Más calor, menos actividad física
Cuando el calor aprieta, el cuerpo pide bajar el ritmo. El sofá, la sombra o un chapuzón en la piscina resultan mucho más apetecibles que salir a caminar, correr o montar en bicicleta. Y no es solo cuestión de ganas. El organismo pone en marcha mecanismos para evitar que siga subiendo la temperatura corporal.
“El calor aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel y la sudoración, eleva la carga cardiovascular, favorece la deshidratación e incrementa la sensación de esfuerzo. Caminar, correr, desplazarse en bicicleta o realizar ejercicio al aire libre resulta así más complicado, lo que puede reducir progresivamente el movimiento cotidiano”, explican los especialistas de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física.
Ese esfuerzo añadido hace que muchas personas disminuyan el tiempo que dedican a caminar, abandonen el deporte o pospongan los ejercicios prescritos durante la rehabilitación.

No moverse perjudica la salud
La inactividad física está relacionada con un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, diabetes, algunos tipos de cáncer y muerte prematura. Alrededor de un tercio de los adultos no alcanza los niveles mínimos de ejercicio recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS): al menos 150 minutos de actividad moderada o 75 minutos de ejercicio intenso a la semana.
El calor agrava esta situación. A medida que aumentan las temperaturas, hacer ejercicio al aire libre resulta más difícil y, en ocasiones, menos seguro. El esfuerzo físico exige un mayor trabajo al sistema cardiovascular, incrementa el riesgo de deshidratación y obliga a limitar la actividad durante las horas centrales del día.
Si a ello se suman las olas de calor cada vez más frecuentes e intensas derivadas del cambio climático, las oportunidades para mantenerse activo se reducen, especialmente entre las personas más vulnerables. Y todo apunta a que esta tendencia irá a más.
Las altas temperaturas favorecen el sedentarismo
Un estudio publicado en The Lancet Global Health, basado en datos de 156 países entre 2000 y 2022, concluye que cada mes con una temperatura media superior a 27,8 ºC se asocia con un aumento del sedentarismo. Los autores advierten de que, si esta tendencia continúa, la inactividad relacionada con el calor podría provocar en torno a 500.000 muertes prematuras adicionales al año en 2050.
La investigación analizó la relación entre la exposición al calor y la inactividad física en adultos mediante un modelo de panel con efectos fijos y proyectó la evolución futura con distintos escenarios climáticos y socioeconómicos. Estas son las conclusiones:
- El impacto será mayor en los países de renta baja y media y en las regiones más cálidas. Según las estimaciones, cada mes adicional por encima de los 27,8 grados eleva la inactividad física en 1,44 puntos porcentuales a nivel global y en 1,85 puntos en los países de ingresos bajos y medios.
- En 2050, la prevalencia de la inactividad podría aumentar entre 0,98 y 1,75 puntos porcentuales, según el escenario climático analizado, con incrementos superiores a los cuatro puntos en regiones como Centroamérica y el Caribe, África subsahariana oriental y el sudeste asiático ecuatorial.
En verano hay que ajustar las rutinas para seguir moviéndose
Durante los episodios de calor, los médicos de la SERMEF recomiendan adaptar la actividad física para no interrumpirla por completo. Proponen hacer ejercicio a primera hora de la mañana o al final de la tarde, trasladarlo a espacios frescos o climatizados, reducir de forma temporal la intensidad y fraccionarlo en sesiones breves.

Para ello sugieren aprovechar piscinas, instalaciones cubiertas, zonas de sombra o incluso el propio domicilio. Y añaden que las ciudades deberían facilitar el movimiento con recorridos sombreados, elementos de agua y espacios públicos protegidos del calor.
Estos especialistas advierten que, «ante la aparición de mareo, debilidad, dolor de cabeza, náuseas, calambres, confusión o agotamiento inusual, debe interrumpirse la actividad y buscar un lugar fresco». Además, insisten en que las personas con enfermedades crónicas, discapacidad, tratamiento farmacológico o un programa de rehabilitación deben consultar antes con un profesional sanitario si quieren modificar su pauta de ejercicio.
La rehabilitación no se va de vacaciones
Mantener una rutina mínima es muy importante para quienes siguen un tratamiento de rehabilitación. Los médicos recuerdan que la constancia forma parte del proceso terapéutico y que una interrupción prolongada puede hacer perder parte de los avances conseguidos en dolor, movilidad, fuerza, autonomía y capacidad funcional. También comentan que puede dificultar la recuperación tras una lesión o una intervención quirúrgica y empeorar la capacidad funcional de las personas con enfermedades crónicas.
“Que el calor cambie nuestra forma de hacer ejercicio, pero no nos obligue a dejar de movernos. Adaptar la actividad física es proteger la salud, conservar la autonomía y evitar que el verano se convierta en meses de retroceso funcional”, concluyen desde la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física.


