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José Antonio Millán, escritor, filólogo, impulsor del Centro Virtual Cervantes y blogger

El lenguaje verdadero funciona al margen de las academias

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: jueves 17 agosto de 2006

Poeta, novelista, filólogo en ejercicio, antiguo atleta lanzador de peso, blogger preocupado tanto por lo que ocurre dentro como fuera de la Red, director de la primera edición en CD-ROM del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española… Todo esto y mucho más es José Antonio Millán; tal vez la persona que más al tanto esté sobre los profundos cambios que las nuevas tecnologías está operando en el español. Sus trabajos, de gran amplitud temática, fueron premiados el pasado invierno por los periodistas digitales españoles, reunidos, como viene siendo habitual, en Huesca. Pero ante todo Millán es un optimista que asegura que nuestro idioma es un ser vivo que se enriquece día a día a la vez que se globaliza.

Sin
duda las nuevas tecnologías son una puerta de entrada masiva a
neologismos de todo tipo y pelaje, un torrente de ‘genes
lingüísticos’ que invaden día a día nuestro
idioma. ¿Esta perdiendo fuerza el español en la nueva
sociedad digital, o por el contrario se está viendo renovado?

«Estos neologismos de las nuevas tecnologías acabaran siendo tan propios como los anglicismos ‘gol’ o ‘chutar'»Bueno: me gusta pensar
en las palabras nuevas como en organismos vivos que vienen a pastar a
las anchas praderas de nuestra lengua, y por supuesto, no las veo
como una ‘invasión’. Como decía un autor en el siglo
XVI: «Habéis de saber que los
lenguajes tienen muchas veces tanta conformidad y amistad unos con
otros que se prestan vocablos, y de tal manera que algunas veces los
dejan olvidados hasta que el largo tiempo y el uso los vienen a hacer
propios». Estos neologismos de las nuevas tecnologías
(que muchas veces reintroducen en nuestra lengua raíces
latinas o griegas) acabaran siendo tan propios como los anglicismos
‘gol’ o ‘chutar’.
En septiembre saco en RBA
un libro, ‘El candidato
melancólico’, cuyo subtítulo es: ‘De dónde
vienen las palabras, cómo viajan, por qué cambian y qué
historias cuentan’. He estado año y medio materialmente
sepultado en los viajes de las raíces indoeuropeas, o en las
palabras persas, árabes, griegas e incluso chinas coladas en
nuestra lengua. Con esa perspectiva, no dudo de que el español
saldrá de la revolución digital bastante más
rico y animado.

Usted
ha dicho en una entrevista: «El español no corre
peligro, el español seguirá en uso, pero acabaremos
pagando por usarlo». ¿Qué quiere decir con esto?

Hablo de su utilización
mediada en los ordenadores. Cada vez usamos más tecnologías
lingüísticas. Por ejemplo, cuando el buscador nos propone
una palabra en vez de la que le hemos dado mal escrita, cuando
traducimos automáticamente un texto, cuando hablamos por
teléfono con un sistema automático, cuando un
procesador de textos nos corrige un error o nos propone un sinónimo.
Usamos la lengua de nuestros padres gratis, pero en el medio digital
hacemos uso, muchas veces sin darnos cuenta, de unos programas que no
han desarrollado empresas de países hispanohablantes. ¡A
eso llamo yo pagar por usar
nuestra lengua
!

De momento la Real
Academia parece muy callada ante la avalancha de neologismos que
aparecen cada día en Internet, o ante las simplificaciones
ortográficas en los mensajes vía SMS. Como director de
la primera edición en CD-ROM del
Diccionario de
la Real Academia: ¿cree que hay desconocimiento del fenómeno
de esta mutación
lingüistica o sencillamente impotencia para regular?

«En el medio digital hacemos uso de unos programas que no han desarrollado empresas de países hispanohablantes»A mí las
simplificaciones gráficas de los SMS no me preocupan, como no
me preocupaba la prosa de telegrama, o las abreviaturas en los toldos
de los comercios: son recursos que se usan, y no plantean grandes
problemas. Algunos, incluso adquieren carta de naturaleza, como la
abreviatura medieval de la doble ene, que dio lugar nada menos que a
la ñ, ¡nuestra letra fetiche! Pero respecto a los
neologismos, yo creo que la Academia no está nada callada: ahí
están los setenta términos o acepciones informáticas
que incorporó el
Diccionario en el 2001
,
como el feo ‘cederrón’ [de CD-ROM]
(que, por cierto, nadie usa). Luego el Diccionario
Panhispánico de Dudas
ha incorporado muchos otros,
con más manga ancha en lo que se refiere a aceptar
extranjerismos. Otra tema es que estas cosas luego calen en la gente:
en lengua las cosas funcionan por sufragio universal y mayoría
absoluta. Ya puede la Academia, o quien sea, proponer algo, que si a
los hablantes no les gusta, no lo usarán: mire usted lo que
pasó con ‘güisqui’.

Pero, aparte de
incorporar algunas palabras, lo máximo que han hecho es donar
el ‘corpus lingüístico’ del español a Microsoft para que,
al menos, sus programas conserven cierta coherencia con las normas…

Sobre el acuerdo de la
Academia y Microsoft yo no sé nada a ciencia cierta, más
que lo que han dicho ellos (que ha sido muy poco): para que los
correctores de Word se coordinen con las normas académicas
sólo hace falta pasarles el diccionario y una Ortografía:
el ‘corpus’ es para investigación y generación de
programas lingüísticos. Si Microsoft está usando
para investigación el ‘corpus’ de una institución
financiada en gran parte con dinero público, supongo que habrá
alguna contrapartida (aunque no sé cuál), y que otra empresa
también podría usarlo.

¿Se
puede luchar desde la ortodoxia academicista contra la llegada de
verbos como ‘googlear’, ‘indexar’, ‘clicar’…? Lo digo porque
describen acciones muy difíciles de traducir si no se conocen
y no se viven las nuevas tecnologías.

«Ya puede la Academia, o quien sea, proponer algo, que si a los hablantes no les gusta, no lo usarán»De nuevo, yo no
hablaría de ‘lucha’
(que implica que alguien ataca, y a nadie le ha agredido nunca una
bandada de ‘clics’ ni
un racimo de ‘googles’):
Frente a la entrada tumultuosa de palabras nuevas, hay algunas normas
sencillas (dictadas por el sentido común, y no ya por ninguna
ortodoxia) que cualquier hablante debería poder seguir, y que
se ejemplifican muy bien con los verbos que me ofrece. Si en español
hay una palabra que es ‘índice’,
el verbo no debería ser ‘indexar’
(del inglés ‘index’,
¡aunque en el fondo sea latín!), sino ‘indizar’.
‘Clic’ aparece en el
diccionario en 1984 como onomatopeya del ruido del beso, en 1992 de
un interruptor, y en el 2001 del ratón. Lleva más de
veinte años dando vueltas por la lengua. El Panhispánico
dice que no le gusta ‘clicar’
ni ‘cliquear’, sino ‘hacer
clic’… A mí me pasa lo mismo, pero a ver quién
gana. Y por cierto, a ver quién gana en Latinoamérica,
que es donde están más de las nueve décimas
partes de los hablantes de español. Por último, hay
cientos de palabras que empezaron siendo marcas comerciales y ahora
están plenamente integrados: ‘futbolín’,
o ‘kleenex’. ‘Googlear’
(o ‘guglear’) puede ser otra
más…

¿Debemos
acostumbrarnos a tener un español mestizo y cambiante? ¿Tal
vez a jugar con distintas versiones del español a la vez, como
si de repente las fronteras lingüísticas con Latinoamérica
y la comunidad hispana de Estados Unidos se hubiesen difunimado?

Yo creo que las
personas nos ceñimos bastante a la forma de hablar que hemos
recibido (la lengua materna),
aunque la mayoría manejamos varios registros, como es lógico
(más culto, más relajado…). Por más
conocimiento que tengamos de otras variedades del español, y
más contactos que haya entre ellas, sería absurdo que
cambiáramos nuestra forma de hablar: ¿va a hablar uno
de Orense como el natural de Zacatecas? Otra cosa es que en España
aprendamos a reconocer (¡y a respetar, que es la parte más
importante!) variedades latinoamericanas: conocer su vocabulario,
saber evitar sus términos tabúes (que a lo mejor no son
los nuestros), etc. Se ha señalado todo lo que han hecho las
telenovelas por la entrada de palabras latinoamericanas en nuestra
lengua. ¡Pero eso no nos ha dado un habla mestiza,
aunque ya sepamos usar ‘chévere’!
En lo que respecta a la coexistencia lingüística, el
futuro ideal será ser ciudadanos sesquilingües,
es decir: capaces de comprender otras lenguas y otras variantes de
nuestra lengua, aunque no seamos necesariamente capaces de hablarlas.
Recomiendo mucho la lectura del libro del lingüista Juan Carlos
Cabrera, ‘De
Babel a Pentecostés. Manifiesto plurilingüista’.

¿Cree
que el español de hoy en día se parecerá mucho
al de dentro de 50 años?

«Hay cientos de palabras que empezaron siendo marcas comerciales y ahora están plenamente integrados: ‘futbolín’, o ‘kleenex'»¡Ésta es la
típica pregunta que un lingüista debería negarse a
responder! Pero voy a contestar como novelista… En las obras de
ciencia ficción tipo Heinlein o así, el viajero del
tiempo o el hibernado que se alejaba unas décadas se
encontraba una lengua bastante similar a la que había dejado,
con la salvedad de algunos cientos de palabras, completamente
desconocidas… Si alguien de la década en que nací
oyera esta frase de hoy: «Te mando un link a un clip que he
descubierto gugleando» no entendría nada, aunque la
sintaxis y la fonética sigan iguales. Pero todo esto no es
nuevo: fíjese en lo que decía un autor ¡del siglo
XVI!: «Cada día dejamos unos vocablos e inventamos otros
nuevos, de tal manera que cada cincuenta o sesenta años parece
que es otro lenguaje nuevo». Probablemente la lengua popular
cambie en más aspectos, aparte de la inclusión de
palabras nuevas: nuestro sistema pronominal es inestable, sobre todo
en los complementos, y podría dar sorpresas; éstas se
podrían encontrar también en la fonética
(adopción general del seseo, que ya es dominante en el
español). Sólo puedo decir que me gustaría
presenciar estos cambios… con buena salud.

El
software se está convirtiendo en una herramienta de
comunicación social casi tan importante como la charla de bar.
Pero detrás del software no suele haber lingüistas sino,
como mucho, programadores bien intencionados, cuando no
multinacionales más interesadas en el beneficio que en
ajustarse a los criterios semánticos de cada lengua. ¿Cómo
se puede evitar que el significado de las palabras, lo que es
correcto o incorrecto, lo que es censurable o no… lo determine un
ejecutivo de Microsoft, por ejemplo?

Por lo general los
fabricantes de software, como antes los de coches, los de tocadiscos,
etc., como los físicos cuánticos o los biólogos,
no intentan especialmente aumentar el vocabulario de las lenguas de
sus compradores (incluyendo sus propios paisanos): los primeros sólo
quieren vender y los segundos hacer su ciencia. Dicho esto, muchos
fabricantes se han dado cuenta de que les trae más cuenta
respetar las circunstancias de quienes les compran, y eso incluye muy
especialmente la lengua. Si se compara la traducción de
manuales de hace quince años con la actual, se verá
todo lo que hemos mejorado. Quedan lagunas anecdóticas, como
el hecho de que Microsoft utilice la pareja ‘ratón/mouse’
(porque la primera palabra es tabú en partes de
Latinoamérica). De todas formas, a las personas excesivamente
preocupadas por la influencia de la ciencia y la tecnología
extranjeras en el español les pediría que se dedicaran
a fomentar la investigación y el desarrollo en los países
hispanohablantes, de modo que los inventos y avances de las
siguientes décadas salgan al mundo directamente en español.

Por
otro lado: ¿no tiene también un efecto positivo el que
el lenguaje escape de las academias y sea instituido por gente
no docta pero sí que vive el lenguaje real de la calle o de la
Red? ¿No puede convertise en un agente dinamizador?

«Muchos fabricantes [de software] se han dado cuenta de que les trae más cuenta respetar las circunstancias de quienes les compran, y eso incluye muy especialmente la lengua»De verdad: el lenguaje verdadero, el lenguaje de donde beben todos
los demás, incluso el académico, funciona al margen de
las academias: es el habla de la calle, de los centros de trabajo, de
los grupos de amigos, de la intimidad de las parejas… Es una lengua
dinámica, cambiante y a veces muy bella: lo ha sido siempre.
Hay una tendencia a confundir la lengua con la lengua escrita. Es
lógico que los periódicos, las editoriales de libros
sigan normas de unificación, y si no existen academias (como
en el inglés) alguna otra institución se erige en el
referente del ‘buen estilo’. Lo que es demencial en el español
es que siempre hay gentes más papistas que el Papa: la
Academia, por ejemplo, decide (y a mi entender sin gran motivo) que
se puede quitar el artículo antes de las cifras de año
2000 y superiores: ‘6 de octubre de
2006’, pero dice que la otra forma es también correcta. A
mí me suena fatal: siempre he oído y dicho «6 de
octubre del 2006». Pues bien, esto, que sería una
simple metedura de pata, se convierte en una aberración en
manos de las personas y los medios que han decidido que la Academia
‘ordena’ que se escriban esas fechas sin artículo. ¡Y me
escriben cartas regañándome por no seguir sus
indicaciones!

Usted
fue director del proyecto del Centro Virtual Cervantes, que trata de
difundir la cultura española en la Web. ¿Cree que la
globalización que permite Internet favorecerá el
conocimiento de las grandes obras narrativas españolas? ¿No
están expuestas a un cierto grado de deformación,
modificación e incluso mejora, tal como sucede con el software
libre? ¿Aceptaríamos un Don Quijote mejorado por un
profesor de la Universidad de Arkansas? Quiero decir si lo
admitiríamos; si admitiríamos que ha mejorado, por
ejemplo, el ritmo de los capítulos que Cervantes dedica a los
cuentos renacentistas…

Cuando nació el
proyecto del Centro Virtual Cervantes, en 1996, realmente era una
propuesta atrevida. Había una situación un poco rara,
en la que era más probable encontrarte una obra clásica
española en un servidor de la Universidad de Texas que en uno
español. La verdad es que ellos habían empezado antes,
y eso era completamente lógico. La situación ha
cambiando mucho, y hoy las obras literarias españolas e
hispanoamericanas están por toda la Red, puestas por nosotros.
Por supuesto, eso aumentará la difusión y el
conocimiento de esas obras, y cuando una obra se difunde, ya se sabe
lo que pasa: fructifica y se expande, y uno (por fortuna) pierde el
control. A mí me gusta pensar en lo que pasó con la
tradición literaria de Cervantes, con la que hoy se llenan la
boca nuestros gobiernos: sencillamente, en el XVIII en España
el Quijote dejó de leerse, y sólo se publicó
en ediciones baratas y malas. La tradición narrativa de
Cervantes pasó a los ingleses, que la editaron, la leyeron y
la continuaron. Sterne y Dickens son autores de lo más
cervantino cuando en España nadie seguía su escritura.
Fue el joven Galdós, traduciendo los Papeles de Pickwick
quien se la reencontró.

Usted
es novelista y tiene varias obras publicadas, pero a la vez mantiene
su propia web con multitud de textos y una elevada popularidad.
Incluso sus trabajos digitales han sido premiados por la comunidad
periodistica (ganó el Premio Blasillo este año). ¿Cree
que merece la pena seguir publicando en papel (obviando la cuestión
económica) cuando el verdadero combate cultural se ha
trasladado ya a la Red?

«Los libros, hoy por hoy, pueden proporcionar ingresos como el publicar en la Web jamás puede dar»Bueno: ¿por qué
habríamos de obviar la cuestión económica? Al
contrario: empecemos por ella. Los libros, hoy por hoy, pueden
proporcionar ingresos como el publicar en la Web jamás puede
dar, ni aunque uno la llene de anuncios. Alguien que aspire a vivir,
al menos en parte, de la escritura no puede renunciar a publicar en
papel. Pero publicar en la Red me ha servido también para
publicar en papel. Eso me ha ocurrido con artículos como éste,
que primero escribí en la web, y luego vendí, o uno de
mis libros que va a aparecer en el otoño en la editorial
Melusina, que es la transposición directa de una sección
de la sección ‘Flor
de Farola
‘ de mi web. Por otra parte, la
publicación en la Web me da placeres inmensos: allí
puedo ejercer sin cortapisas la libertad de expresión o de
crítica, la
experimentación,
el diálogo con los lectores, o el control de mi obra (por
encima de erratas, errores o intervenciones de mis editores). No creo
que el verdadero debate cultural se haya trasladado a la Web: para mí
ahora mismo está absolutamente repartido entre el papel y la
Web, que aparecen como lo que son: medios complementarios. Esto lo ha
entendido, incluso con una perspectiva empresarial, Google, en el
proyecto Google Libros.

¿Tiene
futuro el texto escrito? ¿O bien la voz y la imagen
predominarán mayoritariamente en las épocas venideras?

El texto tiene muchas
ventajas. Uno de ellos es la economía: en la cantidad de bits
en que se mete un par de frases habladas te cabe casi una novela.
Luego, la facilidad de acceso: se puede buscar fácilmente una
palabra determinada en un millón de documentos, pero pruebe a
buscar una palabra pronunciada en un montón de archivos .MP3.
Incluso si no hablamos de texto digital, sino de facsímiles
(fotografías de textos antiguos, por ejemplo), localizar algo
es mucho más sencillo que en archivos de sonido. Si lo vemos
desde el punto de vista de la producción y el consumo, la
comodidad de la palabra hablada es relativa: gente como yo tecleamos
tan rápido como hablamos. O más. Y por supuesto leemos
a una velocidad muy superior a la que escucharíamos un audio.

¿Cree en la
propiedad intelectual de la obra escrita como un medio para obtener
beneficios derivados, o bien apostaría por que el creador
enajenara sus beneficios de la difusión
libre de su obra? ¿Estamos preparados para un escenario así
o seguimos necesitando a los intermediarios (editores, agentes,
correctores, impresores…)?

«Tengo la sensación de que los editores están incumpliendo cada vez más el pacto con sus autores»Creo que son dos
cuestiones distintas. La licencia Creative Commons que permite
compartir sin uso comercial, a la que está sujeta parte de mi
obra, es una herramienta de difusión (y por tanto de
publicidad, de influencia…) muy grande. Lo explico en el artículo
La gestión del
entusiasmo
‘. Pero eso no impide que cuando se quiera hacer uso
comercial, mi agente literario le venda a un editor el derecho a
publicarla. Los intermediarios son una cuestión distinta.
Tengo la sensación de que los editores (y hablo en genérico:
yo tengo hoy en día de los mejores editores que se puedan
encontrar) están incumpliendo cada vez más el pacto con
sus autores. En parte por la creciente degradación del
circuito distribuidor-librería, y en parte porque están
reduciendo costes de manera radical, y eso se nota en la calidad del
producto final. Eso puede forzar a muchos a buscar medios
alternativos de difundir su obra. Entre que te edite alguien que va a
distribuir mal tus libros (porque los va a tener dos semanas en las
librerías) y otro que los va a tener constantemente
disponibles en una librería virtual, y los va a imprimir con
impresión bajo pedido (‘print
on demand’) a medida que los necesite y los va a enviar a los
compradores, la elección va a ser bien clara. Claro, que al
final habremos sustituido un intermediario (el editor) por otro (la
librería virtual, o un proyecto como Google
Libros
). El panorama se está rehaciendo… Respecto a los
agentes y los correctores, me siguen pareciendo importantes en el
medio digital.

Usted
es un valedor de la Wikipedia en español. En los últimos
tiempos se ha abierto un debate entre los editores de la Wikipedia en
castellano y la comunidad blogger, que ha apadrinado, y llevado a
cabo, iniciativas como la de duplicar el número de entradas en
nuestro idioma. El resultado ha sido un rechazo bastante frontal por
parte de los ‘wikipedistas’ a dichas aportaciones por considerarlas
poco rigurosas. ¿No hay una cierta contradicción en
esta actitud con la filosofía de base de la Wikipedia, que
pretende ser libre, abierta y autoregulada por la comunidad?

«El placer que supone acceder a una entrada, ver que algo está factualmente mal, y cambiarlo sobre la marcha es inenarrable»Estoy en general a
favor de la Wikipedia, que me ha resuelto muchos problemas, aunque
comprendo lo difícil que debe de ser gestionarla. No soy parte
de la comunidad que la lleva, de modo que no he seguido de cerca
estas tensiones que me relata. En general, yo no me opondría a
que se aumentaran las entradas: es mucho mejor tener una esquemática
que no tenerla…, vamos, digo yo. La Wikipedia en inglés (que
está mucho más desarrollada que la española) me
ha dado acceso a muchos datos, bibliografía, etc. Otra cosa es
que no voy a utilizarlos sin una comprobación paralela, pero
esto es algo que los investigadores solemos hacer con todo tipo de
fuentes. Pero el placer que supone acceder a una entrada, ver que
algo está factualmente mal, y cambiarlo sobre la marcha es
inenarrable…


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