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Lactancia materna y coeficiente intelectual

Las grasas son nutrientes esenciales en la formación y desarrollo del sistema nervioso del bebé

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: lunes 21 enero de 2008
Científicos estadounidenses han confirmado que la lactancia materna mejora la inteligencia de un niño gracias a una determinada variante genética, como revela el estudio publicado muy recientemente en la revista 'Proceedings of the National Academy of Sciencies'. Un gen que controla los ácidos grasos es el que puede ayudar, a los bebés que lo tengan, a aprovechar mejor la grasa de la leche de su madre y promover un desarrollo cerebral vinculado a un mayor coeficiente intelectual.

Lactancia y desarrollo cognitivo

La lactancia natural es la alimentación más beneficiosa para el bebé. Además de reducir la susceptibilidad del pequeño a ponerse enfermo, estudios recientes constatan también que los niños alimentados con la leche de su madre tienden a un mejor desarrollo cognitivo, lo cual redunda en un coeficiente intelectual superior. A la luz de las últimas investigaciones se puede afirmar que el desarrollo intelectual de los bebés está influido por dos factores: la herencia genética y las experiencias que le ofrece el ambiente después del nacimiento, entre las que destaca la lactancia materna.

El estudio habla concretamente del gen denominado 'FADS2'. Se encarga de regular el metabolismo de los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, que cumplen una importante función en el desarrollo de las células nerviosas. Son abundantes en la leche materna y poco abundantes o inexistentes en otro tipo de leches infantiles, salvo que estén enriquecidas en estos nutrientes esenciales.

Grasas y sistema nervioso del bebé

Un 60% del cerebro está compuesto por grasas, de las cuales un 40% son ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (AGPICL); un 10% ácido araquidónico, proveniente del ácido esencial linoleico (Omega 6); y un 15% ácido docosahexaenoico (DHA), que es el que tiene una mayor relevancia en el desarrollo cerebral y que proviene del ácido esencial alfa-linolénico (Omega 3). Estos dos ácidos grasos (araquidónico y DHA) son fundamentales en la configuración de la estructura y en el funcionamiento del sistema nervioso del bebé.

Las etapas más críticas en la formación del cerebro de una persona ocurren durante el último trimestre del embarazo y continúan hasta dos años después del nacimiento. Durante este tiempo suceden una serie de procesos muy concretos en las células nerviosas, que necesitan un extraordinario aporte de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga. Estos ácidos grasos intervienen en la creación del tejido nervioso y en la generación y transmisión de la información a través de las neuronas.

Lactantes con mayores niveles de estos ácidos grasos en el organismo tienen una mayor capacidad de aprendizaje y concentración, según un artículo publicado en el número de junio del pasado año en la revista 'American Journal of Clinical Nutrition'. De hecho, un aporte adecuado de AGPICL durante este período puede tener repercusiones positivas en la inteligencia del niño, futuro adulto, y también en el estado de salud general durante su vida, disminuyendo la morbilidad.

Equilibrio omega 6 / omega 3

Durante la fase final del embarazo, y hasta dos años después del nacimiento, las células nerviosas necesitan un importante aporte de ácidos grasos poliinsaturados

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomiendan una relación dietética de omega-6 y omega-3 de entre 5:1 y 10:1, es decir, por cada gramo de omega 3 conviene consumir entre 5 y 10 g de omega 6. Los ácidos omega 6 se encuentran en grandes cantidades en los aceites de girasol, maíz, soja, cacahuete, onagra, y en diversos productos manufacturados como galletas o margarinas.

En nuestra dieta cotidiana no es frecuente un consumo insuficiente de omega 6, aunque sí de omega 3. Los omega 3 abundan en los pescados azules como arenques, caballas, sardinas, salmones, atunes o boquerones. Los mariscos también son una fuente discreta (mejillones, almejas, quisquillas o berberechos, entre otros). Los aceites de germen de trigo, los frutos secos como las nueces o avellanas, así como productos enriquecidos en omega 3, son otros tipos de alimentos que pueden asegurar el aporte diario para cubrir las necesidades de este nutriente.

Desde hace más de una década se comercializan huevos ricos en DHA, conseguidos a través del pienso que comen las gallinas, al que se añaden ciertas algas ricas en este ácido graso. Hoy en día, a consecuencia de los avances tecnológicos, se enriquecen diversos productos alimenticios como galletas, margarinas, lácteos, patés y salchichas de ave. No obstante, conviene asesorarse correctamente antes de recurrir por norma a los alimentos enriquecidos, ya que un abuso de los mismos puede resultar perjudicial. El exceso de DHA en el organismo, de hecho, puede provocar defectos en la coagulación sanguínea.

La alimentación de la madre, una pieza clave

Durante el último trimestre del embarazo y los primeros meses de vida, el aporte de ácido araquidónico y DHA lo realiza la madre. La leche humana contiene una pequeña cantidad de ácido araquidónico (0,5%) y de DHA (0,3%), que es suficiente para cubrir hasta tres veces las necesidades del recién nacido. Si la madre se alimenta con una cantidad adecuada de este tipo de grasas podrá aportar, al feto a través de la placenta y al bebé a través de la leche, estos ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga tan necesarios para un desarrollo correcto y sano de su sistema nervioso.

Sin embargo, hay situaciones que pueden alterar esta aportación, como por ejemplo una nutrición inadecuada, o el mayor consumo de alimentos ricos en omega 6 tan habitual en nuestro país (aceite de girasol y maíz, galletas o margarinas) unido a la insuficiente ingesta de alimentos ricos en omega 3 (un exceso de los primeros disminuye los efectos beneficiosos de los segundos). Por ejemplo, se requieren más de 200 g de pescado azul a la semana para elevar el DHA en la leche de madre. Los embarazos muy frecuentes o un embarazo multíparo son circunstancias que también pueden disminuir las reservas de AGPICL.

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