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Albert Sabatés, presidente de Proyecto Hombre en España

La mayoría de los que ahora acuden a nuestros programas de ayuda sufren adicción a la cocaína

Proyecto Hombre nace a mediados de los años ochenta como respuesta a los estragos que causa la heroína en España. En las dos décadas transcurridas, los perfiles de los toxicómanos se transforman, las drogas cambian, pero los problemas, y la necesidad de ayuda, continúan. Albert Sabatés, presidente de esta ONG, subraya la especial incidencia en estos últimos años de la cocaína y de sus tremendos efectos físicos y psíquicos. Para este psicólogo nacido en Barcelona hace 37 años, la lucha contra la drogadicción tiene muchos frentes, y la prevención y la educación son dos de los más importantes.

¿Cómo nace la asociación Proyecto Hombre en España?

Nace de forma espontánea en plena efervescencia de las drogas hace ahora 20 años. En varias autonomías se crean iniciativas promovidas por distintas instituciones, a veces religiosas, públicas, etc. Es entonces cuando se decide poner en marcha Proyecto Hombre, que es un sistema que funcionaba ya en otros países, como Italia y Estados Unidos, centrado en el ámbito educativo y terapéutico.

¿Qué objetivos se marcó la organización desde el comienzo?

Se quería responder a las dificultades de las personas con problemas de drogas. El objetivo era su reinserción plena y la recuperación de la autonomía que habían perdido, o su adquisición, porque había gente que no la había tenido en su vida. A partir de ahí nace la asociación como un intento de coordinar todos los centros que funcionaban en España, de facilitar servicios como el de la Escuela de Formación de Madrid donde se forman los 800 terapeutas que trabajan en los diferentes centros y, al mismo tiempo, de buscar financiación y representación nacional e internacional.

¿El equipo se compone, entonces, de 800 terapeutas?

Son 800 personas contratadas, pero además colaboran en diferentes tareas de apoyo educativo 2.500 voluntarios.

Las personas que trabajan en Proyecto Hombre, ¿qué tipo de formación reciben?

Queremos que los equipos sean interdisciplinares, esto quiere decir que debe haber gente de procedencias profesionales y académicas distintas. Queremos contar con un grupo determinado de educadores, de pedagogos, psicólogos y también personas que hayan superado ya el problema de la droga. El objetivo de un equipo plural como éste es trabajar desde diferentes perspectivas para encontrar la mejor manera de ayudar a la persona que tiene estos problemas y a sus familias.

Entonces, ¿el tratamiento también se extiende a las familias?

Sí, si es posible. Es importante el hecho de poder ayudar a la familia en dos aspectos importantes: en el hecho de que puedan asumir el problema y en que tengan recursos para afrontarlo y superarlo. A veces la misma familia queda afectada, o de origen vive situaciones problemáticas que tiene que resolver para que la persona que tiene problemas con las drogas pueda superarlos.

¿Qué presencia tiene Proyecto Hombre en las distintas comunidades autónomas?

Estamos en todas las comunidades menos en Aragón y País Vasco porque en éstas hay proyectos similares al nuestro que ya cubren este espacio.

¿A cuántas personas se ayuda desde la asociación?

En tratamiento atendemos a 12.000 drogodependientes más las familias. En prevención se atiende también a escolares, profesores y padres.

Su trabajo se basa en lo que se llama ‘comunidades terapéuticas’. ¿En qué consisten?

La comunidad terapéutica es el origen de nuestro trabajo, es como una pequeña sociedad donde se intenta aprender a relacionarse de una forma diferente. Cuando entras en una comunidad has de respetar una serie de normas. Se intenta que sea un espacio adecuado donde uno se pueda sentir acogido y en el que pueda conocerse a sí mismo, saber cómo relacionarse con los demás y consigo mismo de manera distinta. Cuando se crearon estas comunidades estaban pensadas para un perfil de drogadicto muy desestructurado que venía del mundo de la heroína, una droga que degrada mucho, conduce a la delincuencia. Muchas veces la gente venía de la calle, de la cárcel o con la salud hecha polvo. En la media en que han surgido nuevos problemas, nuevos perfiles, nuevos tipos de consumo y nuevos hábitos, como en el caso de los consumidores de cocaína, hemos tenido que adaptar los programas. Por lo tanto, de la comunidad terapéutica ha quedado la esencia de que en el fondo la droga es un síntoma y hay que aprender a conocerse a sí mismo y descubrir los recursos que uno tiene.

¿Se ha notado entonces un cambio notable en los hábitos de consumo de drogas?

Desde comienzos de los ochenta la principal problemática ha sido la heroína, con gente que estaba delinquiendo, viviendo en la calle o ya enfermos de sida, hepatitis… La atención para estos casos tenía que ser total, de 24 horas, y se debían cubrir todos los aspectos posibles. A comienzos de los noventa se dan dos fenómenos paralelos: el boom de la cocaína, que cuando se ha precisado ayuda ha sido ahora, a comienzos de 2000, y los consumos de drogas vinculados al ocio en los jóvenes, como las pastillas y el hachís. Lo que tuvimos que hacer fue crear en los años noventa programas para jóvenes que debían ser necesariamente diferentes de los de adultos, porque un adolescente se está ‘haciendo’ y se trataba de reconducir su proceso de crecimiento. Ahora nos encontramos con que la mayor parte de la gente que nos viene a pedir ayuda en todos los programas es por problemas por la cocaína. Estas personas tienen más problemas psiquiátricos, hasta el punto de que pueden llegar al 40% en algunos programas. Por tanto, hay que ir cambiando las terapias y adaptarlas en cada momento.

¿Qué porcentaje de éxito tienen?

Esta pregunta es difícil de responder porque al principio considerábamos como un éxito la primera rehabilitación y la primera reincorporación a la sociedad. Sobre el programa básico, que está diseñado para heroinómanos, se han hecho algunas investigaciones por parte de universidades como la de Santiago de Compostela y las Islas Baleares, que estudiaron durante varios años a la gente que había acabado el proyecto. De ellos, el 90% estaba bien años después. Pero este dato hay que matizarlo porque se refiere a la gente que acaba, y nosotros en los primeros meses perdemos a la mitad de la gente que llega. También sabemos que las personas que tienen problemas de drogas desde hace años realizan varios intentos para rehabilitarse. Entonces el éxito no es tanto la gente que acaba, sino que la gente que viene a pedir ayuda se quede y llegue hasta el final.

¿El éxito varía en proporción del tipo de drogadicción que sufre la persona?

Aún no hemos tenido tiempo de estudiarlo porque es muy reciente. Los proyectos que trabajan con adolescentes y los de cocaína son de hace cinco años, por lo que hay poco tiempo de evolución aún. La percepción que tenemos es que el éxito en el caso de los adultos que toman cocaína es muy similar al de heroína, y en el caso de jóvenes los criterios de éxito son distintos, el éxito es que el joven se resitúe en la adolescencia, pero no va a salir de aquí ya como un hombre adulto y maduro. Otro aspecto interesante es que en estos cambios de perfiles ha aumentado mucho el número de mujeres en programas. En los proyectos de jóvenes hemos superado el 30% de mujeres, cuando tradicionalmente nos movíamos entre un 15%-20% en la población heroinómana.

¿Se marcan unos plazos determinados de superación?

Sí, según el perfil. Si es de heroína muy desestructurado, el tratamiento es largo y suele tardar entre dos años o dos años y medio. Para el de cocaína con un perfil estructurado nos movemos entre un año o año y medio de media, y para jóvenes lo interesente es un año.

En su trabajo cada vez gana más terreno la prevención y la educación, ¿por qué y en qué iniciativas se materializa esta labor

Hay dos razones que lo explican. Desde hace varios años tenemos muchísima demanda de ayuda por parte de escuelas y también por parte de padres y adolescentes que están preocupados porque ven conductas de riesgo, aunque no tienen problemas aún. Por otra parte, se sabe por los estudios que se han hecho, principalmente en Estados Unidos, que la prevención, si se hace bien, funciona. Nosotros en prevención tenemos dos programas distintos: uno que está pensado para la población general, que sería la gente que no tiene problemas, y luego hacemos un programa que se llama ‘Entre todos’, pensado en dar instrumentos para educar a los jóvenes para los maestros y los padres. No trabajamos con jóvenes sino con estos educadores, que son los educadores habituales del adolescente. Además hay otro programa, el llamado ‘Padres’ para aquellos padres que ya tienen a los hijos en situación de riesgo.

Antes ha comentado que la asociación mantiene vínculos con otras organizaciones similares de otros países. ¿Qué beneficios aporta a Proyecto Hombre?

Dos beneficios importantes. Uno es el intercambio de la experiencia y otro es el beneficio de la solidaridad. Nosotros somos una organización que nace de la solidaridad y de la voluntad de solucionar unos problemas que son individuales pero también son sociales. Por eso la asociación está muy comprometida en la colaboración con América Latina y permite coordinarnos a nivel internacional con Naciones Unidas e intentar trabajar en líneas comunes.

¿Cómo se financian?

Como podemos. Depende un poco de los centros porque somos centros independientes a nivel administrativo, pero en principio podemos decir que el 50% de la ayuda procede de fondos públicos y el otro 50% de fondos privados. Con la financiación privada se intenta implicar a la sociedad mediante socios colaboradores, empresas, fundaciones, organizaciones religiosas, etc.

¿Las personas que acuden a estos centros para solucionar sus problemas con las drogas deben pagar?

No es condición. Nosotros pedimos que la gente sea solidaria y en la medida que nosotros no cobramos, no exigimos un pago, pero sí le explicamos a la gente lo que cuesta, para que, en la medida de sus posibilidades, aporte. En cualquier caso, no queremos que nadie por problemas de dinero se quede fuera.


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