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¿Endurecer la ley del menor es la solución a la violencia juvenil?

Para poder abordar los problemas de violencia entre los menores, el primer paso es contar con la intervención de los padres y las madres

En España, la criminalidad juvenil no es preocupante. Casos como la brutal paliza al joven Alexandru en la localidad vizcaína de Amorebieta no son frecuentes. Pero los menores delinquen. La mayoría de los delitos en justicia juvenil son lesiones (30,6 %), robos (19,2 %) y hurtos (9,2 %), mientras que los homicidios y las agresiones sexuales tan solo resultan un 0,2 y 0,3 %, respectivamente, según datos de 2020 del Instituto Nacional de Estadística. Añadir años a la condena de los chavales no ayudaría a solucionar la violencia juvenil, según los expertos. ¿De verdad la ley del menor es tan dura? Entonces, ¿cómo combatir la violencia juvenil? Tanto la familia como las instituciones tienen un papel clave en la prevención y la manera de atajarla lo antes posible.

Ley del menor: ¿norma dura o demasiado laxa?

Cuando la violencia se convierte en delito entra en escena la ley del menor. Este verano se cumplieron 20 años de una normativa que tiene un componente sancionador, pero sobre todo educativo, y que deja muy claro que “se hará todo lo posible para que el internamiento sea el último recurso”. Esta ley señala que:

  • Los menores de 14 años que cometan un delito en España no tienen ningún tipo de responsabilidad penal.
  • Al cumplir 14, ya son responsables penalmente, pero con la diferencia de que si cometen un delito grave, es decir, que implique penas en el Código Penal para un adulto de más de 15 años –como agresiones sexuales, homicidios o asesinatos–, no pasarán más de cinco años internados, más otros tres años de libertad vigilada.
  • Si cuando el menor comete los hechos tiene entre 16 y 17 años, la pena es algo mayor: un máximo de ocho años de internamiento, más una libertad vigilada con asistencia educativa de hasta cinco años.

Esto para parte de la opinión pública es muy poco. Para los expertos, sin embargo, es bastante. Después de 20 años trabajando con temas de la ley del menor, Laura Pozuelo, profesora de Derecho Penal en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), considera que “esta ley es bastante dura y no se corresponde con nuestro nivel de delincuencia, ni por número de delitos ni por la gravedad. Además, es una ley que se ha ido endureciendo con los años”.

La abogada añade, además, que lo que nos trasmiten los medios de comunicación a la opinión pública y la realidad no coincide. Lo explica así: “Hay que informar, pero cuando se da mucha información sobre determinados casos extremadamente brutales, se distorsiona la imagen que la opinión pública tiene sobre la frecuencia con la que estos delitos ocurren. La delincuencia en España es baja y lleva siendo así décadas. Existen crímenes, asesinatos y homicidios, pero son muy pocos, aunque siempre con una gran repercusión”. El trabajador social José Javier Navarro coincide: “La mayoría de los delitos en justicia juvenil son robos, delitos contra la salud, tráfico de drogas, hurtos y lesiones”.

“Que a un chaval le internen en un centro 15 años, en lugar de ocho, no va a disuadir a otros de cometer un delito. Lo que sí que tendremos son más jóvenes durante más tiempo sin libertad y, en consecuencia, tras acabar la pena tendremos en la calle a más sujetos marginalizados”, dice la penalista. En opinión de estos expertos, no hay que ser más sancionadores, pero sí más contundentes. “La justicia juvenil tiene que ser más rápida. Hoy un menor puede entrar a robar a un súper y hasta dentro de nueve meses no le juzgan. Mientras tanto, hasta que llegue la sanción, entrará otro día a una tienda a robar un pantalón, la semana siguiente irá a por un casco de moto y así, el delito irá creciendo y haciéndose cada vez más grande. La responsabilidad tiene que ser asumida antes, con más medios educativos, jurídicos y menos protocolos burocráticos”, explica Navarro.

Violencia juvenil: reincidencia o reinserción

Es complicado hacer un seguimiento del comportamiento y la adaptación social de estos jóvenes tras salir del internamiento, ya que por ley se elimina cualquier antecedente penal que haya tenido un menor. Pero la tasa de reincidencia es muy alta. Más de un 50 % de ellos delinque de nuevo.

“Castigar, castigar y castigar está demostrado que no sirve de nada. Si no les ponemos educadores o instituciones adaptadas a las necesidades de estos jóvenes, una vez salgan de su encierro volverán a cometer algún delito”, señala el trabajador social. Por su parte, la profesora Laura Pozuelo asegura que la reinserción en España está infrasubvencionada. “Se necesita invertir en ella”, advierte.

¿Qué factores actúan a la hora de volver o no a reincidir? Aunque hay causas que no se pueden cambiar, otras sí, y son las que hay que trabajar. Por ejemplo, haber vivido una infancia con un progenitor en la cárcel es algo que no se puede cambiar, pero consumir drogas, saltarse las clases o tener amigos peligrosos, sí. “Si tienes la suerte de tener un entorno que no delinque ni consume, y esto te lleva a conocer a gente que tampoco lo hace y creas una familia, no tienes por qué ser un caso perdido. No hay ningún caso imposible”, sentencia Navarro.

La intervención de los padres ante un hijo violento

Identificar el problema, es decir, darte cuenta de que tienes a un agresor en casa, no es fácil. El terapeuta Toni Cano, en el transcurso de una intervención que hizo hace años de manera grupal con padres de una escuela donde se intentaba identificar el acoso escolar, lanzó la siguiente pregunta: ¿quién de los presentes cree que su hijo puede ser un joven violento? Nadie levantó la mano. Cuando el psicólogo recordó a su audiencia que los chicos violentos también tenían padre y madre, muchos de ellos sonrieron como asumiendo lo difícil que es solo pensar que puedes tener un hijo así.

Sin duda, la intervención con los padres es totalmente necesaria para poder abordar el problema de manera eficaz. Es el primer paso para poder ayudarles y que dejen de ejercer dicha violencia. “Aquí se mezclan emociones como la tristeza, la frustración, la rabia, la impotencia y, sobre todo, la culpa y la vergüenza. Pero la identificación del problema no tiene por qué ser ‘arrojar la toalla y creer que todo lo has hecho mal’, más bien todo lo contrario. Es el comienzo para poder abordarlo, trabajar y, en la medida de lo posible, cambiarlo y solucionarlo”, cuenta Cano.

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