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Guerra a las grasas trans

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: viernes 4 junio de 2004

Una organización estadounidense lanzó el pasado mes de mayo una propuesta de boicot a los productos que contienen grasas trans, vinculadas en los últimos años a la aparición de enfermedades cardiovasculares. Pese a las evidencias sobre sus efectos nocivos para la salud, la industria se resiste a implementar medidas que las eviten.

La campaña lanzada por el grupo Center for Science in the Public Interest, no es en absoluto gratuita. Pese a las advertencias de la comunidad científica norteamericana acerca del riesgo para la salud de las grasas trans, ni la administración estadounidense ni tampoco las organizaciones de salud de este país han conseguido erradicar este compuesto de productos que, como las margarinas, tienen un consumo masivo. La razón no es otra que la resistencia de parte de la industria alimentaria.

¿A qué obedece esta resistencia? Básicamente a la versatilidad y duración en el tiempo de este tipo de grasas. Durante el proceso industrial de elaboración de grasas parcialmente hidrogenadas y margarinas se bombea hidrógeno a los aceites vegetales, provocando como resultado la formación de grasas trans en cantidades significativas. Gracias a ellas se consigue prolongar la vida comercial de diversos productos. De la misma forma, margarinas u otros alimentos similares son «más aplicables», es decir, pueden extenderse con mayor facilidad sobre superficies como el pan sin necesidad de esperar a que ganen temperatura tras sacarlas del frigorífico.

Salud cardiovascular

Las grasas trans aumentan la vida comercial de los productos y favorecen su elaboración industrial, pero causan patología cardiovascular El caso es que margarinas y otros productos que contienen grasas trans no se emplean sólo para untar el pan. En muchos países, en Estados Unidos, los anglosajones y buena parte de los centroeuropeos, se utilizan con el mismo propósito que el aceite en España. Esto es, para freír o cocinar alimentos. Es por este motivo que el consumo es importante, ya que forma parte de la dieta diaria de millones de consumidores, y por el cual las autoridades sanitarias insisten en la necesidad de buscar alternativas.

La búsqueda tiene su razón de ser en el efecto de este tipo de grasas sobre el organismo. Mientras que las grasas saturadas afectan por igual los niveles de lipoproteínas de baja y alta densidad, los impropiamente llamados colesterol malo (LDL) y bueno (HDL), respectivamente, las grasas trans actúan sobre el LDL sin afectar el HDL. Este desequilibrio metabólico inducido se ha asociado en los últimos tiempos con un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares.

Los expertos en nutrición recomiendan a través de un sinnúmero de guías nutricionales fomentar el consumo de grasas insaturadas como las que pueden encontrarse de forma natural en nueces, semillas o aceites vegetales. Esta recomendación, pese a los esfuerzos de la comunidad científica y médica, ha encontrado tradicionalmente poco eco en la sociedad por las escasas pruebas disponibles sobre los efectos nocivos de las grasas trans.

La campaña americana

Las pruebas en contra, sin embargo, se han ido acumulando con el paso del tiempo. Tanto es así que en la Unión Europea y en los propios Estados Unidos, las zonas geográficas de mayor consumo de productos que contienen grasas trans, no sólo recomiendan a la industria sino que la instan a dar con una alternativa mucho más saludable. Desde diversos comités científicos se argumenta en este sentido que «ninguna cantidad» de grasas trans consumida en la dieta diaria «puede considerarse segura» para la salud.

Dada la resistencia que las administraciones públicas de buena parte de los países afectados paradójicamente ofrecen a la eliminación de las grasas trans, el grupo Center for Science in the Public Interest, ha iniciado una campaña de sensibilización para conseguir que las industrias se sumen individualmente a lo que se considera una actuación preventiva en el marco de la salud pública. Del mismo modo, pretenden que la Agencia Federal del Medicamento y la Alimentación (FDA) norteamericana, prohíba el uso de aceites vegetales parcialmente hidrogenados.

La respuesta a estas peticiones no se espera que sea especialmente positiva, al menos en el corto plazo. Aunque algunas empresas ya han empezado a reducir el porcentaje de grasas trans empleadas en sus productos y comienzan a existir alternativas experimentales en los laboratorios, la ventaja competitiva que supone su uso en los procesos industriales de elaboración y en la duración de la vida comercial de los productos, va a obligar a definir un largo periodo de coexistencia. Un periodo que, por otra parte, se espera que pueda verse compensado por la indicación en las etiquetas de la presencia de grasas trans y de su porcentaje en la lista de ingredientes. El objetivo, que probablemente va a tener que cumplirse por ley a partir de 2006, es que el consumidor pueda escoger con conocimiento de causa.

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