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Muchas golosinas y más fruta

El sabor dulce de las golosinas, más que el contenido energético, podría explicar porqué los adictos a estos productos son más proclives a consumir fruta que los no adictos

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: martes 8 agosto de 2006

Científicos estadounidenses han descubierto que la adicción a las golosinas puede preludiar una tendencia saludable al consumo de frutas, y están ensayando la posibilidad de reconvertir un mal hábito nutritivo en otro saludable. Según este estudio, los muy frugívoros prefieren consumir tentempiés dulces, mientras que los más partidarios de verduras, hortalizas y legumbres se inclinan por los snacks salados.

¿Más ideas para combatir la epidemia de diabetes y obesidad que se cierne en todo el planeta? Un grupo de expertos de la Cornell University (EEUU), dirigido por Brian Wansink, plantean en un artículo que publica la revista Appetite la hipótesis de que los adictos a las golosinas (cuyo síndrome ha sido bautizado como sweet tooth, diente dulce) son más proclives a consumir fruta que los no adictos. Esta circunstancia, especulan los expertos, podría usarse con la finalidad de «endulzar» el sabor de determinadas verduras, hortalizas o legumbres, a fin de garantizar una dieta equilibrada en quienes se distinguen precisamente por una ingestión desproporcionada de azúcares e hidratos de carbono.

Al decir de los especialistas, la clave no está tanto en el contenido energético de las golosinas como en su sabor dulce. Por lo que los vegetarianos que sienten mayor predilección por las frutas que por el resto de vegetales son también más propensos a «caer» en la tentación de un hábito de golosinas o chocolate. Wansink y su equipo investigaron a un total de 14.292 norteamericanos entre 1994 y 1996 para determinar si el consumo de golosinas se asociaba a un mayor consumo de fruta o de verduras y hortalizas. Ganó la fruta; asimismo, desvelaron que los muy frugívoros prefieren consumir tentempiés dulces, mientras que los más partidarios de verduras, hortalizas y legumbres se inclinan por los snacks salados.

Repercusiones dietéticas

Los adictos a las golosinas son los responsables de que el consumo de frutas crezca en todo el mundo Los dietistas se han mostrado poco o nada sorprendidos por el hallazgo, puesto que muchos emplean desde hace años una técnica de deshabituación de las golosinas que consiste en sustituir progresivamente las melazas y golosinas por mermeladas sin azúcar y el aderezo de azúcar en cereales o yogures por pasas, bayas o dátiles. La táctica, aseguran los dietistas estadounidenses, funciona casi a la perfección, si bien la ciencia no había nunca averiguado hasta hoy que si los azúcares y las frutas guardan tan cercano parentesco no es tanto por su contenido como por su sabor.

La paradoja está servida: los adictos a las golosinas son, al mismo tiempo, los responsables de que el consumo y también la producción de frutas no pare de crecer en todo el mundo. Sobre esto último, Asia acapara actualmente el 61% de la producción frutera, seguida de América del Sur y África. Europa y Norteamérica no suman juntas ni el 18%; por contra, son las regiones más consumidoras.

Predisposición genética

Por su parte, Robert Margolskee, de la Mount Sinai School of Medicine (Universidad de Nueva York), ha descubierto que la detección de sabores dulces o agrios por parte de los receptores de la lengua obedece a una codificación genética. «Ambos sabores», explica Margolskee, «han desempeñado un papel importantísimo en la evolución de los seres humanos, permitiendo a estos la identificación de fuentes ricas en azúcares (energía) y a evitar los alimentos de sabor agrio (potencialmente tóxicos)». Los científicos estudiaron a dos estirpes distintas de ratones de laboratorio: una que prefería abrevar en un contenedor de agua con azúcar y otra que mostraba predilección por el agua sin azúcar. En los ratones con tirada por lo dulce identificaron una mutación genética no presente en los ratones menos golosos que, por añadidura, es también responsable de la adicción a lo dulce.

AZÚCAR, AMOR Y ODIO

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La percepción del sabor dulce inaugura el sentido del gusto en todo recién nacido, y con el tiempo pasa a asociarse retóricamente a conceptos de recompensa y placer. Muchos sinónimos del glosario amoroso guardan relación con lo dulce; no obstante, la adicción al azúcar está pasando factura de salud a una sociedad caracterizada por el goce instantáneo. La adicción al azúcar, sin ir más lejos, propicia que muchos hombres y mujeres basen hoy su dieta en un consumo reiterado de dulces, bebidas, helados, mermeladas, caramelos, gomas de mascar, entre otros.

Lejos de asimilar la adicción al azúcar a una drogaadicción o abuso de sustancias, los expertos en salud advierten de que el azúcar blanco contiene muy pocos nutrientes y sólo cuatro calorías por gramo. Los alimentos ricos en azúcar blanco sacian rápido y ofrecen poca cancha a la competencia de otros alimentos menos. Pero, además, los azúcares inhiben la capacidad de glóbulos blancos o leucocitos para hacer frente a contaminaciones bacterianas, por lo que un consumo regular y exagerado de dulces disminuye nuestro sistema defensivo y favorece la aparición de catarros, cistitis, vaginitis o forúnculos.

La adicción al azúcar duplica asimismo el riesgo de padecer diferentes tipos de cáncer: colon, mama, ovarios, próstata, riñón, sistema nervioso y páncreas; también aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y está directamente relacionado con la aparición de diabetes no dependiente de insulina en la etapa adulta. Mucho azúcar en la dieta acarrea problemas digestivos crónicos (malas digestiones), favorece la infección intestinal de hongos, bacterias y parásitos que, a su vez, estimulan una mayor ansia por consumir azúcares.

El consumo exagerado de azúcar también se asocia con problemas menstruales, caries dental, inflamación de las encías, cambios en el estado de ánimo (ansiedad y depresión), anemias y deficiencias nutricionales, obesidad, hipoglucemia (debido a que el páncreas debe secretar picos de insulina para mantener niveles constantes de azúcar en sangre), hiperactividad y dificultades de concentración tanto en niños como en adultos.
En condiciones de abstinencia, el inveterado consumidor de dulces puede experimentar fatiga, ansiedad, irritabilidad, depresión, apatía, taquicardias e insomnio. Si se opta por eliminar todo azúcar de la dieta (cura drástica), conviene tener en cuenta que para asimilar la glucosa que el organismo necesita no basta con un régimen rico sólo en cereales integrales y verduras. Es preferible una cierta saciedad en cuanto a proteínas (pescado, lácteos, huevos, carne, legumbres o frutos secos), puesto que un déficit proteico puede recidivar el ansia por los dulces.

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