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Mónica Castellarnau, coordinadora de Emergencias de Médicos Sin Fronteras España

«La población afectada por fiebres hemorrágicas canalizan sus miedos con el rechazo a los cooperantes»

En la primavera de 2005 Angola se vio azotada por una epidemia de fiebre hemorrágica de Marburg. Nueve meses después, en noviembre de 2005, el Ministerio de Salud angoleño declaró el fin de la epidemia. Los datos oficiales hablaban entonces de 252 casos identificados y 227 fallecidos, aunque se sospecha que las cifras reales fueron más elevadas. Mónica Castellarnau, coordinadora de Emergencias de Médicos Sin Fronteras España, entró en el país africano con el primer equipo de ayuda nada más confirmarse que esta rara enfermedad era la causa del brote epidémico.

¿Cómo describiría el brote epidémico de Angola?

La epidemia a la que nos enfrentamos puede considerarse la peor del virus de Marburg conocida. En un momento dado, cuando todavía no se conocía la evolución de la curva epidemiológica, se temió que pudiera convertirse en la epidemia de fiebre hemorrágica más grande que se haya registrado nunca, mayor incluso que la de Ébola ocurrida en Uganda en 2001, donde se contabilizaron más de 500 casos. Tardamos en controlarla, en romper la cadena de transmisión, que era el objetivo principal de la intervención.

¿Es tan desconocido el virus de Marburg?

Se sabe muy poco. El virus fue descubierto en 1967 en la ciudad alemana de Marburg al experimentar con unos monos de Uganda y la del pasado año fue la tercera epidemia conocida. Es decir, era sólo la tercera vez que se estaba siguiendo científicamente el comportamiento real del virus en el ser humano. El periodo de incubación de la enfermedad es de cinco a diez días y dependiendo de la carga viral puede pasar a fase hemorrágica muy rápido. Es contagioso, pero para ello hay que estar muy próximo al fluido corporal de un paciente que haya desarrollado los síntomas. Digamos que es más fácil de transmitirse que el Sida, pero no tanto como lo es una gripe común.

Su trabajo consistió en poner en marcha centros de aislamiento en Uige y Luanda. ¿Cómo son esos centros?

«El objetivo de los centros de aislamiento es sacar al paciente de la comunidad y darle un trato digno puesto que la mayoría apenas sobrevive 24 horas»
Un centro de aislamiento es un área vallada en la que existen dos zonas, una de alto riesgo y una de bajo riesgo, y circuitos cerrados de entrada y salida para controlar de forma estricta quién entra y quién sale. En teoría, sólo puede pasar personal médico, de agua y de saneamiento. Y en la zona de alto de riesgo, donde están los pacientes, se debe entrar con material de bioprotección bastante sofisticado. Ninguna parte del cuerpo puede quedar descubierta, por eso usamos unos trajes que parecen de astronauta y que en algunas zonas tienen hasta tres capas.

Debe ser complicado trabajar con esos trajes.

Sólo en ponérselo se tarda 30 minutos. Pero lo más peligroso es quitárselo, pues hay que asegurarse que no toca la piel ninguna parte que haya estado en contacto con fluidos del paciente. El traje es casi hermético y resulta bastante insoportable, por el calor que hace en una zona tropical y por el nivel de estrés con el que se trabaja, ya que hay que estar constantemente pendiente de no hacer ningún gesto que nos ponga en riesgo. Hacemos turnos cortos, porque es muy duro físicamente y porque es esencial no bajar la guardia.

¿Si la enfermedad no tiene tratamiento, qué se hace entonces con los pacientes?

El objetivo principal del centro de aislamiento es sacar al paciente de la comunidad y el segundo darle un trato digno. Nos aseguramos que el paciente esté limpio y cómodo, y le damos unos cuidados paliativos. Podemos tratar la fiebre, podemos tratar los vómitos y podemos tratar el dolor, lo que es muy importante, dado que la última fase de Marburg es muy dolorosa. Lamentablemente, la gente que llega a un centro de este tipo suele hacerlo en fases ya muy avanzadas: en el 90% de los casos apenas sobreviven más de 24 horas.

Debe ser terrorífico para la población que lleguen unas personas vestidas como astronautas y se lleven a sus seres queridos.

Lógicamente, asusta mucho. La familia en cuestión, si nos ha llamado para comunicarnos el caso, es que ya está muy asustada y es consciente de la situación. Pero, lo más complicado son los vecinos, que se asustan todavía más. No es raro encontrarse con un fuerte rechazo. La población de zonas afectadas puede llegar a canalizar sus miedos y su rabia hacia nosotros, llegaron incluso a tirarnos piedras. Es comprensible. Sin embargo, el mayor peligro es que aumente la agresividad dentro de la propia comunidad y se empiecen a acusar unos a otros por tener algún familiar enfermo.

¿Cómo se reacciona ante una situación así?

La verdad es que no estamos acostumbrados a que nos echen de un pueblo al grito de asesinos. En la zona en la que actuamos hay muchos hechiceros y muchísimas fantasías en la población. Fantasías que seguramente existirían simplemente porque hay miedo y la gente necesita buscar una explicación. Si no se da la información adecuada, como ocurrió al inicio de la epidemia, los miedos y las reacciones de rechazo se disparan. No fueron pocos los que pensaron que nos comíamos a la gente, que les desangrábamos para tener poderes sobrenaturales o que habíamos introducido el virus para hacer una investigación científica.

¿Qué reglas hay que seguir para evitar el contagio?

En Uige se adoptó una norma de facto: nadie se tocaba. Se hacía así tanto entre nosotros, como con las autoridades. Es una medida que internalizas al cabo de sólo unos días y te sale luego de forma natural. Cuando volví a España me sorprendió que alguien me abrazara.

Entre los fallecidos, hubo personal sanitario. ¿Se siente miedo al trabajar?

Sí, pero es un miedo sano, que no nos impide trabajar. Las medidas de seguridad suelen ser muy altas. Además, el personal sanitario sabe cómo se contagia el virus y cómo protegernos, algo que, por desgracia, ignora la población. En cuanto al personal sanitario de allí, se les está formando tanto por parte de Médicos Sin Fronteras como de la Organización Mundial de la Salud, pero algunos hábitos están muy arraigados y son difíciles de corregir.

¿Qué le impactó más en Angola?

Tener autoridades que no te responden en una zona de guerra no sorprende. Pero en la zona donde se inició el brote me costó aceptar la poca implicación de las autoridades. Es lo que más rabia me da.

PAVOR A LAS FIEBRES HEMORRÁGICAS

La epidemia de Marburg que se desató la primavera pasada en Angola consta como una de las peores de las que se tiene constancia y una de las pocas sobre las que se ha podido actuar aplicando medidas específicas para atajarla antes de que la curva epidemiológica alcanzara un pico de gravísimas proporciones. Aunque todavía se mantienen discrepancias entre las autoridades sanitarias locales y las organizaciones médicas que participaron en el proceso, tanto el número de afectados como el de fallecidos acabaron conteniéndose en cifras que, para la peor de las estimaciones, se quedó por debajo de las 400 personas.

El virus de Marburg, que toma el nombre de la ciudad alemana donde se identificó por primera vez a finales de los años 60, es un filovirus emparentado con la familia de virus Ébola. Ambos grupos causan fiebres hemorrágicas y tienen asociado un alto índice de mortalidad. El virus se transmite por el contacto con los fluidos corporales, en especial el sudor, semen, saliva, excrementos y sangre. La enfermedad comienza a manifestarse con fiebre, cefalea, diarrea y vómitos, signos que pueden confundirse en sus primeros estadios con la malaria. Pero, luego, los infectados sufren hemorragias generalizadas por la laceración de los tejidos del organismo y empiezan a sangrar por las encías, la nariz y los ojos. No existe tratamiento posible. Como detalla Mónica Castellarnau, «la única forma de combatir la epidemia es aislar a los casos declarados y enterrar a los muertos con estrictas medidas sanitarias».

La identificación de casos en los que las personas infectadas han desarrollado anticuerpos específicos, ha alentado en los últimos años distintas líneas de investigación, aunque los resultados por el momento no están siendo positivos. Las medidas preventivas, por otra parte, tampoco están siendo potenciadas por las autoridades locales de unos países que se mueven entre el conflicto bélico y la pobreza. La manipulación y consumo de carne de mono, considerado uno de los probables focos de infección, el peso de las tradiciones y el contacto físico con los infectados, continúan siendo una losa para aminorar el riesgo. No obstante, si se ha mejorado en medidas de urgencia para el aislamiento y la confinación de enfermos y focos.


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