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“La violencia no nace por generación espontánea”

Javier Urra, doctor en Psicología y Ciencias de la Salud

Imagen: Getty Images

El psicólogo Javier Urra (Estella, 1957) es una de las voces más autorizadas de España para hablar sobre menores y todo lo que les rodea. Doctor en Psicología y Ciencias de la Salud, su currículo es inabarcable. Autor de decenas de libros, durante cinco años fue Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, aunque hace décadas que trata con niños y adolescentes, algunos de ellos muy conflictivos. En esta entrevista hablamos con él sobre la violencia juvenil, un fenómeno para el que considera que la “clave pasa por la prevención. La educación es primordial”. Por eso  incide en el papel de los padres y madres: “No podemos ser analfabetos tecnológicos. Tenemos que conocer qué sistemas existen para proteger a nuestros hijos”.

Los crímenes de Samuel Luiz en A Coruña y de Isaac López en Madrid, la paliza a Alexandru Andrei en Amorebieta… ¿Qué está pasando?

Tiene algo de sintomático, no son hechos puntuales. Son agresiones que se cometen por grupos violentos en los que hay chavales conflictivos, algunos con antecedentes, y cualquier excusa les sirve para explotar su violencia. Además, suelen grabar la agresión y después la cuelgan en redes. Esto banaliza una violencia que suele ser extrema, sin límites. De alguna manera me recuerda a la película ‘La naranja mecánica’, en la que el más psicópata golpea y, a continuación, el resto del grupo actúa, de forma que la responsabilidad queda así diluida. Todo esto es preocupante, pero en nada identifica a la juventud. No hay que olvidar que los jóvenes también son las víctimas.

¿A qué se deben esos ensañamientos?

Mi hipótesis es que venimos de una etapa en la historia donde la religión tenía mucho peso y el concepto del pecado jugaba un papel destacado. Una sociedad, más o menos religiosa, en la que la caridad y la compasión eran valores importantes. Algunos de esos aspectos hoy se han diluido. Por lo general, la sociedad confía en la ética, en la moral, en la empatía. Pero da la impresión de que existen familias que no educan a sus hijos en la compasión, en la responsabilidad individual, en el autodominio. Esta última palabra es importante. La vida se caracteriza por el autodominio y, si a estos jóvenes no se les educa en estas aptitudes, criaremos a seres que se agrupan para confirmar la violencia como una forma de reivindicación y hasta de autoafirmación.

Cuando cuelgan sus agresiones en las redes sociales, ¿son conscientes de que les pueden identificar y detener?

Lo hacen para que todo el mundo les aplauda. Y algunos cometen esos delitos precisamente porque los pueden grabar. Banalizan la violencia de tal manera que piensan que no les va a pasar absolutamente nada. Si son menores de edad pueden creer que la respuesta penal es escasa, y para nada es así. Un juez les puede privar de libertad durante muchos años. Es importante que la sociedad sepa que, ante hechos de este tipo, la ley prevé sanciones muy duras. La clave pasa por la prevención, y ahí la educación es primordial.

¿Las posibles secuelas emocionales provocadas por la pandemia tienen algo que ver?

No, en absoluto. Quienes atacan son jóvenes que ya están mal y que sufren algún tipo de patología. Estos agrupamientos violentos nacen porque la violencia les gusta. Pero hay que plantearse preguntas que van más allá. ¿Se avergüenzan? ¿Tienen sentimiento de culpabilidad? ¿Los padres de los agresores piden perdón a los de las víctimas? ¿Cuál es la reacción de sus familias una vez se ha cometido el hecho? Esto es interesante conocerlo para saber de qué tipo de gente estamos hablando. Al día siguiente del crimen de Samuel Luiz en A Coruña, los agresores se reunieron para borrar huellas y no ser incriminados, no por un sentimiento de compasión hacia la víctima. Salen a beber, ¿y porque beben y toman drogas cometen estas acciones? ¿O, como yo creo, salen directamente a agredir y, para tener casi una coartada, beben y se drogan? Es todo un poco más complejo de lo que parece.

¿La juventud de hoy es más violenta que la de generaciones anteriores?

Para nada. La juventud comete hoy menos delitos, aunque sí más agresiones sexuales, a veces en grupo. Habría que ver por qué ha ocurrido esto: si las redes sociales transmiten imágenes que son más agresivas, si el consumo de pornografía muy violenta por niños de 11 o 12 años influye en su percepción de qué está mal o qué está bien… En la última década, también se ha disparado la violencia filioparental [de hijos a padres].

Entonces, ¿qué está fallando?

El sistema, en general, funciona. Sí es cierto que, en algunos casos, las redes sociales pueden ser síntoma de algo. Es interesante ver qué mensajes emiten los chicos en sus casas, cómo actúan, qué familias tienen… Los comportamientos violentos no nacen por generación espontánea. Normalmente suele haber fallos en las estructuras educativas en esos hogares.

¿De qué manera afectan las redes sociales en la educación de nuestros hijos?

En lo esencial, se educa igual que antes pero con otros instrumentos. Internet es una autopista de conocimiento y de relación interpersonal interesante, pero tiene sus riesgos. Por ejemplo, es un espacio donde demasiadas veces hay poca reflexión y decimos lo que pensamos sin reparar mucho en lo que hemos dicho. Podemos encontrar webs muy útiles y enriquecedoras y, a la vez, páginas nocivas, peligrosas, con mensajes temibles que en determinadas personalidades pueden llegar a hacer daño. Por eso, cómo trabajar correctamente con estas nuevas herramientas dependerá de muchos factores: de la atención que le pongan los padres, de cómo manejen determinadas situaciones, del interés que le dediquen a los hijos, de si estos tienen relaciones sociales más allá de la pantalla…

¿Cómo debemos actuar para que nuestros hijos no cometan estas conductas violentas?

Los padres no podemos ser analfabetos tecnológicos. Lo primero es estudiar cómo funcionan estas herramientas. Por edad, criterio y experiencia, sabemos cuáles son los límites y los riesgos. Es importante que los padres nos preparemos, leamos y conozcamos qué sistemas existen para proteger a nuestros hijos. Y, por supuesto, debemos formarles. Eso pasa por estar cerca de ellos, conversar, saber de sus amistades, de sus gustos, cómo es su vida.

Este año, España ha aprobado su primera ley integral para proteger a los niños frente a la violencia.  ¿Qué opina de esta norma?

Esta nueva ley es una actualización de la que entró en vigor en 1996. Lo que ocurre es que han pasado los años y era el momento de retocar algunos aspectos. España tiene un sistema legislativo que está bien, como demuestra esta ley. Contamos con una buena red de centros de protección de menores y, en general, las comunidades autónomas disponen de suficientes medios para hacerse cargo de la custodia de los niños, siempre que se den las circunstancias legales.

Dicho esto, hay un tema en el que estamos mal, que es el de los menas [menores extranjeros no acompañados]. Esta es una cuestión muy sensible, porque en ella entran en juego otros factores esenciales para España, como es la convivencia con Marruecos. Los menas son la asignatura suspendida de la protección del menor en España. Y su gestión es complicada, porque a estos chicos no les puedes encerrar en un centro para protegerles, porque en principio no han cometido ningún delito. Si salen a la calle, se prostituyen o roban y no los detienes, generan una gran alarma social. Es un tema que tiene un enorme coste económico y social, porque cuando cumplen la mayoría de edad, muchas veces no tienen trabajo y acaban en la calle. Lo cual es muy malo para ellos y también para el resto de la sociedad.

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