Entrevista

Javier Aranceta, secretario de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria

«Los alimentos funcionales nos ayudan a suplir carencias de la dieta moderna»
Por Emilio de Benito 8 de enero de 2004
Img arancetap

Los alimentos funcionales empiezan a estar de moda. Aunque todavía hay pocas categorías descritas, el número de productos que gradualmente van llegando al mercado está creciendo de forma clara. En opinión de Javier Aranceta, es sólo una muestra de lo que nos depara un futuro en el que la dieta se complementará con nutrientes esenciales e incluso con productos con clara vocación sanitaria. Su regulación, pero sobre todo lo que dé de sí la investigación, marcarán el camino inmediato.

Javier Aranceta (Bilbao, 1953) es médico y experto en nutrición. Entre otros trabajos, fue él quien nos alertó sobre la importancia de desayunar, y del hecho de que un 8% de los niños no lo hacían. Participa también en el Instituto Omega 3 de la Fundación Puleva, desde donde ha puesto en marcha una campaña para que los consumidores sepamos distinguir qué son los alimentos funcionales y sus ventajas en la dieta.

Siempre se ha dicho que «somos lo que comemos». ¿Qué aporta un alimento funcional que no tenga una dieta equilibrada?

Los alimento funcionales tienen que cumplir tres requisitos. En primer lugar, tener un valor nutricional igual o mayor que los alimentos tradicionales del mismo tipo; segundo, activar o mejorar un proceso fisiológico; y, tercero, ser un alimento de promoción de la salud. Imaginemos el caso de la sal y la sal yodada. La sal aporta electrolitos necesarios, el cloro y el sodio. La sal yodada, además, aumenta la actividad de la hormona tiroidea y previene la aparición del bocio endémico. No es un producto idéntico al tradicional, tiene un mayor impacto sanitario.

Pero el yodo puede ingerirse por otras vías. ¿Por qué necesitamos consumir unos productos especiales si nos alimentamos bien?

El objetivo de estos alimentos es suplir deficiencias de la dieta. Una persona muy metódica prácticamente no necesitaría ningún tipo de suplemento. Digamos que su dieta le daría el 97% de lo que necesita. Pero eso no es lo más habitual. La alimentación del 25% de la población tiene déficit de algún nutriente. O, mejor dicho, de uno o más micronutrientes, como las vitaminas o sales de calcio o magnesio, por ejemplo.

¿Es que comemos peor?

Uno de los factores que influyen es que comemos más fuera de casa. Pero sobre todo es que ya estamos en otro nivel. La alimentación es como una especie de puzzle, y ya no hablamos tanto de dieta saludable como de dieta óptima.

¿Nos hemos vuelto más exigentes?

«La alimentación del 25% de la población tiene déficit de algún nutriente»

Efectivamente. Queremos llegar más allá, queremos salud, potenciar nuestras cualidades físicas y cognitivas mediante la alimentación. Es una nueva utopía frente a la dieta normal. Con ella uno debe intentar llegar a una dieta saludable, pero hay una serie de condicionantes (culturales, sociales, incluso de procedencia) que hacen mucho más difícil alcanzarla, y, mucho menos llegar a una dieta óptima. Los alimentos funcionales nos ayudan a suplir carencias de la dieta moderna.

De alguna manera, estos alimentos se venden como si fueran medicamentos.

Ése es un segundo grupo: personas con un factor de riesgo, ya sea por causas genéticas, por falta de cuidados o simplemente por su edad. Imaginemos alguien que tiene el colesterol o los triglicéridos muy altos. Ahí hasta el médico de familia indica que es conveniente tomar leche desnatada o enriquecida con omega-3, que ayuda a reducir las grasas. Otro ejemplo podría ser una señora delgadita, que come poco y se hace mayor. A ella le pueden recomendar una leche enriquecida con calcio. Se trata de dar un apoyo nutricional que, sin recurrir a los fármacos, disminuya los factores de riesgo de tener osteoporosis, dislipemias o diabetes.

¿Son ésas las indicaciones más frecuentes?

Sí, las más frecuentes son la prevención de riesgo cardiovascular y la osteoporosis, pero también hay otras, como trastornos alérgicos o inmunitarios. Ahí entrarían en acción los yogures con microorganismos vivos.

Todo esto suena muy bien, pero parece un reclamo para vender más.

No, estamos hablando siempre de alimentos con componentes cuya eficacia haya sido demostrada científicamente en humanos, siguiendo un protocolo parecido al de los medicamentos.

Entonces, ¿no sería más fácil tomarse unas cápsulas de lo que fuera?

«Las indicaciones más frecuentes son la prevención de riesgo cardiovascular, osteoporosis, diabetes y trastornos alérgicos e inmunitarios»

Hay que tener en cuenta que estamos hablando de dosis nutricionales, no médicas. La FDA estadounidense (la agencia del medicamento y la alimentación) no recomienda el uso de cápsulas de omega-3, pero sí autoriza las leches enriquecidas. Quiero dejar muy claro que yo, como médico, no soy un defensor a ultranza de estos alimentos; tengo una visión equilibrada. Pero sí los recomiendo cuando aportan sustancias que no están presentes o lo están en cantidades demasiado bajas en la ingesta habitual.

¿Cuál es el futuro de estos alimentos? ¿Entrarían los transgénicos que incorporan vacunas en la categoría de alimentos funcionales, por ejemplo?

Sí, será una nueva categoría. Serán lo que yo llamo «nutracéuticos» o «alicamentos», de nutriente o alimento y medicamento. Los que hay hasta ahora ya tienen las propiedades necesarias, y lo que hacemos es reforzarlas con algunos alimentos. En estos nuevos productos no primará el aspecto nutricional, sino el asistencial o preventivo. Efectivamente, ya hay algunos ensayos, sobre todo de meter vacunas en patatas, leche o plátanos. Esto puede ser muy útil en zonas como África, donde con un alimento se puede conseguir un efecto sanitario.

Y mientras tanto, ¿qué es lo más moderno?

Por ejemplo, las margarinas enriquecidas con fitosterol. Se trata de una especie de colesterol vegetal. Con él se consigue que su consumo continuado tenga un efecto reductor del colesterol, mientras que en las margarinas normales el efecto es el contrario. También están las leches con omega-3. Lo que se hace es que se eliminan las grasas de la leche, que son poli y monoinsaturadas y se las sustituye por ácido oleico y omega-3, que viene del pescado. Así se consigue una leche con el mismo valor nutricional (tiene el mismo contenido en calorías), que tienen propiedades estructurales (la grasa se puede usar en las membranas celulares) pero que disminuye el riesgo cardiovascular porque la fracción grasa de la leche es menos heterogénea y tiene menos riesgo asociado.

Parece que estamos condenados a consumir este tipo de productos.

En esto hay que ser muy claro. Hay que insistir en la educación del consumidor, y subrayar que la gran oferta de este tipo de alimentos puede relajar las exigencias nutricionales, y decir «como no me gusta el pescado, no lo compro y tomo omega-3». Y esto es un gran error, porque los alimentos en su estado natural contienen el 100% de lo que necesitamos. Quedarán siglos para poderlos sustituir por alimentos preparados de alguna manera, si es que se llega, igual que las leches maternizadas han tardado 50 años en sustituir a la lactancia, y aún así los médicos siguen recomendando la leche materna. Lo importante es que cada uno tenga un proyecto nutricional y planifique lo que va a comer igual que se organizan las vacaciones o se hace un proyecto de vida laboral; tener un poco de sensibilidad, estar informado y si algo nos falta, acudir a este tipo de alimentos funcionales para cubrir lo que la dieta no nos dé. Ésa es la manera racional de usar este tipo de alimentos.

ALIMENTOS CON PROSPECTO

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Uno de los problemas que tienen en España y en el resto de la UE los alimentos funcionales es su publicidad. Los anuncios de medicamentos están estrictamente regulados, por lo que no se puede decir que un alimento cura si no se ha sometido a los mismos controles, que incluyen que sólo se puedan vender en farmacias. «Los publicitarios no lo pueden decir». Por eso se sugiere, se dice que «es posible que», que «puede ayudar». Hay que hacer la publicidad «en potencial», explica Javier Aranceta.

La solución a este inconveniente podría extraerse del modelo japonés, afirma. Ahí existe desde los años ochenta una reglamentación de los alimentos FOSU que acepta hasta diez alegaciones sanitarias. «En Japón sí se puede decir que un producto baja el colesterol o los triglicéridos o combate la osteoporosis», explica. En este país es legal hacer un anuncio que diga que una leche determinada, en el contexto de una dieta saludable, ayuda a bajar el colesterol. Sería el equivalente a las indicaciones que figuran en los prospectos de los medicamentos.

En Europa existe un proyecto para regular estas alegaciones, pero no se espera una decisión hasta dentro de dos años, por lo menos. «El condicionante es que debe haber evidencia en humanos y dejar claro sin lugar a dudas de que el efecto es claro y gradual, pero eso ya se ha probado en algunos casos», añade Aranceta.

Mientras tanto, la tentación está ahí. Las empresas saben que las propiedades sanitarias son un valor de mercado, «y todas intentan pasarse un poquito». Por ejemplo, puede haber una que diga que un medicamento «hace algo» en lugar de sugerir que «puede hacerlo». Pero el control viene de la misma industria. Hay varios estamentos (la Agencia de Control de la Publicidad, las propias direcciones de las televisiones y las asociaciones de consumidores) que los controlan. Y sobre todo están las otras empresas. «Unos se vigilan a otros, y la competencia te pone en tu sitio», asegura el médico.

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