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El otoño despierta el entusiasmo de aficionados y gastrónomos por esta seta de grato sabor e inconfundible aspecto
Los champiñones son unas setas u hongos muy apreciados por su agradable sabor y su aspecto blanquecino.
Necesitan crecer sobre materia orgánica, por lo que se cultivan sobre el estiércol o aprovechan la llegada del otoño para crecer salvajes en los frondosos bosques, ocultándose bajo las hojas caídas.
Puesto que carecen de clorofila no sintetizan almidón (sustrato energético) al no poder utilizar la luz solar (prefieren las zonas sombreadas). Este hecho justifica que su valor calórico sea tan bajo, siempre que se preparen asados, a la parrilla o salteados con poco aceite, y no fritos. Buena fuente de fósforo y de vitamina B2, los champiñones también poseen proteínas, pero no tantas como se cree (sólo 2-3 g/100 g). No obstante, sus proteínas son ricas en purinas, por lo que su consumo se ha de moderar en caso de ácido úrico elevado y gota.
Antes de consumirlos los tenemos que dejar bien limpios de tierra. Cuando son muy tiernos pueden tomarse crudos en ensaladas, cortados en finas láminas y rociados con zumo de limón o con unas gotitas de vinagre para evitar que ennegrezcan.
También son sabrosos los champiñones salteados con un buen aceite de oliva o guisados con verduras, para lo cual requieren un escaso tiempo de cocción (unos pocos minutos).
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