Nuevas restricciones para los subproductos de origen animal

Por Mercè Fernández 15 de abril de 2003

En mayo de 2003 entra en vigor la nueva regulación europea para el control de los subproductos del ganado, lo que internacionalmente se denomina by-animal products. Destinada a garantizar la seguridad alimentaria frente a crisis como la de las vacas locas o la fiebre aftosa, impone normas más restrictivas con proteínas animales o piezas de carne sin valor comercial destinadas en parte a otras aplicaciones como aditivos, gelatinas o harinas cárnicas.

La normativa, que fue aprobada en octubre de 2002 y debe empezar a ser aplicada en mayo de 2003, impone un mayor control y restricciones a los subproductos del ganado que no se destinan al consumo humano directo y que se transforman en otros productos que van desde harinas cárnicas, gelatina (para alimentos o recubrimiento de cápsulas), colágeno o comida para animales de compañía, hasta fertilizantes, jabones o pegamentos. Pero va más allá. Dado que lo que pretende es garantizar la seguridad alimentaria evitando todos los posibles riesgos y «cerrando» toda posible entrada de un patógeno en la cadena alimentaria, la normativa impone normas más restrictivas en casos como animales muertos en granjas, mayores restricciones al uso de fertilizantes de origen animal e, incluso, limitaciones que afectan a los restos de comida, incluyendo aceites usados procedentes de restaurantes, servicios de catering o cocinas, entre otros.

La nueva normativa europea incorpora como novedad la prohibición de alimentar animales con restos de comida de cocinas y restaurantes

En este último caso, de aquí en adelante quedará prohibido destinar esos restos de comida a consumo animal. El último brote de fiebre aftosa en el Reino Unido fue provocado por material de desecho de comidas de origen asiático. En el caso de países libres de la peste porcina, los brotes que aparecen suelen ser debidos a la ingestión accidental, por parte de cerdos, de comida destinada a consumo humano (el virus de la peste porcina, que no afecta a humanos, puede encontrarse latente en carne de cerdo). El apartado de los restos de comida será, sin duda, el más difícil de controlar y de cumplir por lo que la UE contempla un plazo inicial de cuatro años durante los cuales los controles serán «más permisivos».

Sólo animales sanos sacrificados en matadero

Respecto a la actividad de los mataderos, y en líneas generales, la normativa clasifica los subproductos en tres categorías. En la primera están las materias de alto riesgo (relacionados con la encefalopatía espongiforme, dioxinas, hormonas utilizadas para el engorde…), que deben ser destruidas por incineración. En la segunda están los subproductos que presentan riesgo de contaminación por otras enfermedades (animales muertos en granjas de forma natural, animales sacrificados como medida de control ante un foco infeccioso, etc.) que se pueden destinar a usos no alimentarios, como plantas de biogás o productos óleo-químicos. Esto supone una novedad, porque hasta ahora los animales muertos de forma natural podían destinarse a la alimentación de animales domésticos. Sólo los subproductos de la categoría tercera, derivados de animales sanos destinados a consumo humano, pueden ser destinados a alimentación animal o aditivos para alimentación humana, siempre y cuando sean sometidos a un proceso térmico a altas presiones.

Pero, ¿cómo se controla que se cumple la norma? Se necesita para ello un sistema eficaz que permita la identificación y trazabilidad de los productos que evite fraudes y productos no autorizados. Aunque el problema «no es tanto de tecnología sino de estrategia», en opinión de Juan José Badiola, profesor de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Zaragoza y responsable del Laboratorio Nacional de Referencia de Encefalopatías Transmisibles.

Controlar qué se hace con los restos de los restaurantes es casi tan complicado como controlar que no se entierren animales muertos portadores de patógenos en zonas remotas o en granjas extensivas donde los animales pastan solos y a sus anchas, y donde el control constante es prácticamente imposible.

En el caso de la EEB, actualmente se trabaja en la validación de un test para la detección in vivo a través de la sangre y hay líneas de investigación, explica Juan José Badiola, que buscan la detección del prión a partir de sus características físicas. «El prión tiene una estructura muy peculiar», señala el experto. Ello debería permitir desarrollar tests para el control a posteriori de alimentos y productos elaborados. «La mayor necesidad de productos seguros nos llevará a todo eso pero es muy complejo», añade.

Evitar el ‘canibalismo’

Un objetivo prioritario de la regulación es evitar la alimentación intra-especies o el llamado ‘canibalismo’. Hasta ahora y desde 1994 estaba prohibido alimentar rumiantes con materias (piensos, harinas cárnicas) procedentes de rumiantes. Ahora, la prohibición se extiende a los no rumiantes, lo que supone en líneas generales que, a excepción de perros, gatos y peces (animales de compañía que nadie ‘consume’), ningún animal puede ser alimentado con harinas que tienen su origen en la misma especie, para evitar infecciones como la de EEB o la de la peste porcina.

El problema principal de la normativa, apunta Badiola, es que debe determinar qué hacer con las harinas de origen animal. «Las harinas no se han inventado caprichosamente, tienen un alto poder nutritivo y ahora nos enfrentamos a qué hacer para reciclar o eliminar todas las que están almacenadas; supone mucho dinero y miles y miles de toneladas de proteínas que se producen cada año».

La solución parece que pasará, avanza Badiola, por el consumo cruzado y sólo en algunos casos. Las harinas de origen vacuno no se utilizarán; con el resto se permitirá, por ejemplo, alimentar a aves con harinas de origen porcino y a cerdos con harinas de origen avícola. «Son especies filogenéticamente alejadas y no comparten muchos agentes, así que no hay riesgos». En el caso que más preocupa, el de la EEB, se cuenta con la ventaja de que el prión «tiene dificultad para dar el salto entre especies».

INCÓGNITAS ABIERTAS

Hasta ahora se han dado casos de encefalopatía espongiforme en humanos, gatos domésticos, felinos salvajes, visones y monos, pero no se han registrado casos en perros, caballos ni aves, animales que por alguna razón parecen ser resistentes. Es cierto que sigue sin esclarecerse porqué la encefalopatía espongiforme o scrapie que afectaba a las ovejas saltó al ganado vacuno. «Hay hipótesis», señala Juan José Badiola, «que apuntan a que la enfermedad estaba latente en el ganado vacuno y que determinados agentes provocaron su aparición». Lo más plausible es que el prión saltara del ganado ovino al bovino, indica Badiola, de la misma forma que animales como los gatos de compañía (82 casos en el Reino Unido, 1 en Dinamarca) se debieron contaminar con toda probabilidad por la alimentación. «Lo único es que no está demostrado el salto del prión de una especie a otra; no se ha podido reproducir en laboratorio».

De cualquier forma, alertas como las del Reino Unido por el gran número de gatos domésticos infectados de EEB por comida (con la incógnita de si pueden infectarse o no sus propietarios por contacto, aunque sea un riesgo muy bajo), la del pasado abril en EEUU por tres cazadores con la enfermedad Creutzfeldt-Jakob (posible contaminación, no demostrada, por carne de ciervo enfermo con su variante de enfermedad priónica), o el descubrimiento en Irlanda hace un año de que piezas de pollo contenían proteínas y ADN de origen vacuno y porcino no declarados en la etiqueta, no hacen más que desvelar que todavía queda mucho por hacer si se quiere garantizar la seguridad a lo largo de toda la cadena alimentaria. Está por ver como afectará la nueva regulación a las importaciones, habida cuenta de que la normativa en otros países, que se suponen libres de la EEB, es más laxa que la que se empieza a aplicar en Europa el próximo 1 de mayo.