Alrededor de cuatro de cada diez adolescentes (41,1 %) han sufrido o creen haber sufrido un problema de salud mental en el último año. Entre quienes tienen de 12 a 16 años, casi dos de cada diez (18,8 %) afirman con seguridad haber padecido uno. Además, cuatro de cada diez (39,6 %) reconocen que no se lo contaron a nadie y más de la mitad (53 %) no pidió ayuda. Estos datos ponen de manifiesto no solo la existencia de malestar emocional, sino también las barreras que dificultan su expresión y la búsqueda de apoyo. Pero hay más.
Niveles de bienestar emocional cada vez más bajos
Según el último barómetro de opinión de la infancia y la adolescencia, titulado ‘La salud mental sí es cosa de adolescentes. Hablemos de bienestar y estigma‘, los niveles de bienestar emocional de los adolescentes de 12 a 16 años han registrado una caída sin precedentes en los últimos años.
Este informe, que combina datos cuantitativos procedentes de la cuarta edición del ‘Barómetro de Opinión de la Infancia y la Adolescencia’ de UNICEF junto con datos del Estudio HBSC en nuestro país, es un proyecto auspiciado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) que evalúa cada cuatro años indicadores de salud, estilos de vida y contextos de desarrollo. En España está coordinado por un equipo de investigación de la Universidad de Sevilla y arroja cifras preocupantes.

➡️ Los principales datos
Mientras que entre 2006 y 2018 los indicadores permanecieron relativamente estables, en 2022 se observó un deterioro significativo en todas las dimensiones analizadas.
- La proporción de adolescentes que afirmaban sentirse solos se duplicó, pasando del 7 % en 2018 al 13,6 % en 2022, y la de quienes manifiestan sentirse tristes aumentó en esos mismos años del 11,9 % al 19,5 %.
- También descendió la capacidad percibida de concentración: si en 2018 el 55 % afirmaba poder prestar atención siempre o casi siempre, en 2022 el porcentaje se redujo al 40,1 %.
- Estos datos además tienen un sesgo de género. Entre 2018 y 2022, la caída en el bienestar percibido fue casi tres veces mayor entre las chicas que entre los chicos. Mientras el bienestar de los chicos descendió 0,14 puntos, el de las chicas cayó 0,41.
- El nivel socioeconómico de las familias influye directamente en el bienestar: en 2022, el alumnado de familias con menos recursos declaraba un bienestar más bajo (3,26 puntos) que quienes vivían en hogares de nivel medio (3,4) o alto (3,54).
El papel del estigma
Aunque cada vez resulta más habitual hablar sobre bienestar emocional y salud mental, todavía persisten actitudes de rechazo, prejuicio, distanciamiento o paternalismo hacia quienes experimentan dificultades psicológicas.
Uno de cada tres adolescentes, especialmente los chicos, presenta elevados niveles de estigma hacia los problemas de salud mental. Cuanto mayor es ese estigma, menor es la capacidad para reconocer determinadas dificultades emocionales, tanto en los demás como en uno mismo. Como consecuencia, disminuye también la disposición a hablar sobre lo que les preocupa o a buscar ayuda cuando la necesitan.
Riesgo de caer en el alarmismo
Aunque la mayor visibilidad de los problemas de salud mental favorece que problemas antes silenciados puedan abordarse, también conlleva el riesgo de generar alarmismo o simplificaciones.

La creciente presencia de términos clínicos en las redes sociales, los medios de comunicación y las conversaciones cotidianas puede fomentar que experiencias ordinarias del desarrollo se nombren con categorías diagnósticas, que el malestar esperable se interprete como patología y que, ante cualquier dificultad, se recurra de forma automática a un servicio especializado.
Esta tendencia a interpretar y responder al malestar cotidiano en términos clínicos no solo puede contribuir a saturar unos recursos escasos, sino que además puede debilitar la confianza del chico o la chica en su capacidad para afrontar dificultades. Asimismo, puede restar protagonismo a los apoyos cotidianos que los propios adolescentes identifican como factores protectores de su bienestar, como la familia, las amistades y el centro educativo.
Encontrar el equilibrio
Por tanto, la cuestión no consiste en decidir entre “aguantar” o “ir al psicólogo”, sino en disponer de respuestas oportunas para circunstancias diferentes. Ni todo malestar es un trastorno ni todo trastorno desaparece por sí solo con el tiempo. El desafío consiste en encontrar el equilibrio.
Debemos ser capaces de dar a cada situación la respuesta que le corresponde:
- acompañamiento en el día a día —familia, amistades, centro educativo— para el malestar propio de la edad.
- atención temprana cuando ese malestar se prolonga o desborda a quien lo vive.
- ayuda profesional accesible y sin estigma cuando hace falta.
Por eso, la salud mental adolescente no puede entenderse únicamente como una cuestión sanitaria. Es también una cuestión social. La familia, la escuela, el barrio y las políticas públicas que afectan a la infancia y la adolescencia desempeñan un papel fundamental como factores de protección. Su capacidad para prevenir, acompañar y generar bienestar alcanza a muchos más jóvenes de los que cualquier dispositivo asistencial podrá atender por sí solo.

