¿Qué clase de alimento es en realidad la soja?
La soja es una legumbre y, por lo tanto, un alimento considerado fuente de proteínas vegetales. Y proteínas de las completas, de las de calidad: al igual que la de los garbanzos, la proteína que aporta la soja contiene los nueve aminoácidos esenciales, algo que no ocurre con la procedente de otras fuentes vegetales (¡ojo!, no pasa nada, basta con combinarlas a lo largo del día con otros alimentos para obtener esos aminoácidos que faltan).
Además de la calidad de la proteína que aporta, tampoco se queda corta en la cantidad: hasta 36 gramos por cada 100 gramos de producto (frente a los aproximados 25 del pollo o 12 del huevo), aunque depende de la forma en la que se consuma o del producto final del que forme parte (tofu, miso, bebida de soja, tempeh…).
Su consumo, ¿es siempre recomendable y saludable?
En alimentación, no suele caber el “siempre” o el “nunca”: no pueden adjudicarse a un alimento los apellidos “saludable” o “perjudicial” (y mucho menos tacharse de “bueno” o “malo”) sin tener en cuenta el resto de la alimentación e, incluso, el resto de hábitos diarios.
En el caso concreto de la soja, “basándonos en la evidencia científica actual, tanto de ensayos clínicos como de estudios epidemiológicos, no se ha observado que una ingesta habitual dentro de un patrón dietético saludable y variado tenga efectos perjudiciales sobre la salud en la población general”, explica Miguel López, investigador en patrones de alimentación basadas en productos de origen vegetal.
Además, como recuerda López, sumarla a nuestra alimentación podría resultar especialmente interesante, no tanto por los nutrientes que contiene (además de proteínas, fibra, grasas insaturadas y vitaminas, entre otros), sino por el hecho de desplazar otras fuentes de proteína animal menos recomendable (por ejemplo, la carne roja o procesada). “Todo ello se ve reflejado en las guías dietéticas de diferentes países en las que se incluye la soja entre opciones saludables”, añade.

Entonces, ¿por qué es la soja tan susceptible a la desinformación?
Los contenidos que demonizan la soja en redes hablan de los fitoestrógenos que contiene, las isoflavonas, como si, una vez consumidas, tuviesen la capacidad de comportarse como los estrógenos humanos. “Aunque tienen una estructura parcialmente similar, su actividad biológica es mucho más débil y no actúan igual que las hormonas endógenas”, es decir, las que el cuerpo produce por sí solo, comenta López.
“Sin embargo, el término ‘fitoestrógeno’ suele generar alarma y ha favorecido interpretaciones simplistas o extrapolaciones incorrectas, especialmente a partir de estudios in vitro o en animales con dosis muy superiores a las habituales en humanos”, subraya el experto, y añade que, en contraste, la evidencia clínica y epidemiológica en humanos no respalda muchos de los efectos negativos que frecuentemente se atribuyen a la soja.
Como explican desde el Consejo Europeo sobre Información en Alimentación (EUFIC), los fitoestrógenos se unen de forma diferente a nuestros receptores estrogénicos y desempeñan acciones diferentes que los estrógenos. Además, estos dependen de varios factores, como los niveles de estrógeno en el tipo de tejido corporal (tanto el que producimos como el que obtenemos de la alimentación).
¿Supone el consumo de soja un impacto negativo en las hormonas?
En palabras de López, el consumo habitual de soja no conlleva efectos adversos clínicamente relevantes sobre las hormonas en la población general.

“Aunque sus isoflavonas pueden interactuar con los receptores estrogénicos, lo hacen con una afinidad y potencia mucho menores que los estrógenos humanos. De hecho, los ensayos clínicos y metaanálisis realizados hasta la fecha no han observado alteraciones relevantes en testosterona, estrógenos u otros parámetros hormonales con un consumo habitual de soja”, aclara.
A pesar de que a finales de la década de los 90 se hizo popular la idea de que las isoflavonas de la soja estimulaban el crecimiento de los tumores de mama, en base a investigaciones en animales, esta no siempre es extrapolable a los seres humanos. “Es decir, las isoflavonas de soja pueden metabolizarse de manera diferente en animales en comparación con los humanos”, puntualizan desde EUFIC.
De hecho, desde entonces, “múltiples estudios en los que participaron mujeres con cáncer de mama, mujeres con alto riesgo de padecerlo y mujeres sanas demostraron que ni el consumo de soja ni de isoflavonas afectaba a los marcadores de riesgo de cáncer de mama”, añaden. “Es más, varios grandes estudios observacionales muestran que el consumo de soja se asocia a un riesgo significativamente menor de recurrencia del cáncer de mama y de mortalidad específica por cáncer de mama”.


