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María Neira, presidenta de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria

«No sirve de nada poner en el mercado alimentos inocuos si luego provocan obesidad»

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESA) acaba de incorporar entre sus objetivos de futuro los factores nutricionales como elemento de seguridad. El enfoque, ciertamente novedoso, va más allá de la inocuidad de los alimentos. Como asegura su presidenta, María Neira, no basta con que un alimento no cause daño. Para que sea seguro su consumo debe ser responsable e informado.

aría Neira preside la Agencia Española de Seguridad Alimentaria desde su creación, hace poco más de dos años. En este tiempo ha querido sobre todo que la información al público fuera «transparente» y que la actividad de la AESA tuviera «el debido rigor científico». édico de formación -antes de ocupar su presente cargo trabajó nueve años en la Organización undial de la Salud-, Neira asegura en esta entrevista que estamos en unos «niveles altísimos» de seguridad alimentaria. Explica también su gran reto para este año: incluir la nutrición entre los objetivos de la agencia. Prueba de su intención es la participación de la AESA en la campaña contra la obesidad del inisterio de Sanidad.

Haga balance de su gestión al frente de la AESA.

Era obligado que España tuviera una agencia de seguridad alimentaria, así que el primer objetivo ya se ha cumplido. El segundo consistía en hacerla funcionar con el debido rigor científico, y creo que lo hemos conseguido. Nos apoyamos en muchos expertos y consultamos a todos los sectores. Hay personas con mucha experiencia que, en mi opinión, no se estaba aprovechando. Ahora hemos creado una filosofía de foro. Y el tercer objetivo era gestionar todo cuanto nos atañe sin sobresaltos mediáticos, pero con eficacia y transparencia, porque si no se genera desconfianza, sospecha. Y esto es nuevo: en la información oficial siempre ha habido tendencia a la discreción, y está bien, pero debe ser transparente. Además somos el punto focal para las redes de alerta europeas: procesamos y reenviamos muy rápido la información que recibimos, de Europa y países terceros a las Comunidades Autónomas y viceversa. Sólo así podemos mantener el compromiso de retirar del mercado un producto peligroso en menos de 24 horas.

¿Ocurre con frecuencia el tener que retirar alimentos?

Que se retiren productos es algo normal, lo raro sería que no se retirara nada, porque significaría que el sistema no está funcionando bien. Conseguir el 100% de perfección es casi imposible en este campo. De todas formas, muchas veces se trata de cuestiones no relacionadas directamente con la calidad del alimento, sino con el etiquetado, por ejemplo.

Ahora el gran reto supongo que será la trazabilidad.

En realidad el año de la trazabilidad ha sido 2004, porque ha habido que prepararse. La trazabilidad supone una revolución en cuanto al cambio de mentalidad. Los consumidores a veces no nos damos cuenta del altísimo nivel de seguridad alimentaria en que estamos. Es muy fuerte que seamos capaces de rastrear un alimento hasta que fue pienso.

Ponga un ejemplo de lo que significa la trazabilidad.

«La AESA es el punto focal entre las redes de alerta europeas, España y las comunidades autónomas»
Hay uno muy reciente. Holanda detecta que hay dioxinas en la leche y en muy pocas horas ya sabíamos el origen del problema: en una mina en Alemania hubo hace años un incendio que contaminó el suelo, y de ahí salieron las arcillas en que estuvieron las cáscaras de patata que comieron las vacas contaminadas. En España supimos en cuestión de horas que había dos terneras afectadas, y cómo se llamaban y dónde estaban. Es casi como de ciencia ficción. Implica, por ejemplo, que no hay que parar toda la producción de leche de un país.

¿Y qué supone para las empresas?

Es más trabajoso, pero a medida que se vayan acostumbrando se darán cuenta de que la trazabilidad tiene muchas ventajas. En el fondo es un proceso sencillo: se trata de saber de quién se recibe un producto y a quién se vende. Los papeles se mantienen durante unos meses.

La trazabilidad venía aplicándose ya desde hace años con la carne, ¿no?

Sí, pero no de forma tan completa como ahora. Ahora hay que hacer la trazabilidad de los piensos también.

¿Cómo se está seguro de que los documentos que sostienen la trazabilidad, los papeles de cada ‘eslabón’ de la cadena, responden a la realidad?

Para empezar, la industria alimentaria debe cumplir la reglamentación, debe saber que no hay sustancias nocivas en un producto antes de ponerlo en el mercado. Es responsabilidad de la industria, la Administración no puede hacer controles a cada pienso. Pero por supuesto estos controles se hacen. Ya los había y los seguirá habiendo.

Las Comunidades Autónomas tienen las competencias en esta materia. ¿Tienen los laboratorios suficientes como para efectuar esos controles?

No hay que tener 17 laboratorios sofisticados en España. Creemos que no es necesario un laboratorio de biotoxinas en Extremadura, ni un laboratorio de detección de OGM [organismos modificados genéticamente] en cada comunidad. Lo que sí es necesario es la capacidad de actuar de forma coordinada. Nosotros estimulamos a las comunidades para que mejoren su capacidad de laboratorio, pero no se trata de que todo se multiplique por 17, sino de disponer de una cantera de servicios y de poder intercambiar exámenes.

La Agencia de Seguridad Alimentaria participa en la campaña contra la obesidad.

«La trazabilidad es un proceso sencillo: se trata de saber de quién se recibe un producto y a quién se vende»
Sí, lo hacemos por coherencia. Nos hemos dado cuenta de que no basta con poner en el mercado alimentos inocuos si luego provocan obesidad, diabetes o hipercolesterolemia. El gran reto de este año es que la Agencia de Seguridad Alimentaria lo sea además de nutrición. Sabemos que es muy difícil establecer la frontera del mal uso de un alimento, pero nos parecía importante. Por eso estamos liderando en el Ministerio de Sanidad una estrategia de prevención de la obesidad, la Estrategia NAOS [Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad].

Pero, ¿puede la Administración decirle a una empresa que cambie la composición de un alimento porque consumido en exceso es malo? Además, si las empresas saben que haciendo un producto más dulce venden más, pues…

Negociaremos con la industria para que reduzca la cantidad de determinados componentes, pero no queremos usar medidas represivas, ni queremos que la industria fabrique sólo lechuga. Lo que queremos es cambiar profundamente nuestro estilo de vida. La obesidad es un problema multidisciplinar, con muchas vertientes. Es un problema social, económico, cultural… Por eso tenemos que atraer a la estrategia a todos los que puedan promover una alimentación y un estilo de vida saludables. Nos dirigimos a la industria alimentaria, de catering, de alimentación colectiva, de ocio, a los medios de comunicación, a los padres…

¿Se puede luchar contra una avalancha de anuncios de alimentos muy dulces, por ejemplo, dirigidos a los niños?

Independientemente de lo que digan las industrias o la publicidad, esos niños tienen padres, educadores. Y ellos tienen un papel fundamental en la creación de unos hábitos nutricionales. No podemos inhibirnos y echar la culpa a la industria o las escuelas, porque en el fondo las decisiones sobre qué comemos las tomamos nosotros: mi cuerpo lo cuido yo.

¿Es optimista respecto a los resultados que se obtendrán?

La obesidad es el reto de la salud pública del siglo XXI. Y no podemos dejar de asumirlo porque sea difícil.

PRODUCTOS QUE NO MIENTEN Y RIESGOS QUE SE VEN VENIR


María Neira se plantea ambiciosos retos para el nuevo año. El primero es pasar de la seguridad alimentaria a la nutrición, pero no es el único. Entre los más importantes está el «proyecto de alegaciones nutricionales», que desarrolla la Comisión Europea y que pensado sobre todo para los llamados alimentos funcionales. «Se trata de que el producto haga realmente lo que dice que hace. Hay que hacer una legislación más severa, para que lo que se alegue esté respaldado por una documentación científica seria», explica Neira.

Otro de los retos tiene un aura futurista: la capacidad de adelantarse a los riesgos. «Queremos que los laboratorios pongan a punto nuevas técnicas para detectar posibles riesgos», dice la presidenta de AESA. Un ejemplo: el estudio de sustancias que no provocan intoxicaciones agudas pero cuyo efecto acumulativo a largo plazo no se conoce.

Sin embargo, Neira admite que con el personal a su cargo habrá que trabajar muy duro para cumplir los objetivos. En la agencia trabajan oficialmente 240 personas, de las que 156 están en los laboratorios. «Tratamos de suplir la falta de recursos humanos recurriendo a las redes de expertos, pero no nos vendría nada mal un aumento de plantilla».


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