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Bebidas alcohólicas: las etiquetas con menos información al consumidor

El alcohol es el único producto que se puede ingerir y que no está obligado a mostrar su composición en su etiqueta. La ley permite que no consten sus valores nutricionales

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: miércoles 15 diciembre de 2021

La legislación exige a los fabricantes de alimentos o bebidas envasados a desglosar todos sus ingredientes, así como su valor nutricional (calorías, hidratos de carbono, proteínas y demás macro y micronutrientes). Las bebidas alcohólicas son la única excepción a la regla y así lo contempla la normativa vigente. Dados sus efectos nocivos para la salud y la enorme difusión de su consumo, cabe preguntarse a qué responde este trato excepcional y si no se está privando al consumidor de su derecho a conocer una información que afecta de forma directa a su salud.

Alcohol: un elevado consumo con graves consecuencias

Los adultos europeos beben unos 9,8 litros de alcohol al año, según un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de la pasada primavera. España, con 10 litros, se sitúa ligeramente por encima de la media en consumo de alcohol. Ese mismo sondeo advierte que este tipo de bebidas es causante de una de cada diez muertes en la región (un millón al año). En concreto, el alcohol es el responsable del 29 % de las muertes por cáncer, del 20 % de las cirrosis hepáticas y el 19 % de las enfermedades cardiovasculares. Su consumo, además, está en el origen de muchos accidentes de tráfico, laborales o peleas de toda índole.

El estudio pone especial énfasis en dos datos muy preocupantes: la elevada mortalidad de los jóvenes debido al alcohol (15,6 % entre los 15 y 19 años) y la reducción de la esperanza de vida en un 23 % debido al consumo de estas bebidas. “El alcohol no es una mercancía ordinaria y no debe ser tratado como tal. Para mejorar la salud de todos los europeos necesitamos un compromiso renovado para reducir el consumo y el daño atribuible a este”, señaló durante la presentación del informe la directora de la División de Programas de Salud de la OMS, Nino Berdzuli. Esta petición de los responsables sanitarios choca con una regulación laxa y un etiquetado poco informativo sobre sus ingredientes y sobre sus riesgos potenciales.

Riesgos que se ocultan

Una cajetilla de tabaco debe advertir de forma muy visible acerca de los riesgos de fumar, con mensajes tan crudos como “fumar mata”. El etiquetado de las bebidas alcohólicas, sea cual sea su graduación, no advierte de sus riesgos, más allá de que no deben beberlas mujeres embarazadas.

Tampoco se aplican las mismas normas respecto al etiquetado que obligan a todos los alimentos procesados a desglosar su información nutricional. Expresamente, el artículo 16 del Reglamento de la UE 1169/2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor exime de hacerlo a todas las bebidas con un contenido en alcohol superior al 1,2 %.

Para la tecnóloga de los alimentos, Beatriz Robles, esto deja en una situación de vulnerabilidad informativa al consumidor. “En nuestro país, un 13 % de la población consume alcohol a diario y muchas personas no son conscientes de que estas bebidas aportan kilocalorías por el alcohol (7 kcal por gramo) y por el resto de sus componentes”, explica. Tampoco se perciben sus riesgos en toda su magnitud.

¿Qué tiene que ir en la etiqueta de una bebida alcohólica?

La ley solo obliga a informar sobre su grado alcohólico volumétrico. No hace falta escribir la palabra alcohol completa, ni mucho menos avisar sobre los potenciales riesgos de esta sustancia.

De forma voluntaria, el fabricante puede declarar la información nutricional completa o solo el valor energético (las conocidas como calorías vacías, ya que no hay más aporte nutricional). Pero es una estrategia engañosa: en términos estrictamente de calorías un copazo no es una bomba (31 ml de un destilado ‘solo’ aportan unas 69 calorías), aunque su densidad nutricional es nula.

Aprovechando que buena parte de la población solo cuenta calorías y no nutrientes, los distribuidores facilitan diversas calculadoras online con las equivalencias calóricas entre una copa, una hamburguesa y las calorías que se queman al correr. La conclusión es disparatada: cinco chupitos de whisky equivalen a una cheeseburger o a 30 minutos corriendo. Omiten algo tan importante como que el deporte aeróbico, además de quemar calorías, tiene efectos beneficiosos para el corazón (lo fortalece y contribuye a reducir la frecuencia cardiaca en reposo, uno de los principales indicadores de salud) y metabólicos (mejora el metabolismo de la glucosa y los lípidos, un factor protector frente a enfermedades como la obesidad y la diabetes). La copa son calorías vacías, es decir, no aportan más nutrientes.

El reglamento permite que cada país pueda desarrollar normas nacionales que obliguen a declarar la lista de ingredientes en estas bebidas. Algunos países como Alemania, Austria, Croacia, Hungría o Rumanía lo han hecho. En España, algunos fabricantes y distribuidores españoles ya desglosan la información nutricional en sus webs, si bien localizarlo a veces requiere un viaje tedioso por toda la página y varios clics. “La industria del alcohol es un motor económico muy importante en nuestro país. Además, forma parte del patrimonio cultural. Evidentemente, un etiquetado más claro o con una advertencia sobre los riesgos de consumo no les favorece”, sentencia Robles.

Cambios en el etiquetado que se esperan y no llegan

La Comisión Europea plantea un nuevo etiquetado para 2023. Entre las propuestas, incorporar la lista completa de ingredientes y su valor nutricional, así como advertencias sobre su relación con el cáncer y los riesgos de un consumo excesivo. Este punto ha generado un crudo debate en el seno de la Comisión, cuyo vicepresidente Margaritis Schinás ha llegado a afirmar que “la Comisión no va a prohibir el vino ni lo va a etiquetar como producto tóxico. El abuso de alcohol lo define la ciencia, no Bruselas”.

Pese a la buena voluntad de parte de los responsables europeos, la nueva ley no lo va a tener fácil. A diferencia del tabaco, cuya producción se centra fuera de Europa, el sector cervecero, el enológico y todos los fabricantes de bebidas alcohólicas de alta graduación tiene un indudable peso en la economía europea. A lo que se suma su incidencia en la hostelería. Para Francisco Ojuelos, experto en derecho y consumo, “puede intuirse una presión fortísima de estos sectores que se resumen en los cuatro proyectos de leyes frustradas con anterioridad”. En caso de atascarse, la solución puede ser aumentar aún más los impuestos para reducir su consumo, basándose solo en medidas económicas y no de salud.

Preocupa el azúcar, pero no el alcohol

Cuatro de cada cinco consumidores querrían que las etiquetas de las bebidas alcohólicas informaran de la lista de ingredientes y los valores nutricionales. Y así lo entiende la OMS en su ‘Plan de Acción europeo para reducir el uso dañino del alcohol 2012-2020’*, en el que señala que “el etiquetado de las bebidas alcohólicas debería asegurar que los consumidores tienen acceso a información completa sobre el contenido y la composición del producto”.

Resulta paradójico que el debate de estos últimos años respecto a los azúcares libres y sus efectos sobre la salud no tenga un equivalente en el ámbito de las bebidas alcohólicas. Y no es precisamente porque se beba poco. En España se consumen unos 51 litros de bebidas azucaradas por persona frente a los más de 55 litros de bebidas alcohólicas.

“No se abre el debate porque no queremos saberlo. Los consumidores queremos seguir pensando que ‘una copita de vino al día’ es saludable o que la cerveza ‘tiene muchos micronutrientes’, mientras disfrutamos estas bebidas en nuestra vida diaria y en nuestro ocio. Estos mensajes se refuerzan además con la publicación periódica de estudios científicos con evidentes conflictos de interés que se publicitan en todos los medios de comunicación perpetuando estos mitos tan dañinos para la salud pública”, recalca la tecnóloga de los alimentos Beatriz Robles. “Vivimos en un país con una altísima tolerancia social al consumo de este tóxico, hasta el punto de que a los abstemios se les pide que justifiquen por qué no beben. Todo esto sumado al poder económico de la industria de las bebidas alcohólicas crea un contexto donde es difícil abrir el debate”, añade.

El vino y la cerveza no son mejores

etiqueta vino informacion nutricional
Imagen: Holger Detje

Que se consuman con frecuencia en las comidas o cenas no significa que el vino o la cerveza sean alimentos en sentido estricto. Su valor nutricional es escaso, pese a que la industria se empeñe en desglosar los beneficios de los taninos y la cebada.

  • El etiquetado de la cerveza, que se rige por el Real Decreto 678/2016, solo obliga al fabricante a informar qué tipo de cerveza es (normal, de cereales, extra, especial, sin alcohol, de bajo contenido en alcohol o negra), la lista de ingredientes, los alérgenos, el grado alcohólico volumétrico (Alc. % vol), la cantidad neta, la fecha de consumo preferente, la identificación de la empresa productora o distribuidora y el número de lote. El resto de información es voluntaria.
  • En cuanto al vino, su etiquetado se rige por el Real Decreto 1363/2011. Debe incluir la categoría del producto vitícola, el grado alcohólico, la procedencia, el embotellador e importador (si lo hay), si es Denominación de Origen Protegida o Indicación Geográfica Protegida, el volumen nominal y alérgenos. En los vinos espumosos debe señalarse también el contenido de azúcar. No hay obligación de informar sobre su aporte nutricional.

Ambas regulaciones satisfacen los intereses comerciales del fabricante, pero no los requerimientos del consumidor. No sabe ni qué aporta a su dieta diaria ni si tiene efectos potencialmente nocivos. En opinión de Beatriz Robles deberían incluir, además, “un etiquetado de advertencia, como el que se utiliza en otras sustancias tóxicas, como el tabaco”.

Alcohol: controvertidos efectos en la salud

Pese a que el consumo de alcohol está en el origen de unas 200 enfermedades, la comunidad sanitaria se muestra dividida frente al consumo del alcohol. El dietista-nutricionista Julio Basulto es partidario de la tolerancia cero. “De entrada, porque la dependencia empieza siempre con un consumo bajo o moderado. Nadie está libre de caer en el alcoholismo. Puede ser por una mala racha vital o porque tengas una predisposición genética que incrementa tus posibilidades de padecerlo”, señala este experto.

El ciudadano percibe que los destilados —como el whisky, la ginebra y el ron— sí tienen efectos tóxicos en su organismo, pero el 90 % no es consciente de que el vino incrementa el riesgo de cáncer porque “les han vendido los beneficios del resveratrol, no refrendados en humanos. Tanto es así que la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria prohíbe afirmar que el resveratrol es bueno para la salud”, explica.

Según Basulto, el consumidor se lo pensaría dos veces antes de beber si, como sucede con el tabaco, la etiqueta advirtiera de sus efectos en menores, embarazadas, enfermos, personas tomando algún tipo de medicamentos o que vaya a conducir. “Y en cuanto al riesgo de cáncer, mensajes muy claros: uno de cada cinco cánceres de mama se relaciona con el consumo de alcohol, tres bebidas al día aumentan un 20 % el riesgo de cáncer intestinal y más de dos al día duplican la incidencia de cáncer de boca y garganta”, advierte.

En la misma línea se mueve Marina Bosque, miembro de la Red de Trastornos Adictivos (RETICS) y del Grupo de Trabajo sobre Alcohol de la Sociedad Española de Epidemiología. “El consumo de cualquier cantidad de alcohol puede suponer un riesgo para la salud, especialmente entre las personas adolescentes y jóvenes, ya que al encontrarse todavía en periodo de desarrollo neurocognitivo son más vulnerables a sus efectos adversos”, explica. Según datos del Ministerio de Sanidad, en España el consumo de alcohol entre los jóvenes suele iniciarse a los 13 años y el número de chicas que se emborracha es superior al de los chicos, si bien ellos beben más cantidad. Un dato alarmante es que la mitad de los adolescentes españoles no cree que tomar cuatro o cinco copas durante los fines de semana pueda ocasionar problemas de salud.

Desde la Fundación Española del Corazón se mantiene una postura ambigua frente al vino. Mientras se apunta que “el consumo mantenido y excesivo puede dañar el corazón porque el alcohol es un tóxico para el músculo cardiaco, que lo debilita y puede llegar a ocasionar insuficiencia cardiaca”, da por buena una copa de vino en la cena.

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(*) Puedes consultar aquí el ‘Plan de Acción europeo para reducir el uso dañino del alcohol 2012-2020‘.

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