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Podemos encontrar castañas crudas a partir de finales de octubre, si bien las podemos comprar en cualquier época del año en conserva o enlatadas.
Si las compramos crudas, deberemos tocarlas y comprobar que su consistencia es dura y que la piel tiene un color pardo brillante.
Podemos conservarlas a temperatura ambiente durante unos meses y hasta congelarlas, pero para esto último lo mejor es pelarlas.
Para congelarlas es mejor hacerlo en recipientes de cristal que en bolsas de plástico.
Hacemos un corte profundo en forma de cruz en la cáscara de la castaña.
Introducimos las castañas en remojo durante 15 minutos en agua caliente.
Las escurrimos e introducimos en el horno a 180 ºC hasta que la cáscara se comience a curvar pero sin que llegue a tostarse la castaña por dentro.
Pelamos las castañas en caliente.
Si la piel interior no se hubiese despegado, volvemos a introducir las castañas de pocas en pocas en agua hirviendo durante 1 minuto.
Las sacamos y las frotamos con un trapo de cocina.
De este modo ya las tendremos listas para consumir en el momento o para conservarlas en un almíbar o congeladas.
Podemos utilizar las castañas, crudas o conservadas, enteras o trituradas para elaboraciones de repostería como tartas, pastelitos; cocerlas en leche con azúcar y desmigadas, o confitadas en un jarabe de azúcar para obtener el famoso y delicioso "Marrón Glacé" francés.
En cocina se utilizan fundamentalmente para elaborar purés que acompañan a platos de caza.
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