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Marià Alemany, catedrático de Nutrición y Bromatología de la Universidad de Barcelona

«Investigar en serio contra la obesidad puede ser políticamente incorrecto»

Atajar la obesidad, cosa que significa entrar a fondo no sólo en sus efectos sino en sus causas primigenias, se está desvelando como algo mucho más complejo de lo previsto. Aunque no sobran los especialistas que insisten en la importancia de las dietas, empiezan a surgir voces que tratan de ir más allá. Para Marià Alemany, catedrático de nutrición, es necesario valorar la genética y el ambiente, además de la composición de los alimentos. Y también, los «intereses de la industria», protagonista destacado, a juicio del experto, de la actual epidemia de obesidad en el mundo occidental.

Alemany pasa por ser algo así como el enfant terrible de la bioquímica y la biología molecular. Pero no sólo de esta rama de conocimiento. En nutrición y bromatología, donde es reconocido como un experto de prestigio, se ha granjeado más de una antipatía por sus opiniones contrarias al papel que juegan determinadas empresas alimentarias y por el trato, a su juicio erróneo, que suele darse a la obesidad por «falta de conocimiento o por intereses creados» Tampoco se anda con chiquitas a la hora de valorar la situación de las universidades españolas, y de la suya en particular, la Universidad de Barcelona, ni con respecto a la ciencia que se desarrolla en España. Pese a su controvertido sentido crítico, tan alabado por unos como denostado por otros, Alemany ha impulsado varias iniciativas que se han erigido en referencia. En la actualidad dirige el grupo Nitrógeno-Obesidad (NO), que sirve de plataforma a distintas líneas de investigación.

¿Es la suya una plataforma con escaso cimiento?

En efecto. La investigación nutricional no sólo no es una prioridad, sino que apenas aparece reflejada en los presupuestos generales del Estado destinados a I+D en España.

Eso explicaría por qué escribió en 1999 un libro titulado «Investigar en España es llorar».

Llevo 10 trienios en la Universidad y sé de que hablo: todo el dinero destinado a investigaciones nutricionales va a proyectos relacionados con la investigación agraria [1,3% de los fondos del Ministerio de Ciencia y Tecnología para 2004], oceanográfica y pesquera [0,9%] o sanitaria [el Ministerio de Sanidad y Consumo le dedica hasta un 4,9% de su partida presupuestaria]. Soy consciente de que no interesa que se realicen ciertas investigaciones relacionadas con la alimentación o la nutrición porque hay determinados grupos económicos y empresas, sobre todo multinacionales, que actúan como un lobby y llegan a presionar para que semejantes investigaciones nunca se lleven a cabo.

¿Hablamos de las empresas de comida rápida?

«En lo que a obesidad se refiere, un vaso de leche puede resultar más perjudicial que una hamburguesa»
No exactamente. En lo que a obesidad se refiere, un vaso de leche puede resultar más perjudicial que una hamburguesa.

¡Qué está usted diciendo! Pero si hoy día las leches son las que más propaganda arrojan contra la obesidad. Leches y yogures con fibra, ácidos omega-3, descremados, con bifidus activos,…

La estrategia es la siguiente: la sociedad debe sentirse obesa, se extreman los cánones de belleza para que prácticamente todo el mundo quede al descubierto con unos quilos de más. Hay una demanda arrolladora e irracional de productos que ayuden a conservar la línea, pero los fabricantes no son tontos y saben que si la línea se conserva su mercado se deshace, con lo que siguen engordando para que se sigan consumiendo productos de no engordar.

¡La leche!

La leche tiene una función clave en las primeras etapas de desarrollo. Hablamos de un alimento muy rico en hormonas que estimulan un crecimiento rápido y consistente. Los depredadores, sin embargo, jamás consumen la leche de sus presas, y los habitantes del paleolítico sólo conocían la leche en los meses inmediatos al nacimiento, como todos los mamíferos. En cambio, se hartaban de carne. Fíjese que en la lucha contra la obesidad se hace mucho más hincapié en la moderación de las grasas de origen animal y nadie se atreve a hablar mal de la leche; incluso se dice que es un alimento necesario en la etapa adulta, cuando no lo es.

Los massai de Kenya siguen una dieta muy centrada en la leche de vaca y no son precisamente obesos.

La obesidad no depende sólo de lo que comemos o bebemos. Genética y ambiente desempeñan también un papel fundamental.

Con lo fácil que resulta engordar y lo difícil que se antoja explicar por qué.

Si le digo la verdad, no tenemos ni idea. La dieta debiera ser importante, pero no sabemos cuán importante es. El equilibrio energético normal relaciona lo que comemos con el uso que hacemos de la energía absorbida. El organismo, de hecho, dispone de mecanismos de termogénesis por los que compensa o repara excesos y defectos de energía. Antes la gente comía mucho menos y en invierno abundaban los sabañones. Hoy comer poco no es el problema, y aparece la obesidad.

Puede que la naturaleza no sea tan sabia como la pintan.

«Al organismo no le interesa la obesidad, pero nuestra cultura responde a una situación poco natural, no hemos sido diseñados para alimentarnos de grasas animales»

Al organismo no le interesa la obesidad, pero nuestra cultura está haciendo frente a una situación bien poco natural. Ocurre como con los ahorros que uno tiene en el banco: puedes gastar dos mil euros en un día y ganarlos en un mes, o viceversa. Con la grasa pasa algo parecido. No hemos sido diseñados para alimentarnos a base de grasas animales. En la naturaleza, las piezas que en el paleolítico superior podíamos cobrar no tenían demasiadas reservas grasas. Fue más tarde, con la ganadería, que aprendimos a cuidar reses que engordaban y nos proporcionaban mucha más grasa que los animales salvajes. Como no estamos acostumbrados a la grasa, el organismo no sabe saciarse bien , como se sacia con los azúcares.

Algunas grasas son exquisitas.

La grasa nos resulta apetecible, pero con un 10% pasaríamos y, en cambio, las recomendaciones dietéticas elevan el listón a un 25%. Excederse es fácil y barato, pero deletéreo: los excesos de grasa se pagan con la aparición de una resistencia a la insulina, obesidad, diabetes, síndrome metabólico y riesgo cardiovascular.

No me negará que si comiéramos mejor no engordaríamos.

No es tan sencillo. La obesidad es un problema muy grave en un país como EEUU. Se buscan culpables. Se empezó con las patatas fritas; la gente no comía patatas fritas y seguía engordando. Luego el pan; la gente no comía pan y seguía engordando. Siguieron las grasas saturadas y los azúcares, y se da la paradoja de que los estadounidenses cada vez consumen menos calorías y, en cambio, las tasas de obesidad no disminuyen. ¿Por qué? No lo sabemos. Pero todo parece apuntar a que se está investigando en la dirección equivocada. La Administración exige soluciones a los farmacólogos, pero los remedios farmacológicos para la obesidad [sólo hay dos agentes comercializados en el mercado español] no dan el resultado que cabría esperar.

¿Qué me dice de la leptina?

Que tampoco es la solución. Se ha puesto de moda, se han publicado miles de trabajos sobre su eficacia adelgazante; pero no se trata nada más que de una hormona que interviene en la pubertad, y los adolescentes siguen engordando. Cuando decía que se investiga en la dirección equivocada me refería al vicio de añadir cosas en vez de quitar. Si se fija, todos los alimentos que contribuyen a la obesidad no se eliminan sino que se sustituyen por variantes «light», con lo cual se garantiza un consumo continuado. ¿Quién se atreverá a decir basta?

Usted mismo.

«En la red hospitalaria española apenas hay media docena de unidades de obesidad mientras que la población de enfermos obesos supera el millón»
¡Y así me va! No paran de machacarme, no me dejan dar clases, pese a que soy catedrático, me han parado investigaciones en marcha, me han sustituido o incluso boicoteado en cursos o conferencias; soy un ejemplo de investigador políticamente incorrecto. Créame usted, hay intereses creados en torno a la obesidad y sus presuntos remedios. ¿Cuántas unidades de obesidad hay en la red hospitalaria española? No superan la docena, mientras que la población de enfermos obesos supera el millón. Los endocrinólogos despachan a sus pacientes con un «haga régimen y ejercicio y luego venga a verme», pero no gestionan su estrés ni los efectos biológicos de dicho estrés sobre la obesidad. Los cirujanos optan por sacar estómago, que puede ser una salvajada pero, por lo menos, resulta eficaz.

Hasta que aparecen muertes accidentales en las portadas de los periódicos.

Y nadie sabe nada de los que quedan con problemas o deben ser intervenidos de nuevo. Todo un calvario.

¿Algún motivo para el optimismo?

Deberíamos prestar más atención, insisto, al estrés. A mi no me falta, y por eso soy obeso. Desde una perspectiva biológica, el estrés es el principal responsable de que nuestro organismo segregue más glucocorticoides de los normales.

Poco a poco, la dieta mediterránea va imponiendo también su patrón.

¡Pamplinas! Los apóstoles de la dieta mediterránea sólo nos dicen lo que hay que comer, y nadie habla con claridad de lo que no hay que comer o comer mucho menos. Con los cereales nos estamos pasando, y con los derivados lácteos es una barbaridad. Mucha gente insiste en que no bebe apenas leche, pero sus neveras cobijan toda suerte de yogures, quesos o mantequillas. Cuando ingresamos en el entonces Mercado Común, nuestras cuotas de consumo de lácteos eran bajísimas, y la obesidad no era aún un problema en España. Alguien ha impuesto la moda de beber leche o yogures, natillas, helados. ¿El resultado? Más obesidad.

Si tuviera suficiente dinero para investigar, ¿por dónde empezaría?

Por estudiar con detalle los episodios de inflamación local, de los que dependen, en realidad, todas las llamadas «enfermedades civilizadas». Estudiaría la secreción de citocinas como respuesta a estas inflamaciones, el patrón común que constituye el eje hipófisis-hipotálamo-adrenales, y avanzaría hacia fármacos con capacidad antiglucocorticoide.

LOS «INTERESES CREADOS» DE LA OBESIDAD

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La obesidad afecta a un 13,4% de la población española con edades comprendidas entre los 25 y 60 años. Sin embargo, se calcula que cerca de la mitad de los españoles presenta sobrepeso y que un 1% de los casos ostenta la cualidad de obesidad mórbida. «Nadie pondrá nunca en cuestión que la obesidad tiene consecuencias muy graves para la salud, pero ocurre que no siempre interesa que se conozcan», subraya Marià Alemany.

No cabe duda que, de acabar con la obesidad o el síndrome metabólico, «la humanidad saldría ganando», agrega el especialista, pero perderían, y mucho, determinadas industrias de fármacos, cosméticos o alimentos de régimen. Acabar con la obesidad, por otra parte, supondría perjudicar a sectores alimentarios como el de la «producción de leche y derivados». Para Alemany, no es fruto de la casualidad que la curva de aumento de la obesidad en España progrese en paralelo a la de un aumento productivo de la industria lechera nacional. «En estas circunstancias, me consta que investigar en serio contra la obesidad puede convertirse fácilmente en algo políticamente incorrecto», insinúa.

El investigador asegura que sólo ha recibido el 10% de los fondos que ha solicitado durante toda su carrera profesional para investigar temas relativos a nutrición y salud. La inversión en investigación y desarrollo que España dedica a fines militares acapara el 33% del total (en los países de la UE suele rondar el 14%). «Somos capaces de mantener una expedición a la Antártida y cerrar los ojos a temas de salud graves planteados en nuestra población», denuncia.

Según Alemany, los gastos que provoca la obesidad en EEUU alcanzan los 90.000 millones de dólares. «En España nos gastamos una cantidad 30 veces inferior». Ese diferencial, por otra parte «corriente» en la universidad y la ciencia españolas, afecta también las posibilidades de poner en marcha investigaciones sobre nuevas moléculas que interfieran en los procesos que rigen la obesidad y comprometen iniciativas empresariales independientes surgidas de las universidades. Alemany ha sufrido este tipo de dificultades en sus propias carnes. Tras descubrir su equipo una molécula con resultados esperanzadores en ensayos in vitro en la lucha contra la obesidad, se ha visto en la obligación de licenciar la patente por falta de suficientes apoyos. El secretismo profesional sólo le permite decir que, por el momento, las investigaciones, al estilo de la leptina, «avanzan en buena dirección».


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