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Frutas, verduras y pescado también son cosa de niños

Padres y madres en casa y educadores y profesionales de restauración colectiva en el comedor escolar deben asumir la responsabilidad de que los niños adquieran hábitos alimentarios saludables

  • Última actualización: 12 de marzo de 2010

"Siempre he agradecido a mi madre que me enseñara a comer de todo y me insistiera en la importancia que tiene una buena alimentación". La declaración de hijo orgulloso representa una cara de la moneda, la positiva. La otra la tenemos en una escena que se produce cada día en el comedor de empresa o en la cena con amigos: alguien deja distraídamente en el plato la mitad de la comida, explicando -lacónicamente y sólo si le preguntan- "nunca me gustaron las verduras", o "yo, es que soy más de carne: el pescado ni fu ni fa". Son las dos caras de la moneda de una realidad, los hábitos alimentarios, que los especialistas relacionan cada vez más con la salud de la gente, en particular con la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Y, también, de un estado de la situación cuyo origen hay que buscar en lo que se aprende desde la infancia.

Niños que comen mal

En la mesa familiar, si ponemos el foco en los niños, en su comportamiento ante la comida que se les sirve, vemos que desaparecen la carne y las patatas fritas del plato pero dejan casi toda la verdura; que se relamen de gusto con la pasta con tomate y queso pero miran de reojo las lentejas y jamás terminan el pescado si no carece absolutamente de espinas y no sabe muy fuerte; adoran los fritos, los dulces, los lácteos y la bollería, pero no hay quien les haga comer a menudo ensaladas o fruta.

Podría decirse que cada niño es un mundo, y sería cosa cierta, pero tanto nutricionistas como educadores, profesionales del sector de la restauración colectiva y padres saben que esta situación se repite cada día en muchas familias y comedores escolares: los niños comen mal, y seguro que hay disculpas y razones que lo explican pero el hecho tiene unas repercusiones muy perjudiciales en su salud.

Casi uno de cada seis menores españoles de entre 6 y 12 años padece obesidad, y a una cuarta parte de quienes no han cumplido 24 años la balanza les advierte de que pesan más de lo adecuado. ¿La razón? El excesivo consumo de alimentos ricos en grasas y de dulces, y la tradicional reticencia de los niños a ingerir fruta, pescado y hortalizas. Las nuevas costumbres de niños y jóvenes, más sedentarias que las de generaciones anteriores, y la escasa actividad física completan este explosivo cóctel que hipoteca la salud de muchos niños y jóvenes.

Qué hacer

Para los niños el día tiene pocos momentos gratificantes (hay que levantarse de buena mañana, asearse, estudiar y atender en clase, moverse de aquí para allá...) y el de la comida es uno de ellos. Como a los adultos, les gusta disfrutar cuando se alimentan. De hecho, no piensan en nutrirse, sino en comer lo que más les gusta. ¿Qué hacer para que aprendan a comer bien, y para que disfruten comiendo lo que, de entrada, no les gusta o incluso detestan?

La recompensa es un método poco aconsejable. Ofrecerles como premio algo que les atrae mucho, como el postre o "chuches", si se comen lo que no les agrada no es buen método. Especialistas en nutrición infantil de las universidades de Surrey y Gales, ambas en Reino Unido, acaban de publicar una investigación en la que concluyen que "este sistema de recompensa en forma de alimentos puede incrementar aún más las preferencias de los niños por el postre o los dulces, pues el emparejamiento de dos comidas se traduce en que la comida de recompensa se considere más positiva que la de acceso".

Otros especialistas aseguran que en ciertas circunstancias los premios pueden aumentar la disponibilidad para modelar la conducta alimentaria, pero sugieren ofrecer recompensas no alimentarias, como el reconocimiento ("estoy muy orgulloso de ti", "estás aprendiendo mucho") o pequeños objetos, como pegatinas o un lápiz de colores cuando consiguen éxitos, en otras palabras, cuando comen lo que preferirían no comer.

El equipo de nutricionistas de CONSUMER EROSKI considera que insistir tanto en casa como en el centro escolar sobre la importancia de adquirir hábitos alimentarios saludables, y compaginar esta formación con el ofrecimiento cotidiano de menús equilibrados y bien planteados que acaben agradando a los pequeños es la mejor manera de que aprendan a comer de todo.

El ejemplo, en casa

El niño come lo que ve que sus padres comen. La razón de que el menor coma mal se debe, en gran medida, a una conducta alimentaria mal aprendida en casa y a una relación poco reflexiva con la comida, a no concederle la importancia que tiene. Por ello, resulta determinante que padres, abuelos y educadores analicen hasta qué punto, con su comportamiento alimentario cotidiano, con su disciplina y el tiempo y modo que invierten en enseñar a comer a los más pequeños, son responsables de su inadecuada conducta alimentaria. Enseñar a comer forma parte de la educación. Y como aprendizaje esencial que es, requiere un esfuerzo constante, diario.

Los pequeños son, con frecuencia, maniáticos con las comidas y manifiestan preferencias y aversiones ante ciertos alimentos. Sin embargo, y aunque las preferencias deben ser tenidas en cuenta a la hora de planificar los menús, el niño no puede dictar a sus padres los platos que han de preparar. Lo de preguntarles "qué comemos mañana" es un gran, y habitual, error. No les preguntamos si quieren ir mañana a clase. Si por ellos fuera, con su media docena de platos favoritos sería más que suficiente. Sin embargo, si la gama de alimentos que incorporan los menús familiares es amplia tendrán más posibilidades de variar y resultará más probable que acepten un mayor número de alimentos. Por el contrario, si sólo ven 2 ó 3 tipos de verduras, ensaladas y frutas o el pescado cocinado siempre de la misma forma, difícilmente asimilarán lo bueno que es comer de todo.

Los niños emulan lo que ven mucho más de lo que atienden a lo que se les explica; por tanto, aparquemos de vez en cuando la (necesaria) retórica y prediquemos (siempre) con el ejemplo: eduquemos a los niños en sabores diferentes que les permitan disfrutar de una alimentación rica, variada y saludable. Es tarea de padres y madres, en el hogar, y de educadores y profesionales de restauración colectiva, en el comedor escolar, inocularles hábitos alimentarios saludables. Eso sí, sin renunciar a que las comidas constituyan un momento placentero. Y si, de paso, los mayores aprendemos a comer un poco mejor, la jugada saldrá perfecta.

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