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Nuevas aplicaciones para vegetales

El desarrollo de una nueva generación de cultivos se encamina a generar sustancias de interés sanitario e industrial

Industria agrícola y alimentaria han sido desde hace tiempo las grandes beneficiarias de la ingeniería genética. Pero nuevas investigaciones en este campo han permitido aplicar la técnica para la obtención de fármacos y de biocomustibles. EEUU y Canadá encabezan la lista de países productores de sustancias terapéuticas en plantas. De muy reciente aplicación en otros países europeos, se estima que el sector de plantas como biofactorías seguirá creciendo en los próximos años.

Resistencia a enfermedades, reducción del uso de pesticidas, alimentos más nutritivos y mejoras en el sabor y la calidad. Estos son algunos de los beneficios que, desde hace tiempo, ha proporcionado la tecnología aplicada a la producción agrícola. Ahora, la lista de beneficios de la biotecnología molecular va ampliándose y, en respuesta a un ámbito de investigación en constante evolución, no sólo crea plantas resistentes a insectos y plagas, sino que proporciona herramientas para el desarrollo de microorganismos que producen compuestos químicos, antibióticos, aminoácidos, enzimas y determinados aditivos alimentarios y proteínas.

En este sentido, la explotación de los recursos vivos abre nuevas perspectivas, especialmente en EEUU, donde en los últimos 35 años se ha producido un crecimiento continuo y regular. La Asociación Nacional de Productores de Maíz estadounidense (NCGA, en sus siglas inglesas) prevé para 2015 que se podrán satisfacer las necesidades de alimentos y de producción de etanol, biocombustible, casi en el 10% de la demanda prevista del país. La Comisión Europea reconocía hace unos años que la biotecnología agrícola permite mejorar la eficiencia de los procesos de producción de etanol y abre las puertas para usar toda la planta de maíz y sus residuos la creación de energía renovable abundante.

Plantas factoría

Las predicciones indican que, en el año 2010, los fármacos obtenidos a partir de fuentes biológicas supondrán un 35% del mercado farmacéutico Dentro de este marco de investigación, expertos del CSIC/IRTA de Genética Molecular Vegetal han descubierto en células vegetales una nueva ruta de tráfico de proteínas que abre la posibilidad de diseñar lo que denominan «plantas factoría» con capacidad para producir vacunas orales capaces de inmunizar contra enfermedades. El estudio, que aparece publicado en el último número de The Plant Cell, «constituye un primer paso para el desarrollo de plantas y algas que acumulen en sus cloroplastos grandes cantidades de proteínas», admite Javier Pozueta, del Instituto de Agrobiotecnología y Recursos Naturales.

Otra de las novedades presentadas es la introducción de genes de plátanos con proteínas específicas podría ayudar al tratamiento de la fiebre tifoidea o la rabia. Para Henry Millar, de la Stanford University's Hoover Institution, en EEUU, se trata de aprovechar las enormes ventajas que ofrece lo que denomina biofarmacia para el desarrollo de productos farmacéuticos. El gran potencial de esta práctica reside, asegura Millar, en la reducción de los costes (la energía procede del sol y la materia prima es bióxido de carbono), y en la posibilidad de ampliar la producción con tan sólo aumentar la superficie de los cultivos. Además, las vacunas producidas con este método están diseñadas a ser «termoestables», con lo que queda resuelto el problema logístico relacionado con el mantenimienot de la cadena del frío.

El abanico de productos que se pueden obtener es amplio e incluye tratamientos para el cáncer. En abril de 2006, la empresa californiana Ventria Bioscience divulgó los resultados clínicos de un arroz que contiene dos proteínas humanas, lactoferina y lisozima, para la producción de fármacos contra la diarrea pediátrica, una enfermedad que afecta a menores de cinco años, especialmente de países africanos y asiáticos, y que provoca unas dos millones de muertes al año. El maíz y la soja pueden transformarse en fábricas naturales de producción de ingredientes como la sucrosa, lisina y metionina, que se utilizan como alimento para los animales. Jim Greenwood, presidente de la Organización de Industria Biotecnológica de Washington, y Ken MacCauley, presidente de la NCGA, hacen hincapié en que con la biotecnología los productores podrán cultivar suficiente maíz y otros cultivos para proporcionar primas destinadas a biocombustibles y alimentos.

DE LA APLICACIÓN A LA REGULACIÓN

Desde que empezó a desarrollarse, a finales de 1970, el potencial de la manipulación genética se aplicaba no sólo a los microorganismos sino también a animales y plantas, una aplicación con gran impacto en el campo de la salud, la agricultura y el medio ambiente. Desde entonces, se han ido creando y comercializando muchos productos procedentes de la biotecnología encaminados a mejorar e incrementar el rendimiento de los cultivos en agricultura. Todo ello lleva implícito el desarrollo de un paquete legislativo adecuado que, por muy estricto que sea, algunos expertos ya se adelantan a reconocer que no evitará que se genere controversia sobre la idoneidad de esta práctica.

Los que se oponen aseguran que la nueva técnica tendrá efectos en la producción de alimentos derivada de la contaminación. Pero Henri Millar admite que los riesgos son mínimos, puesto que la sustancia activa del fármaco tendría que estar presente en el alimento final, algo que no es fácil que ocurra ya que es improbable que este agente sobreviva a todo el proceso de producción y, finalmente, de cocción. Todo ello no exceptúa que deban tomarse precauciones en determinados productos. Las condiciones de comercialización de este tipo de productos en EEUU son muy rigurosas. La ley que impone el Departamento de Agricultura estadounidense (USDA, en sus siglas inglesas) es altamente preceptiva: zonas de vigilancia entre el medio biofármaco y otras cosechas; restricciones de uso del suelo de este tipo de cultivos y tolerancia cero.

Las condiciones a las que se someten las «fábricas de cultivos» son actualmente similares a las de los transgénicos, y velan por su seguridad tanto del USDA como la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA) y la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA).

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