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Bajo consumo de fitoestrógenos en Europa

El consumo de fitoestrógenos naturales es una de las alternativas mejor consideradas para atajar la osteoporosis

La media de consumo de fitoestrógenos en Europa no supera el miligramo diario.
Potenciar su consumo equivaldría, según creen los expertos, a reducir el impacto futuro de la osteoporosis. Pero la ingesta actual es muy baja, como revelan estudios realizados en cinco países.

La osteoporosis es una de las mayores preocupaciones de las administraciones sanitarias europeas y una de las principales causas en próximos años de morbilidad, mortalidad y gasto sanitario, especialmente entre mujeres postmenopáusicas, considerado hasta ahora el mayor grupo de riesgo. De seguir la tendencia actual, se calcula que la situación empeorará en un 60%. Sólo en España se producen anualmente 33.000 fracturas de cadera, gran parte de ellas por la osteoporosis.

Una de las alternativas mejor consideradas para atajar el problema y evitar los riesgos asociados a los tratamientos hormonales sustitutorios es el consumo de fitoestrógenos naturales. Hace apenas dos años, un experimento realizado en el Queen Mary Hospital (Universidad de Hong Kong) revelaba que el consumo de 60 miligramos diarios de fitoestrógenos, equivalente a dos piezas de tofu o 3 tazas de leche de soja, fortalece los huesos de las mujeres. El estudio no es el único de su tipo, por lo que expertos y administraciones miran con esperanza esta «alternativa vegetal». Potenciar el consumo de fitoestrógenos a nivel europeo equivaldría a reducir el impacto futuro de la osteoporosis. Pero las cosas van a tener que cambiar mucho si se espera que esta sea la solución, porque el consumo de fitoestrógenos por parte de los europeos es muy bajo. Para ser exactos, 60 veces más bajo: la dieta de un adulto europeo medio no contiene más de 1 miligramo (o 1000 microgramos) de fitoestrógenos diarios.

Un mayor consumo de fitoestrógenos podría paliar los efectos negativos de los tratamientos hormonales sustitutorios Así lo revela VENUS, acrónimo del proyecto Vegetal Estrogens in Nutrition and the Skeleton, cuyos resultados se presentaron el pasado mes de junio. Uno de los objetivos de VENUS era valorar la media de isoflavonas, genisteína y dadzeína (fitoestrógenos presentes en la soja), que se consume en Europa diariamente.

Para ello, diversos hospitales y centros de epidemiología de Irlanda, Italia, Reino Unido y Holanda, estudiaron la alimentación de su población, teniendo en cuenta los menús habituales así como la información científica existente sobre contenido de isoflavonas en alimentos como soja y derivados, legumbres y frutos secos, pan, cereales de desayuno y otros. De los cuatro países, Holanda es el que tiene una media de consumo de isoflavonas más elevada (913 microgramos), seguido de Irlanda (726 microgramos), Reino Unido (718) e Italia (554). Las cifras no difieren mucho de las obtenidas en otro estudio paralelo realizado en Finlandia, que arrojaba una media de 788 microgramos de isoflavonas por persona y día, y de 434 microgramos diarios de lignanos (fitoestrógeno presente en algunas semillas, cereales, frutas y vegetales).

Las cifras coinciden también con otros estudios anteriores que cifraban el consumo de isoflavonas de mujeres caucásicas postemopáusicas en menos de 1 miligramo (dirigido por De Kleijn, en 2001) y la media de consumo en diez países europeos en menos de 2 miligramos diarios, trabajo dirigido por Keinan-Boker en 2002. Incluso considerando el consumo más elevado de los habituales de la soja y derivados (como serían, por ejemplo, los vegetarianos), dicen los autores del estudio, la media es muy inferior al consumo de los países asiáticos (de 20 miligramos mínimo).

Los hombres consumen más

El pan y los cereales son los alimentos que aportan la mayor cantidad de isoflavonas en la dieta típica No dejan de ser curiosos otros datos. Tanto en el estudio VENUS como en el de Finlandia, el consumo de isoflavonas es mayor entre hombres (902 microgramos en Finlandia, 857 microgramos en Irlanda, 634 microgramos en Italia, 1007 microgramos en Holanda y 773 microgramos en Reino Unido) que entre mujeres (668 microgramos en Finlandia, 603 microgramos en Irlanda, 488 microgramos en Italia, 834 microgramos en Holanda y 662 microgramos en Reino Unido), punto sobre el cual los investigadores no aventuran ninguna explicación.

El pan y los cereales son los alimentos que aportan la mayor cantidad de isoflavonas en la dieta típica (en Irlanda, son el 95% del total). Y, otra curiosidad, entre los reducidos grupos de consumidores habituales de soja, la ingesta de isoflavonas se dispara: el caso de consumo máximo se halló en Holanda, con 36.000 microgramos diarios. No son cifras en absoluto representativas, por lo que fueron excluidas para obtener la media general. Sólo los consumidores habituales de soja tenían una media de consumo más elevada: el grupo de Holanda, de 3.000 a 11.000 microgramos (3-11 mg). «Está claro que una típica dieta europea, bien sea del sur o del norte», dicen los autores, «no es probable que alcance el nivel a partir del cual se asume que hay efectos fisiológicos: 60 mg diarios».

VENUS, que ha sido dirigido por el Instituto Nazionale di Ricerca per gli Alimenti e la Nutrizione (Italia) y financiado por la UE, reunía diversos trabajos que evaluaban aspectos de los fitoestrógenos en Europa, como su consumo, sus efectos sobre la salud humana o su biodisponibilidad en alimentos procesados. Los mismos autores se han embarcado en un nuevo proyecto, PHYTOS, que persigue aportar evidencias científicas claras sobre el efecto de las isoflavonas en los huesos en mujeres postmenopáusicas. Parte del proyecto es obtener alimentos enriquecidos con isoflavonas, que puedan ser incorporados fácilmente en la dieta y explorar su aceptación por parte de estas consumidoras. Ésta, creen los investigadores, parece ser la única estrategia razonable si se pretende incrementar el consumo de fitoestrógenos.

¿CUÁL ES LA DOSIS SEGURA?

Algunas de las incógnitas que quedan por esclarecer es qué hay de cierto en la afirmación de que los fitoestrógenos están relacionados con el cáncer de mama. La experiencia y los estudios con poblaciones asiáticas tradicionalmente consumidoras de soja sugieren que este alimento tiene efectos beneficiosos sobre la salud. Sin embargo, otros estudios que relacionan el cáncer con el consumo de fitoestrógenos dan resultados contradictorios. Normalmente se apunta a que deben haber más razones relacionadas con el desarrollo o no de un cáncer, habida cuenta del bajo índice de cáncer de mama entre las mujeres asiáticas.

La contradicción quizá pueda ser explicada por la cantidad, tal como indican algunos estudios con células tumorales (Hsieh et al., 1998; Wang et al., 1996) y estudios sobre los efectos de suplementos que tienen cantidades de fitoestrógenos mucho más elevadas que las contenidas en los alimentos (Hargraves et al. 1999). El problema de fondo es que no están claras las cantidades seguras y recomendables para diferentes grupos de población aunque, de cualquier forma, sólo con la comida no es probable que el consumo de un adulto llegue a niveles excesivos, tal como demuestra VENUS.

Otra cosa son los estudios sobre niños. El pasado mayo un comité científico independiente reclamó al gobierno del Reino Unido una revisión urgente de las formulas infantiles basadas en la soja. La reclamación estaba relacionada con un estudio reciente que mostraba cómo ratas expuestas durante largo tiempo a grandes cantidades de fitoestrógenos acababan desarrollando infertilidad, por lo que se temen efectos similares en los niños si el consumo fuera demasiado elevado.

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