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Respondemos cinco dudas frecuentes acerca de la seguridad de este alimento tan cotidiano
Imagen: Alexey Klen
Los seres humanos llevamos al menos 7.200 años elaborando queso pero, a pesar de ello, todavía nos asaltan muchas dudas cuando queremos hincarle el diente. ¿Nos podemos comer ese trozo de queso que tiene moho? ¿Y qué hay de la corteza? ¿Es mejor mantenerlo dentro o fuera de la nevera? A continuación trataremos de resolver esas y otras cuestiones relacionadas con la seguridad de este alimento lácteo.
Pues depende, porque no todos los mohos son iguales. La presencia de algunas especies es deseable en ciertos tipos de queso porque cumplen un papel fundamental en la maduración, contribuyendo a modificar el aspecto, el aroma, el sabor y la textura. Entre ellos, podemos destacar los siguientes:
Todos estos quesos pueden consumirse sin problema porque esos mohos no suponen un riesgo para la salud. En principio, tampoco plantean un problema para personas alérgicas a la penicilina ya que esas especies, a pesar de pertenecer al género Penicillium, carecen de los genes responsables de la producción de este antibiótico (aunque siempre es conveniente consultar con un profesional sanitario antes de hacerlo).
Pero ¿qué ocurre si ha crecido moho en ese queso que lleva semanas en la nevera? Lo más habitual es que se desarrollen mohos del género Penicillium, como los anteriores, que no supondrían problema. Pero también es bastante probable que crezcan otras especies que podrían alterar el producto y poner en riesgo nuestra salud por su capacidad para producir micotoxinas, sustancias tóxicas que provocan diferentes efectos adversos, como la inducción de cáncer. Así, si hablamos de un queso poco maduro de pasta blanda, lo más recomendable es desecharlo, mientras que si es un queso maduro de pasta dura y los mohos no están demasiado desarrollados, podemos cortar la parte externa para retirarlos (una loncha de un centímetro de grosor ya es suficiente) y consumir el resto sin mayor problema.
Imagen: lee_2
De nuevo la respuesta es la misma: depende. Y es que no todas las cortezas son iguales. Para empezar, hay quesos que ni siquiera la tienen: el Cabrales carece de ella porque se madura en condiciones de alta humedad y el de Burgos no la tiene porque no da tiempo a que se forme. Por eso estos quesos se comercializan envueltos o envasados.
En otros tipos de queso, la corteza se forma de manera natural a medida que transcurre la maduración, como consecuencia de la pérdida de agua por evaporación que se produce en la superficie de la pieza. En estos casos habría que distinguir dos tipos:
También existen quesos cuya corteza es artificial. Algunos, sobre todo los que son producidos a gran escala, son cubiertos con determinados materiales, como ceras o parafinas, que se caracterizan por sus colores vivos y su brillo intenso. Esto se hace con el objeto de proteger el interior del producto, evitar la desecación y aportar un aspecto que para algunos consumidores es deseable. Son materiales aptos para uso alimentario y que no suponen riesgos para la salud desde el punto de vista toxicológico, pero lo aconsejable es evitar su consumo.
Son pequeños cristales que se forman a partir de compuestos presentes en el queso, como ácido láctico, calcio y diferentes aminoácidos. En quesos muy maduros, los cristales están constituidos principalmente por un aminoácido llamado tirosina y su presencia es apreciada porque se interpreta como un indicador de que el queso ha sido madurado durante largo tiempo. En quesos poco maduros los cristales están formados por lactato cálcico y su presencia es indeseable, ya que se considera un defecto. En cualquiera de los casos, su consumo no supone ningún riesgo para la salud y se pueden comer sin problema alguno.
El consumo de leche cruda supone un riesgo para la salud debido a la posible presencia de microorganismos patógenos. Si esa leche se emplea para elaborar queso, los riesgos siguen presentes. Por eso se aconseja no consumir quesos poco curados elaborados con leche cruda. Ahora bien, esos riesgos van disminuyendo a medida que avanza la maduración, debido a que las condiciones son cada vez más hostiles para la supervivencia de bacterias patógenas, sobre todo porque la cantidad de agua de la que pueden disponer es cada vez menor. Lo que indica a este respecto el Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria Consumo y Nutrición (AECOSAN) es que la supervivencia de microorganismos patógenos en quesos madurados durante más de 60 días se considera "poco probable pero no descartable". Por eso se recomienda que los grupos de población en riesgo no los consuman, es decir, mujeres embarazadas, niños pequeños, ancianos y personas inmunodeprimidas.
Algunas personas prefieren dejar el queso a temperatura ambiente para poder apreciar mejor sus características. Sin embargo, lo conveniente es conservarlo a temperaturas de refrigeración (en torno a 4 ºC) y debidamente envasado. De ese modo se consigue alargar su vida útil sin que se seque ni madure en exceso. Pero lo más importante es que esas temperaturas dificultan el desarrollo de la mayoría de microorganismos patógenos. Aun sí, en esas condiciones todavía pueden crecer algunos de ellos, como Listeria monocytogenes, una bacteria que puede llegar a ser muy peligrosa; así que no debemos olvidar las consideraciones citadas en el punto anterior. Por otra parte, si queremos consumirlo a temperatura ambiente para poder apreciar mejor sus características, basta con atemperarlo un poco antes de comerlo.
Por último, pero no menos importante: los quesos con características anormales en lo que respecta al aspecto (abombado, con grietas), el olor o el sabor no deben consumirse. Eso no significa que un queso contaminado con bacterias patógenas presente esos defectos. Es más, los patógenos más peligrosos, como Listeria monocytogenes, no alteran de manera significativa el producto, así que no debemos bajar la guardia.
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