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El mercado de las telecomunicaciones se mueve. Varias compañías ofrecen ADSL y llamadas nacionales gratuitas a buen precio. Pero muchos usuarios que han querido contratar el servicio se han encontrado con una negativa porque "su bucle no está desagregado". ¿Qué quiere decir esto?
Las redes de teléfono fueron desarrolladas por monopolios estatales, como Telefónica de España, France Telecom o Deutsche Telecom. Los gobiernos regulaban el servicio, y la empresa era la propietaria de la red.
Durante los años 80 y 90 estas empresas pasaron a manos privadas. Los estados decidieron vender sus participaciones y liberalizar el mercado, es decir, dejar que otros operadores de telefonía entraran a prestar sus servicios.
Se planteaba entonces una situación difícil: una compañía privada tenía el control de las telecomunicaciones del país y era propietaria de todas las instalaciones. Para ofrecer sus servicios, las compañías entrantes tendrían que desplegar su propia red, es decir, tender cables hasta cada uno de los millones de hogares del país.
Misión imposible. Cualquier compañía grande puede desplegar una red de centrales con facilidad, pero desde cada central parten miles de líneas para dar servicio a los habitantes de esa zona. Este último tramo del cable, que llega hasta los hogares, se llama el bucle local, bucle de abonado o la última milla. Esta es la parte más cara de una red.
A través del bucle de abonado pueden llegar no sólo las llamadas telefónicas de voz, sino los servicios de banda ancha ADSL, y en unos pocos años, televisión digital a la carta.
Para favorecer la competencia, los gobiernos forzaron a los operadores dominantes a alquilar el acceso al bucle de abonado (desagregarlo) a un precio razonable, para que los nuevos operadores pudieran ofrecer servicios. Es decir, debían ayudar a que la competencia les arrebatara parte de su mercado y sus ingresos.
Como era de esperar, los operadores dominantes no estaban por la labor. En muchos países han intentado retrasar la entrada de la competencia todo lo posible. En otros casos, la regulación tampoco ayuda.
La situación en España es un buen ejemplo. Desde el reglamento europeo de 2000 en el que se instaba a las compañías a desagregar hasta el pasado febrero, el número de bucles desagregados es de 145.125, de cerca de 18 millones de líneas en total. Menos del 0,01%.
El esfuerzo para instalar sus propios equipos y desagregar bucles desanima a las otras operadoras, que prefieren revender el servicio de Telefónica. Por ejemplo, en el caso de ADSL la CMT impone un precio de mayorista a telefónica de 24 euros al mes. Esto permite a operadores que no tienen equipos propios ofrecer ADSL, pero el margen es para todos el mismo, y el precio que paga el usuario también. La única forma de competir es desagregar el bucle.
El cable de teléfono que llega a casa del abonado parte de una central a unos pocos kilómetros. Para desagregar un bucle las nuevas operadoras tienen que instalar en la central sus propios equipos, desconectar el cable del equipo de telefónica y conectarlo en el suyo. A cambio, pagan a Telefónica una cuota por el acceso al bucle local. Haciendo cuentas, a algunas compañías les resulta más rentable alquilar el servicio completo.
Las compañías que disponen de bucles desagregados pueden ofrecer ADSL más barato que las demás, porque sólo están pagando por el cable de cobre. Pero por el momento sólo alcanzan a cubrir ciertas zonas en las grandes ciudades, por lo que no todos los usuarios pueden contratar las nuevas ofertas.
Desagregar el bucle no quiere decir que se pueda cambiar de operador. La factura del abono de línea seguirá siendo de Telefónica, aunque las llamadas y el servicio ADSL las cobrará el otro operador. En cambio, las compañías de cable, como Ono o Auna disponen de redes propias, y facturan todos los servicios.
En los próximos años la situación debe cambiar hacia una mayor apertura, pero hay un mercado muy apetecible en juego, y los intereses de las empresas impiden que las mejoras lleguen antes.
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