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“Los niños que han entrado en una fase de desorientación son aquellos cuyas familias están en un bucle de ansiedad”

Vicenç Arnaiz, psicólogo especializado en el ámbito de la educación infantil

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: domingo 10 mayo de 2020

Vicenç Arnaiz Sancho (Mallorca, 1952) es licenciado en psicología y se presenta como un apasionado de la educación. Ha trabajado durando más de 30 años en el Equipo de Atención Temprana de Menorca, donde se ha ocupado de diagnosticar en el ciclo de 0 a 3 años a niños y niñas en dificultades de todo tipo, desde un origen personal a familiar hasta las que son fruto de lo social o la escolarización. Con numerosas publicaciones sobre los comportamientos que muestran los más pequeños, analiza los efectos que ha tenido en ellos el confinamiento y la COVID-19 y cómo afrontan la paulatina vuelta a la normalidad.

Estamos viviendo los primeros pasos de desescalada tras muchos meses de encierro. ¿Cómo afrontan los niños y niñas este cambio tan repentino después de semanas de aislamiento y escaso contacto social?

La pandemia, pese a ser algo global, afecta a cada persona y a cada familia de manera individual. La situación es muy diferente para los que simplemente han afrontado un encierro que para los que han perdido a algún ser querido o se ven en una situación delicada desde el punto de vista económico. Es posible que muchos niños no tengan esta información, pero se contagian del estado emocional que tienen a su alrededor. Y, en este punto, aquellos que se encuentren en una actitud ansiosa, de angustia o desorientación les vendrá muy bien poder salir. Hay niños que incluso, en este momento, necesitan hasta regresar a la escuela. Es posible que de primeras tropiecen con las normas y conductas, pero es algo que ya se conoce. Para ellos, la vuelta a la normalidad es absolutamente necesaria.

Habla de un contagio emocional de padres a niños. ¿Hasta que punto ha sido importante el comportamiento de los adultos para determinar el de los más pequeños?

Fundamental. Los niños que han entrado en esta fase de desorientación y angustia son aquellos cuyas familias están en un bucle de ansiedad y amenaza. Es cierto que muchas veces no depende totalmente de la actitud de los padres, sino que pueden venir determinadas de las situaciones que han tenido que afrontar durante este tiempo y que no dependen de ellos, como la pérdida de empleo. Otras familias, sin embargo, han sido capaces de organizarse y disciplinarse y están superando con serenidad y creatividad este momento. En este caso, los más pequeños no han tenido ningún problema.

Los niños, al igual que los mayores, tuvieron que afrontar una situación de confinamiento obligatorio de un día para otro. ¿Cómo reaccionaron a tener que abandonar su rutina y el contacto social?

Aquí, de nuevo, ha entrado en juego la situación personal de cada familia. Algunas han afrontado pérdidas importantes, otras se han visto confinadas en pisos minúsculos… No ha sido igual para todos, pero sí hay patrones generales. El confinamiento ha supuesto una pérdida de libertad y espontaneidad enmarcados en una situación de riesgo que hace que nuestro cerebro desconecte unas áreas y active otras, busca información de qué está pasando y si no la tiene, se la inventa e ignora otras situaciones. La COVID-19 ha hecho que los menores entren también en esta fase, que conlleva ansiedad, vigilancia y de tener un sentimiento de riesgo.

Ha habido niños que han sufrido especialmente, recuperando malos hábitos pasados o que no habían aparecido antes. ¿A qué se debe?

Son reflejos del estado de alarma o ansiedad. Los niños ante esto reaccionan poniéndose en tensión y están muy activos y con pérdidas de atención. Otros, en cambio, se ponen en un estado depresivo. Que los niños acaben en uno de estos procesos depende de factores de carácter y de ambiente y pueden aparecer comportamientos regresivos como hacerse pipí en la cama o perder autonomía. Son procesos que se derivan del contexto y, para salir, es importante que la familia está tranquila. Los adultos tienen que aprender a relajarse, desconectar y no estar pendiente de las noticias, alejar a los niños del drama y las preocupaciones.

Muchas familias se han visto confinadas en espacios muy pequeños. ¿Cómo ha afectado esto al comportamiento de los más pequeños?

El niño entiende lo que se le dice y, sobre todo, lo que no se le dice. He conocido familias con este tipo de situaciones, y si los padres han sido capaces de mantener la seguridad y convertir algo que podría ser un problema en un juego fantasioso, los niños han estado felices y tranquilos. Aquí es fundamental que la familia haya sido capaz de mantener un ambiente alegre y creativo. Conozco algunas que cambiaban el comedor cada día: un día era una selva, otro un circo… Hay que ser imaginativos y saber crear situaciones. Es importante señalar la importancia de la conectividad y de los profesores. Muchos padres no son creativos, pero se han visto ayudados por otras familias en situación similar y por maestras que han dado buenas orientaciones, acompañando a los padres y estando en contacto con ellos.

¿Qué factores les han permitido superar estas dinámicas negativas?

Al final, como hemos dicho, los niños se contagian de lo que tienen a su alrededor. Los más pequeños acatan las órdenes y eso significa compartir emociones. Por lo tanto, si ven al padre o la madre ansiosos o angustiados, ellos también lo están. Hay varios factores que han ayudado a los adultos a mantener el equilibrio. Uno de ellos es ser capaz de mantener un ambiente de alegría, tratando de dejar a un lado las preocupaciones. El otro es tener una tribu: ante las situaciones de peligro, sentirse solo y no compartir qué te está pasando puede ser terrible. Por todo ello, la comunicación del adulto con el niño es determinante. Si la familia tiene capacidad para comunicarse y mantener un entorno de alegría, el niño no habrá tenido ningún problema y, en muchos casos, se habrá fortalecido el vínculo entre niños y padres que en una rutina habitual mantienen poco contacto.

Este aumento de contacto entre padres y niños que en una situación de normalidad no se produce ¿puede tener consecuencias negativas cuando las situaciones obliguen a una disminución?

La clave para afrontar esto está en reforzar la seguridad. El vínculo es siempre una fuente de seguridad. El padre o la madre que estaba alejado de la familia no va a desaparecer de golpe y va a ser capaz de estar más unido, porque el vínculo no es algo que se toma y se deja, sino que implica a las partes. Estas familias han aprendido cosas que no olvidarán. El niño que haya vivido una dinámica de fortalecimiento afectivo sale reforzado.

Una vez superado el confinamiento, los niños han de adoptar nuevas normas de comportamiento social que en muchos casos no comprenderán. ¿Cuál es el camino correcto para que lo consigan y las cumplan?

Los cambios se consiguen más por empoderamiento que por amenazas. Esto es algo que se da tanto en los adultos como en los niños. Por lo tanto, aquí los padres juegan de nuevo un papel fundamental. Ahora que los niños están saliendo de nuevo a la calle, volverán a los parques y al colegio, los padres tienen que hacer una labor de acompañamiento, ir con ellos a grandes espacios abiertos, proponer algunos juegos e interactuar con ellos enseñándoles a cumplir con las normas. Si los padres llevan a los niños a una plaza abarrotada y se desentienden, será muy complicado. Si los niños solo tienen otros niños y es todo una algarabía, será muy fácil que se desorienten. Hay que pensar una hoja de ruta práctica, esforzarte, tener previsiones y estar atento al proceso.

Esta situación ha expuesto también a los niños a la tecnología. ¿Hasta que punto ha sido positivo?

La tecnología, como todo, ha podido resultar beneficiosa en términos de ocio, relación social o educación, siempre que se hayan establecido unas pautas de uso y unos límites. Hay familias que han utilizado dispositivos para hacer videollamadas y cenar con los primos, o los amigos, o para organizar juegos, y esto es muy positivo. Pero, también, hay quienes han puesto la pantalla como canguro electrónico. Además, es importante que los padres no estén todo el día pendientes de los dispositivos y sean capaces de mantener un silencio electrónico. Si no lo hacen, la tecnología les crea separación.


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