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Tu manera de comer deja huella en el planeta

Cualquier acción cotidiana deja una marca en el mundo que nos rodea; nuestros hábitos alimentarios, también. Y algunos están devorando el planeta

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: miércoles 11 diciembre de 2019
Imagen: Getty Images

Puede parecer una receta sencilla: bizcocho, chocolate y nata. Pero, si tenemos en cuenta las materias primas (cacao, harina, huevos, azúcar…) que usamos en nuestra cocina, junto con el agua y la energía necesaria para producir cada ingrediente, un simple trozo de tarta necesita más recursos de los que podríamos llegar a imaginar. Pero no siempre somos conscientes de ello: cualquier producto o acción cotidiana –desde comer hasta trasladarnos al trabajo o vestirnos– requiere una gran cantidad de recursos y deja un rastro en el mundo que nos rodea. Para calcularlo se utiliza la huella ambiental, un amplio concepto que mide el impacto general que una actividad tiene sobre el medio ambiente, ayudando a definir si es sostenible o no. Lo explicamos a continuación.

El concepto de “huella” engloba varias categorías de impacto en el medio ambiente:

  • Huella ecológica. Mide la superficie productiva
    de cultivos, pastos, bosques, zonas pesqueras y
    áreas de infraestructuras necesarias para producir
    los recursos que consumimos, y el área requerida para asimilar
    los residuos que generamos. Por ejemplo, la superficie
    que se utiliza para generar los pastos necesarios en la producción
    un litro de leche (incluido su envase) es una parte de
    la huella ecológica de este producto.
  • Huella de carbono. Evalúa la cantidad de emisiones de gases
    de efecto invernadero, medida en toneladas de dióxido de carbono (CO2) equivalente
    (incluye todos los gases causantes del efecto invernadero,
    como el metano, el óxido nitroso, los hidrofluorocarburos…),
    que emitimos de forma directa o indirecta como consecuencia
    del desarrollo de cada actividad que realizamos. Continuando
    con el ejemplo de la leche, durante toda la producción de un
    litro de leche (desde la ganadería hasta la industria y el transporte)
    se emiten 1,6 kg de CO2 eq (equivalente) a la atmósfera.
  • Huella hídrica. Calcula el consumo de agua dulce empleado
    en la producción de los bienes y servicios que consumimos.
    Según datos de la organización Water Footprint Network, para
    producir ese litro de leche se utilizan 1.020 litros de agua. Esta
    cifra incluye no solo el agua incorporada al producto, sino la
    que se ha contaminado, la devuelta a otra cuenca o al mar e,
    incluso, la evaporada en todos los procesos.
  • Huella ambiental. Las dos anteriores se incluyen en la huella
    ambiental, que valora el impacto global que la producción
    y el consumo tienen sobre el medio ambiente considerando
    distintos indicadores, como el consumo de agua, de energía
    o las emisiones de gases de efecto invernadero. Por ejemplo,
    la huella ambiental de ese litro de leche engloba desde el
    agua, la superficie de suelo o la electricidad empleados en su
    producción hasta la quema de combustibles fósiles para su
    transporte o los residuos de sus envases.

La huella de lo que comemos

Como hemos visto, toda acción deja una marca concreta en el
planeta, que puede traducirse en calentamiento global originado
por la emisión de gases de efecto invernadero (huella de
carbono), en términos de agotamiento de recursos o con parámetros
como la degradación de la capa de ozono, entre otros.

Tomándolo por separado, cada impacto puede ofrecer una
perspectiva parcial de la huella ambiental global de un alimento.
Es decir, si consideramos solo su huella de carbono o
su huella hídrica, podríamos estar obviando impactos relevantes
en otro punto del ecosistema. Para tener una visión más amplia,
la Unión Europea (UE) trabaja en el desarrollo de una metodología armonizada
para calcular la huella ambiental, incluyendo todo su ciclo de vida,
desde la extracción de las materias primas hasta los residuos
tras su consumo, así como 15 categorías de impacto distintas.
Su cálculo requiere una gran cantidad de datos“, afirma
Saioa Ramos, investigadora de AZTI, un centro tecnológico
especializado en la cadena de valor de la alimentación.
“Si hablamos de yogur, por ejemplo, es necesario conocer los
datos de todas las granjas a las que la empresa láctea compra
la leche, y el tipo y origen de las materias primas de los
piensos; también, la distancia y los modelos de camión que
se utilizan para transportarla. Una vez en la fábrica, hay que
contar con electricidad, gas natural, agua…, y con los envases.
Sin olvidar los kilómetros que recorren hasta el supermercado
y hasta nuestro hogar”, explica la experta.

De la dificultad para recabar estos datos surge el proyecto ELIKA-PEF –liderado por EROSKI y coordinado por AZTI–, un
sistema avanzado para el cálculo, información y verificación
de la huella ambiental de productos alimentarios en el País
Vasco. “Consiste en una herramienta que facilita a las empresas
la recopilación de los datos para calcular el impacto
ambiental de sus productos”, comenta Ramos. Conocer estos
impactos permite a las compañías diseñar medidas y estrategias
para reducirlos, incluyendo procesos más eficientes
y con menor huella ambiental.

Para guiar a los consumidores, el desarrollo de la huella
ambiental de la UE también plantea la creación de un etiquetado
similar a Nutri-Score, el sistema que mide la calidad
nutricional de un alimento. Esta etiqueta ambiental nos ayudará
a tomar elecciones de compra responsables teniendo en
cuenta aspectos que van más allá del origen o el material del
envase y que tienen un gran peso en la huella que generan.

¿Cuánto le cuesta nuestra alimentación al planeta?


Imagen: Getty Images

Tenemos unos hábitos alimenticios que devoran el
planeta, por lo que la comida supone un peso muy
importante en nuestra huella. La Organización de
Naciones Unidas (ONU) cuantifica que la producción
de alimentos consume un 30 % del total de
energía en el mundo y es responsable del 22 % de
las emisiones de gases de efecto invernadero. Además,
se calcula que hace uso del 70 % del agua dulce
disponible y del 11 % de la superficie de la Tierra.

El sistema alimentario también se encuentra
en el epicentro de la crisis climática. Los expertos
del Panel Intergubernamental sobre el Cambio
Climático (IPCC) instan en un reciente informe
–’Cambio climático y los usos del suelo’– a una
transformación del sistema alimentario para enfrentar
el cambio climático. Una amenaza que, a
su vez, ejerce un estrés adicional en los suelos, aumenta
su degradación y se reduce el suministro de
alimentos (al disminuir, por ejemplo, los cultivos
de trigo y maíz).

Superamos los límites de la Tierra

El último ‘Informe Planeta Vivo’ de la organización
no gubernamental WWF señala que nuestra
huella ecológica ha aumentado casi un 190 % en
los últimos 50 años. Esto significa que estamos
llevando a la naturaleza al límite, consumiendo
por encima de lo que es capaz de generar. De hecho,
el pasado 29 de julio, la humanidad acabó con el presupuesto de recursos que la Tierra tenía para todo
el año. Es el llamado Día de la Sobrecapacidad de la Tierra,
calculado por Global Footprint Network (GFN), una fecha
que se ha adelantado dos meses en los últimos 20 años. A
este ritmo de consumo, necesitaríamos 1,75 planetas para
satisfacer nuestra demanda.

Esta fecha varía en gran medida según el país. Qatar,
por ejemplo, entra en “déficit ecológico” el 11 de febrero,
mientras que Indonesia llega hasta el 18 de diciembre sin
utilizar recursos extra. Por su parte, los japoneses necesitan
7,7 países como el suyo para satisfacer sus demandas; y haría
falta un territorio del tamaño de cuatro veces China para
abastecer a los ciudadanos de ese país cada año. En España
las predicciones no son mucho más optimistas. Nuestro país
ya había agotado los recursos anuales el pasado 28 de mayo.
Hasta ese día, vivimos y consumimos como si tuviéramos a
nuestra disposición el equivalente a 2,9 países como el nuestro,
tal y como asegura Global Footprint Network.

¿Qué debe cambiar?

El consumo desmedido de recursos acelera la crisis climática
sin precedentes que vivimos. Por tanto, vivir sin sobrepasar
los límites del planeta requiere inevitablemente una reducción
general del consumo. Gobiernos, productores y consumidores
debemos apostar, además, por formas de producción
y de consumo más respetuosas con el medio ambiente.

Como hemos visto antes, nuestro sistema de producción
actual es altamente demandante de agua, suelo y energía.
“Para mejorarlo es imprescindible realizar buenas prácticas
agrícolas y ganaderas“, afirma Celsa Peiteado, experta en
agricultura de WWF. Una buena forma de hacerlo es utilizar
fertilizantes naturales en vez de abonos químicos y optar
por el uso de razas autóctonas y cultivos locales, “mejor
adaptados a las condiciones de clima o de suelo” propias de
cada territorio. Apostar por la ganadería extensiva ayuda a
proteger los pastos –que son sumideros de carbono– y da
empleo en zonas rurales. “Además, es importante recurrir
al riego deficitario controlado, es decir, utilizar solo el agua
que necesita el cultivo para tener cosechas de calidad, a la
vez que se respetan los ríos y demás ecosistemas acuáticos”,
explica la experta. No pueden dejarse de lado los métodos
de producción sostenible, como la certificación
ecológica, el sello Marine Stewardship Council
(MSC), que garantiza una pesca respetuosa con
el medio ambiente, o el sello Global G.A.P (Good
Agricultural Practice) que acredita, entre otras,
las buenas prácticas agrícolas o la sostenibilidad
del pescado procedente de la acuicultura.

Una compra responsable

La otra cara de la moneda, el consumo, es también
fundamental en este cambio. Los consumidores
tenemos la oportunidad de hacer una compra responsable
que disminuya la huella que nuestro día
a día deja en el medio ambiente. Para hacerlo, debemos
tener en cuenta todas las fases de vida del
producto: la producción, el consumo y los residuos.
Evitar un envase de plástico no implica que
ese alimento sea sostenible, si su producción deja
un enorme impacto hídrico en el lugar de origen o
si la gran cantidad de pesticidas empleados contamina
el agua y el suelo donde crece.

Aunque todavía no se incluye la huella ambiental
en la etiqueta de un producto, existen hábitos
que el consumidor puede seguir para reducir este
impacto. Pequeños cambios
en nuestras opciones de compra que pueden
tener un gran impacto en nuestra propia salud y en
la capacidad de producir alimentos del planeta. Y
tú, ¿qué huella quieres dejar en el mundo?

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