras su paso por la plaza de toros. Eliminado el animal, dejaba de existir el riesgo, pero también desaparecía la posibilidad de trabajo de los taxidermistas: naturalizar uno de los trofeos más vistosos de cara a la galería, la cabeza del animal que recordaba una tarde memorable para muchos aficionados.


Negocios en horas bajas


La geografía española es llamada, por cuestiones de similitud, la piel de toro. Para los taxidermistas el apelativo es algo más que un símbolo. Constituye el material básico de trabajo con el que reconstruir a escala natural la cabeza del animal. Pero norma en mano, la materia prima esencial se ha ido convirtiendo igualmente en cenizas. Algunos aficionados del mundo taurino han llegado a comentar, no sin cierta sorna, que el único toro que no iban a incinerar era el que se ve desde la carreteras. Y aunque en la Comisión Consultiva Nacional de Asuntos Taurinos, del Ministerio de Interior, se especificaba que “ni orejas, ni la porción distal de los rabos, ni la piel exenta de materia grasa adherida a su parte interna, constituyen Material Específico de Riesgo en relación a la EBB”, la realidad es que los taxidermistas en un primer momento se vieron privados de su material de trabajo.

No obstante, la situación varía según la comunidad autónoma en la que nos encontremos. Así, mientras los toros de la Feria de Abril fueron incinerados, en el caso de la Feria de San Isidro de Madrid, tal y como especifica Juan Béjar, presidente de la Asociación Nacional de Taxidermistas, se ha permitido que se puedan llevar la piel y los cuernos, “porque no constituyen material específico de riesgo”, según la revisión de los expertos consultados por la citada asociación. Y remarca con rotundidad que “se están perdiendo auténticos tesoros en el mundo taurino”. En su opinión, la medida adoptada ha sido excesiva para el mundo de la taxidermia. Sus razones son concluyentes: “nosotros no trabajamos con material que vaya destinado a la alimentación.”

Todos cuantos se dedican a este particular sector de negocio expresan una visión optimista cuando se les pregunta sobre el futuro a pesar de que durante los primeros tiempos de la crisis llegaron a pensar que su actividad podría tener las horas contadas.

Ello no obvia que las pérdidas económicas se hayan dejado sentir. Si no, que le pregunten a Jesús Torres, propietario de un taller de taxidermia en Zaragoza que vio como un próspero negocio que se iba a iniciar con el nuevo siglo desaparecía por la crisis de las vacas locas. “El pasado año entramos en contacto con una empresa dedicada a materiales ornamentales y de decoración norteamericana que estaba interesada en que le enviásemos cabezas de toro”. Hablaron ni más ni menos que de 5.000 cabezas. Pueden parecer muchas, pero para la demanda existente, “eso no es nada”, apunta con simpatía pese a la adversidad de las circunstancias.

En un cálculo rápido Jesús estima el trabajo de taxidermia por cabeza en unas 150.000 pesetas a las que deben sumarse otras 100.000 en concepto de transporte. El montante global supera los 1.250 millones de pesetas. “Habíamos realizado todos los trámites pertinentes con las autoridades implicadas, tanto de aquí como de allí, y en aquel momento no había ningún problema”, continúa. Luego llegó la crisis de las “vacas locas” y la de la fiebre aftosa. El negocio, nada despreciable a tenor de las cifras, se vino al traste. Hoy continúa trabajando en sus negocios y espera ver que todo vuelve a la normalidad. Quizás así pueda reconciliarse con su particular “sueño americano”.


Cabezas por todo el mundo


Los aficionados al mundo taurino están repartidos por todo el planeta. “En alguna ocasión hemos enviado trabajos a Japón o a Bélgica”, explica Santiago Olleta, taxidermista navarro. Quizás el propietario quería tener un recuerdo permanente de la fiesta de los Sanfermines.

Sea cual sea el caso, las peticiones de cabezas naturalizadas suelen llegar de diferentes puntos: desde el torero que ha realizado esa tarde una buena faena y lo quiere para recuerdo, al apoderado del torero, aficionados particulares, peñas taurinas que en algunos casos lo quieren para regalarla al diestro que siguen en todas las plazas, pasando por los ganaderos propietarios de la res. El precio a pagar por estos trabajos va desde las 125.000 pesetas hasta las 230.000, en muchos casos dependiendo del animal o la madera y tallado de la peana donde lucirá la pieza.

Algunos de los profesionales de la taxidermia no han dejado escapar las ventajas que ofrece Internet. Un ejemplo es carlillostaxidermia.com. “Llevamos tres generaciones trabajando en taxidermia”, dice José Barrero, el representante de la tercera de las generaciones. “A través de Internet nos llegan muchas consultas de diferentes lugares del mundo que piden información sobre cómo adquirir una pieza”. La red de redes abre la puerta a la exportación y con ella a la expansión del negocio. Barrero de momento trabaja con los triunfos conseguidos en las plazas de toros, de primera y segunda categoría, de la pasada temporada. “Ahora es tiempo de trabajo en talleres y esperamos que en poco tiempo todo vuelva a la normalidad”.

La tecnología también revolucionó la taxidermia

La era tecnológica también se ha dejado sentir en el mundo de la taxidermia. Así, hasta hace bien poco, la confección de la escultura se realizaba con escayola a partir de molde que podía alcanzar un peso aproximado de 45 kilos. En la actualidad, se trabaja con poliuretano, un material que permite más flexibilidad en la labor y cuyo peso oscila entre los 8 y 10 kilos, apunta José Barrero.

Muchos aficionados al toro admiran el trabajo de los taxidermistas porque parece que el animal sea el mismo que vieron en la plaza de toros y todavía esté vivo. Para llegar a este producto final la tarea de muchos de ellos comienza en la plaza de toros. El pasado año, antes de la crisis, en el patio de despiece el matarife cortaba la cabeza entera y la piel del pecho para que se lo llevasen a su taller. A partir de ahí se realizaban las anotaciones anatómicas de la cabeza del animal y se quitaba la piel para llevarla a curtir, proceso que suele requerir entre 3 y 5 semanas. Mientras, se cuece el cráneo para que quede el hueso limpio y se procede a la desinfección del mismo. Luego se construye la escultura del animal a partir de las anotaciones. Queda para el final “encajar todo a la perfección”, explica Barrero.

Pero, ¿cómo consiguen que la mirada del toro siga infundiendo miedo pese a estar muerto? La respuesta la da una empresa alemana especializada en taxidermia y que consigue, según los profesionales de este campo, un trabajo “muy depurado y francamente realista”, que consigue de algún modo recuperar “con todos los matices” la brava mirada del toro de lidia.

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