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¿Y si en lugar de comer miel nos comemos las abejas?

Desde este año, la regulación de la Unión Europea permite vender en España insectos para el consumo humano

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: miércoles 12 diciembre de 2018

La costumbre de incluir insectos en la dieta no es un fenómeno nuevo. Formó parte de la vida de nuestros antepasados homínidos, y en la Roma clásica Plinio El Viejo, en su ‘Naturalis Historia’, narraba cómo los patricios romanos enloquecían por las larvas de insectos criados en harina y vino. Hoy, organismos como la Organización de las Naciones
Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) consideran
la entomofagia como una salida sostenible al reto de
cubrir la demanda de alimentos de la población mundial en
el futuro próximo.
De ahí que en las siguientes líneas analicemos la oferta de insectos disponible en la actualidad y comentemos varias pautas para degustarlos con seguridad.

Nuestro país, uno de los últimos de la UE en comercializarlos, asiste al auge del formato más popular de los alimentos a base de insectos: los productos derivados de harinas que se venden en forma de galletas, barritas e incluso chocolates y pastas, con más proteínas, fibras y grasas saludables que las de los alimentos más comunes de la despensa.

Recogidos en el listado de los Novel Foods (nuevos alimentos) de la Comisión Europea, los insectos forman parte de la dieta tradicional de casi 2.000 millones de personas que consumen cerca de 1.900 variedades comestibles, según un estudio de la FAO y la Universidad de Wageningen (Países bajos). A la cabeza de las más demandadas se sitúan los escarabajos (31 %) y las orugas (18 %), seguidas de las abejas, avispas y hormigas (14 %) y los saltamontes, langostas y grillos (13 %). Pueden adquirirse envasados, a granel, deshidratados, dulces... Aunque la investigación de los insectos para el consumo es incipiente, la mayoría de los nutricionistas los contemplan como un complemento y no como sustitutivo de otros alimentos.

Una cata de gusanos para empezar

Para introducirse en la entomofagia, nutricionistas y productores recomiendan la cata de gusanos de la harina o tenebrios. Una vez tostados y aderezados, se asemejan a un aperitivo gracias a la textura del exoesqueleto, el tejido duro y rígido que recubre el cuerpo de los insectos, arácnidos y otros invertebrados. Su carácter crujiente y el sonido característico que le acompaña recuerdan al de las galletas o los pretzels.

Además, no todas las etapas de la vida de los insectos comestibles resultan interesantes para los humanos. Las pupas, las larvas y las ninfas (las primeras fases) representan los estados más óptimos para su ingesta, al contener menos quitina (un carbohidrato presente en las paredes celulares del resistente cuerpo de los artrópodos y los hongos), haciéndolos más tiernos y digeribles.

En cuanto al aroma, la gran mayoría de los insectos está casi libre de olores, debido al exoesqueleto. ¿Y el aspecto? Los especialistas advierten de que un color agradable no siempre indica que un insecto sea delicioso. De hecho, durante la cocción, el color suele cambiar de los tonos originales de gris, azul o verde al rojo. Los insectos que contienen una gran cantidad de grasa oxidada o los deficientemente secados pueden ser negros, pero con un secado adecuado, se vuelven dorados o marrones y pueden triturarse con facilidad con los dedos.

En muchos países, los insectos se consumen vivos. Pero si se cocinan (lo más recomendable, según un estudio de 2016 de la Universidad Checa de Ciencias de la Vida), lo mejor es escaldarlos con agua caliente después de dejarles sin comer durante uno y tres días. También se puede optar por hervirlos, hornearlos, freírlos o secarlos. Su sabor y su retrogusto son muy diversos, marcados por las feromonas que se producen en la superficie del organismo de los insectos, el ambiente donde viven y la alimentación. Si se escaldan, resultan insípidos al paladar, al eliminar en el lavado las feromonas. Sin embargo, durante la cocción, adquieren el sabor de los ingredientes que se les añade.

Conviene recordar que uno no puede ir por el campo echando a la cazuela los bichos que encuentra a su paso. No debemos obtenerlos de la naturaleza, ya que, además de interferir con los ecosistemas, podríamos exponernos a sustancias perjudiciales presentes de forma natural, manipularlos incorrectamente o consumirlos en etapas de desarrollo inapropiadas.


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