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Vivir con poco dinero: mercadillos del trueque

La crisis económica y el desempleo impulsan este modo de intercambio como alternativa al consumo tradicional

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: martes 26 enero de 2010
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El intercambio de bienes y servicios es el sistema de cooperación más antiguo del mundo. Es la génesis de la actividad comercial, que nació gracias a la permuta de las sobras a cambio de otros objetos necesarios. El invento del dinero y la aparición de la moneda como medida de valor alteraron ese binomio tan sencillo, práctico y fácil de manejar. Tanto es así que, aunque todavía impera el equilibrio entre la oferta y la demanda, la Economía es, en la actualidad, un área con múltiples aristas y entresijos. Ha alcanzado tal nivel de complejidad que, cuando sobreviene una crisis mundial o hay un revés en las previsiones, ni siquiera los principales expertos en la materia consiguen resolverlos. El sistema monetario y financiero se ha consolidado en casi todas las sociedades del mundo, pero el trueque nunca ha desaparecido. En algunas regiones donde perviven las estructuras tribales, la producción artesanal y las antiguas tradiciones no sólo son el principal modelo de intercambio, sino el único. ¿Pero hace falta atravesar medio planeta para constatar cómo funciona este mecanismo o es posible apreciarlo en casa, en la ciudad o en el propio barrio? El trueque es una realidad en los países del primer mundo y, lejos de constituir un modelo en extinción, cobra fuerza y vitalidad con el paso de los años. Cada vez hay más iniciativas de intercambio que rehúyen con éxito del dinero. España no es la excepción.

Ponerle freno al consumo compulsivo

/imgs/2010/01/mercadillo.art.jpgAdemás de una elevada tasa de desempleo y la agudización de los problemas sociales, la actual crisis económica ha puesto en evidencia los fallos del sistema financiero y el exceso de confianza de los consumidores al efectuar sus compras. En los últimos dos años, el endeudamiento familiar ha aumentado de modo exponencial hasta situarse en 908.272 millones de euros a finales de 2009. Buena parte de esta cifra responde a los préstamos hipotecarios, la especulación inmobiliaria y el paro. No obstante, éste es un enfoque simplista y miope. Hay otros elementos que alimentan esa cifra, además de la vivienda. ¿El principal? Un porcentaje considerable de personas gasta más dinero del que tiene. Al menos, así ocurría hasta 2007, cuando se desató la crisis.

Si en 1958 los españoles dedicaban más del 80% del total de su gasto a la satisfacción de las necesidades básicas (alimentación, abrigo y cobijo), en los últimos años la situación ha cambiado de manera radical. El consumismo ha logrado instalarse en la sociedad como una práctica habitual. La debacle financiera y el fin de la bonanza han quebrado esta percepción, aunque es importante reseñar que hubo advertencias anteriores. Ya en 2004, el Informe Europeo sobre los ‘Problemas de Adicción al Consumo’ señalaba que el 15% de la población compraba de manera adictiva y que tres de cada cien ciudadanos padecían una compulsión patológica. En ese momento, sólo era un documento. En la actualidad, es la pesadilla de miles de ciudadanos que no tienen con qué afrontar los créditos, los préstamos y las deudas que contrajeron en el pasado.

Los mercadillos han dejado de ser iniciativas pintorescas para convertirse en un modelo sostenible frente a la crisis

El panorama es poco halagüeño. Sin embargo, no todas las consecuencias de la crisis pueden etiquetarse como nefastas. El “crack” financiero -y su repercusión social- ha impulsado dos cuestiones fundamentales: la reflexión y la creatividad. Con un cambio tan abrupto de escenario, es fácil preguntarse acerca de las necesidades reales. ¿Dos ordenadores? ¿Siete pantalones? Más allá de las particularidades de cada hogar, de la condición social y del número de integrantes de una familia, en todas las viviendas hay objetos que sobran. Y, en contrapartida, hay otras cosas que faltan; enseres que se rompen, electrodomésticos que fallan, objetos que, en esta coyuntura, no son fáciles de adquirir o reponer.

Quienes afrontan el pago de los préstamos contraídos no están en condiciones de endeudarse más para hacerlo. Y quienes atraviesan la crisis sin deudas intentan que esa situación de privilegio no cambie. Esta combinación de factores explica la creación y el crecimiento de iniciativas comerciales alternativas, que dejan fuera al dinero.

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