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Cristina Saavedra, responsable de proyectos de Global Humanitaria en Costa de Marfil

Las ayudas públicas a la cooperación internacional se han recortado hasta niveles indecentes

¿Qué sabemos de Costa de Marfil? ¿Cómo viven sus habitantes? ¿Acuden los niños a la escuela? ¿Cuál es la tasa de alfabetización? Cristina Saavedra, responsable de proyectos de Global Humanitaria en Costa de Marfil, despeja dudas en esta entrevista en la que detalla la labor de esta organización tras el conflicto bélico que afectó al país. Asegura que a partir de 2010 Costa de Marfil ha experimentado una mejoría considerable, por lo que retomaron los trabajos en la región. En ese momento, junto con dos compañeras, identificaron la zona de Bodouakro, próxima a Daloa, e iniciaron un proyecto solidario cuyos frutos son notorios. En un país cuya tasa de desnutrición crónica infantil alcanza el 63% y el porcentaje de analfabetismo entre las mujeres llega al 61,40%, ayudaron a levantar una escuela y prestaron apoyo a las mujeres para mejorar la producción agrícola. Una parte de estos alimentos se destina al comedor escolar y la otra, la venden en el mercado, donde consiguen ingresos para mantener la economía familiar. “Las mujeres son objetivo prioritario junto con la población infantil -afirma-, por ello hay que escucharlas siempre”. Estos logros han sido posibles gracias a un grupo de padrinos y madrinas que les han mostrado su confianza durante todo este tiempo y contribuyen a que los escolares accedan a educación y alimentos. El apoyo público a la cooperación internacional no atraviesa su mejor momento, por lo que Cristina apunta: “Está siendo durísimo. Desde aquí animo a que se unan más padrinos y madrinas”.

La educación primaria es obligatoria en Costa de Marfil, pero se carece de los medios suficientes para garantizarla. ¿Qué posibilidades de estudiar tiene un niño de cinco años en este país?

“Cumplimos con uno de los derechos básicos de la infancia: el acceso a la educación”

La tasa de escolarización en educación primaria ronda el 88%. Sin embargo, el acceso a la educación es notablemente más alto en las zonas urbanas, por ello Global Humanitaria trabaja en los núcleos rurales, donde se reduce de manera considerable. Hace dos años levantamos una escuela en Bodouakro con capacidad para 300 niños y niñas. Antes había una pequeña escuela en condiciones muy deficientes, construida con adobe y cuyos muros y tejados se venían abajo durante la temporada de fuertes lluvias. Intentamos cumplir con uno de los derechos básicos de la infancia: el acceso a la educación. Además, con este proyecto, conseguimos crear un nuevo núcleo poblacional más compacto gracias al acercamiento de familias que habitan en campamentos dispersos, en torno a la escuela.

Global Humanitaria revela otro dato preocupante: “En la mayoría de los colegios, los escolares comen tan solo dos días por semana”. ¿Es muy elevada la tasa de desnutrición infantil?

“Muchos niños recorren hasta 14 kilómetros diarios para asistir a clase”

La tasa de desnutrición crónica infantil es, según los últimos datos de los que disponemos, del 63%. Algunos de los niños y niñas que acuden a la escuela de Bodouakro ni siquiera disponían de una ración diaria de alimento. Si a eso sumamos que muchos tienen que recorrer hasta 14 kilómetros para asistir a clase, es fácil comprender el aumento del nivel de absentismo escolar. Por ello el año pasado pusimos en marcha un comedor escolar para que los alumnos tuvieran al menos una ración diaria de alimento. Para ello ha sido fundamental la puesta en marcha del proyecto en el que trabajamos en la actualidad: apoyo a la cooperativa de mujeres agricultoras de Bodouakro.

¿Qué han conseguido con este proyecto?

Al fortalecer a las mujeres a través de cursos de formación y donación de material de cultivo y productos fitosanitarios, conseguimos que la producción que obtienen del campo aumente de manera notable. Firmamos acuerdos con ellas para destinar un porcentaje del 30% de los productos obtenidos en la cosecha al comedor escolar. Así garantizamos que los niños, sus hijos, coman cada día. El resto del producto obtenido lo venden en el mercado.

¿Están capacitadas para manejarse en este ámbito, tradicionalmente masculino?

Durante varios años, hemos puesto en marcha proyectos de alfabetización de mujeres. Ellas nos pidieron ayuda porque se habían dado cuenta de que, en el mercado, las transacciones mercantiles no siempre cuadraban. El mercado está a menudo controlado por hombres, cuya tasa de analfabetismo es del 39,20% frente al 61,40% de las mujeres. Ellos son conscientes de que ellas no siempre saben leer, escribir, sumar ni restar. Al obtener esos conocimientos, las mujeres han mejorado los beneficios de la venta de productos en el mercado y pueden comprar material y semillas para la siguiente temporada. Son autosuficientes, están organizadas y reparten los beneficios de manera igualitaria y ecuánime entre las miembros de la cooperativa. Así nosotros podemos trabajar en otra zona o proyecto.

Además de lo que ya ha contado de Bodouakro, ¿qué debemos conocer?

Al terminar el conflicto que afectó a Costa de Marfil, unas 3.000 personas vivían en los 30 campamentos que rodean al punto donde estaba construida la vieja escuela. Consideramos un objetivo prioritario mejorar las instalaciones y dotarlas de agua y letrinas para mejorar también las condiciones sanitarias. Los habitantes trabajan sobre todo en el campo y, para ello, utilizan a sus propios hijos. Pusimos especial esfuerzo para evitarlo: mantuvimos reuniones con las comunidades trasladándoles la necesidad de que envíasen a sus hijos a la escuela, pusimos en marcha reuniones y formaciones para que pudieran organizarse mejor y evitar que los niños trabajaran en el campo y, al final, la organización de las personas adultas, apoyada por un fortalecimiento en materiales agrícolas, permite prescindir de la mano de obra infantil.

¿Hemos de buscar alternativas a la cooperación tal como la conocemos hoy en día?

Hay que buscar alternativas porque el mundo cambia. Ya no vale una política de cooperación basada en la donación Norte-Sur. Eso se ha modificado. Hay que trabajar en conjunto, fortalecer a la población en sus debilidades porque tiene recursos, pero hay que buscar la manera de aprovecharlos. Mi principal empeño es crear proyectos autosostenibles, tender una colaboración para que la población saque el proyecto adelante y lo mantenga sin necesidad del respaldo indefinido de una organización. Se puede hacer y se está haciendo. Funciona. Ya no vale solo dar. Hay que construir juntos.

¿El apadrinamiento sería todavía una fórmula válida dentro de la cooperación internacional?

Es válida, pero no puede ser exclusiva. El problema es que las ayudas públicas se han recortado hasta niveles indecentes. Costa de Marfil cuenta además con el problema de no ser país prioritario en el diseño de cooperación internacional española y, por lo tanto, apenas recibimos ayudas púbicas, por no decir ninguna. El Gobierno dice que hay que buscar financiación en las entidades privadas, pero la crisis ha llegado también a las empresas y donde antes obteníamos una financiación, ahora hay una puerta cerrada. Las ONG pequeñas lo están sufriendo especialmente. Está siendo durísimo.

¿Se ha incrementado el número de niños apadrinados en los últimos años o hay una tendencia a las donaciones puntuales en detrimento del apadrinamiento, que requiere un compromiso mayor?

“Los padrinos y madrinas son fundamentales, sin ellos no tendríamos prácticamente nada”

En nuestro caso, tenemos la suerte de contar con un grupo de padrinos y madrinas que crece y se moviliza mucho por el proyecto de Bodouakro. Se sienten implicados y eso emociona. Junto con Aidén Calvo y María Lalueza, dos grandes colaboradoras en Global Humanitaria-Costa de Marfil, hemos intentado que los padrinos y madrinas se sientan parte de los proyectos. Sin ellos no tendríamos prácticamente nada. Son fundamentales y no tengo palabras suficientes para agradecérselo.

¿Cuántos niños de Bodouakro dependen del apadrinamiento o de que se les apadrine?

En la escuela están inscritos 202, de los cuales 91 están apadrinados. Nos quedan muchos y, desde aquí, animo a que se unan más a nosotros.


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