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“Nutri-Score es un instrumento vivo que se puede ir perfeccionando con el tiempo”

Miguel Ángel Royo Bordonada, responsable del área de estudios de la Escuela Nacional de Salud del Instituto de Salud Carlos III

Miguel Ángel Royo Bordonada (Zaragoza, 1967) es doctor en Medicina Preventiva y Salud Pública, además de responsable del área de estudios y director del Máster de Salud Pública de la Escuela Nacional de Salud del Instituto de Salud Carlos III, desde donde coordina proyectos de investigación sobre políticas alimentarias, nutrición, obesidad infantil y ética aplicada a la salud pública. El investigador fue uno de los ponentes de las ‘Jornadas de Debate sobre el etiquetado nutricional Nutri-Score‘, celebradas en enero en Madrid, donde señaló la importancia de este sistema de etiquetado como herramienta transversal de salud pública.

¿Qué papel cree que pueden jugar los sistemas de etiquetado nutricional para los consumidores?

El papel principal es que garantizan el derecho básico a la información sobre nutrición y resultan de gran utilidad para seleccionar opciones más saludables a la hora de hacer la compra.

¿Considera que la información sobre alimentación se ha convertido en la principal herramienta de prevención de salud?

Yo no diría la principal, pero está claro que la información es una herramienta básica o, dicho de otro modo, un requisito imprescindible para la promoción y la prevención de enfermedades. Se ha visto en diferentes estudios que la aplicación de estos sistemas de etiquetado frontal basados en colores facilita las elecciones saludables. Lo importante para prevenir enfermedades como la obesidad, la diabetes, la hipertensión o el cáncer es seguir un patrón alimentario basado en productos frescos y mínimamente procesados, pero si se incorporan alimentos procesados a la dieta, estas herramientas permiten identificar los más saludables.

Desde algunos sectores se ha criticado el sistema Nutri-Score por las calificaciones que da a algunos refrescos sin azúcar. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Nutri-Score ha demostrado su utilidad y eficacia para clasificar la inmensa mayoría de los productos que podemos encontrar en el mercado en función de su calidad nutricional. Y, además, se ha visto que se asocia en estudios de cohortes [un tipo de investigaciones observacionales] con la prevención de enfermedades no transmisibles [como la obesidad o la diabetes tipo 2]. Es cierto que hay algunas excepciones, como en el caso de los refrescos sin azúcar, un producto prescindible que no aporta nada valioso nutricionalmente y es clasificado en la categoría B.

¿El sistema permite que se puedan cambiar estas valoraciones?

Desde la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria hemos propuesto que se hagan ajustes para corregir esas limitaciones. Y se pueden hacer, porque estamos viendo que Nutri-Score es un instrumento vivo que se puede ir perfeccionando con el tiempo y con la acumulación de pruebas científicas. De hecho, ya se ha hecho una primera mejora al incorporar en los puntos favorables la presencia del aceite de oliva, un producto propio de la dieta mediterránea muy saludable y que ayuda a prevenir enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer.

¿Cuáles son los desafíos a los que se enfrenta Nutri-Score?

El desafío principal es que se aplique en todos los productos, no solo en los de algunas empresas, de la misma manera que tampoco sirve de nada su aplicación solo en productos que obtengan una calificación favorable: para que el consumidor pueda elegir tiene que saber qué productos son más o menos saludables. Mientras tanto, hay otras medidas que los estados pueden tomar, empezando por darlo a conocer mediante campañas de difusión y promover su uso en las licitaciones de los contratos públicos para servicios de restauración colectiva. Además, debería aplicarse para autorizar alegaciones nutricionales sobre salud [los clásicos reclamos de “fortalece las defensas” o “enriquecido con vitaminas y minerales”] solo en aquellos productos con Nutri-Score verde, tal como contempla el preámbulo del reglamento europeo que regula esa materia y que todavía no se ha desarrollado.

¿Qué le parecen las aplicaciones de escaneado de alimentos que presentan diferentes modos de calificar el perfil nutricional de los alimentos, basándose o comparando Nutri-Score con otros sistemas?

Lo que muestran los estudios que comparan diferentes sistemas de etiquetado frontal interpretativo basados en datos científicos es que en la mayoría de los casos son concordantes. Los casos de discordancia son raros y no se observan contradicciones: un producto puede aparecer un poco más o menos saludable (verde más o menos intenso) con uno u otro sistema, pero no encontramos productos saludables con un sistema (verde) y no saludables con otro (naranja oscuro). Por lo tanto, cualquier sistema basado en pruebas científicas, como el sistema chileno, el semáforo nutricional británico o el propio Nutri-Score, pueden ayudar al consumidor al proporcionar una información veraz y fácilmente comprensible.

¿Cree que se debe adaptar a la cultura alimentaria de cada país?

Se debe basar en pruebas científicas de lo que es más o menos saludable, pero las tradiciones culinarias de cada país hay que tenerlas en cuenta, entre otras cosas porque a la población no le puedes decir que cambie sus hábitos de la noche a la mañana. Y la adaptación reciente del aceite de oliva tiene que ver con el patrón cultural, porque el aceite de oliva, sobre todo en su categoría virgen extra, consumido conforme al patrón mediterráneo, en aliños y cocinados, es un producto muy saludable, con una sólida evidencia científica detrás que lo demuestra.

España tiene uno de los mejores sistemas de salud del mundo, pero el problema de la obesidad infantil aumenta a niveles preocupantes. ¿Por qué sucede esto?

La obesidad y las enfermedades no transmisibles están relacionadas con los hábitos de vida como la alimentación, el consumo de tabaco y alcohol o el sedentarismo. El sistema está pensado para restaurar, es decir, curar enfermedades, y debería prestar más atención a la promoción y la prevención de la salud, porque los factores que determinan nuestro estilo de vida son mayoritariamente ajenos al sistema de salud. Por lo tanto, necesitamos promover la alimentación saludable, la práctica de la actividad física, reducir los estilos de vida no saludables, como el alcohol, el tabaco u otras drogas. Y ahí es donde Nutri-Score puede ser clave, junto con otras medidas dirigidas a crear entornos que faciliten las opciones saludables.

¿Cuáles cree que son esas medidas que se deberían poner en marcha en España para reducir el porcentaje de obesidad infantil?

En primer lugar, una nueva política de precios: bajar el IVA a los alimentos más saludables, como frutas, verduras, cereales integrales y legumbres, y subirlo a productos claramente asociados con riesgos para la salud, como el alcohol, los alimentos ultraprocesados ricos en azúcares, grasas saturadas o sal, y las bebidas azucaradas, para las que ya se aplica un impuesto específico en más de 20 países y en Cataluña, con resultados muy prometedores. La segunda medida sería la regulación de la publicidad, sobre todo la dirigida a menores y lo relativo a las alegaciones de salud, porque con la actual legislación es posible que un producto globalmente malo tenga una alegación de salud solo porque se ha enriquecido con una vitamina o un mineral. Y, en tercer lugar, regular la oferta y crear un entorno alimentario saludable.

¿Qué medidas recomienda para crear ese entorno saludable?

Por ejemplo, reducir la presencia de las máquinas expendedoras de productos procesados en lugares como hospitales, o a la promoción del consumo de productos saludables en los comedores escolares, tales como cereales integrales, pescados o verduras. Esto no cuesta tanto y es una responsabilidad de los poderes públicos.

Existen informes de organismos internacionales como el británico Instituto de Desarrollo de Ultramar (ODI, Overseas Development Institute) que denuncian, en gran parte del mundo industrializado, el progresivo abaratamiento de los productos ultraprocesados, frente al cada vez mayor precio de los frescos. ¿Comer mal es cada vez más barato?

Sí, comer mal es más barato porque los productos frescos suelen ser más caros. En el caso de España se puede acceder a una alimentación saludable a un precio razonable, pero sigue siendo más cara una pieza fresca de fruta de temporada que un flan, un yogur azucarado o una natilla, y no digamos ya si comparamos el coste del menú del día en un restaurante tradicional mediterráneo al de un restaurante de comida rápida, el único que pueden permitirse algunas familias. Además, alimentarse bien en casa a un precio asequible requiere formación específica, tiempo y habilidades culinarias, recursos menos accesibles a las clases más desfavorecidas, que son las que se alimentan peor.

¿Cómo se puede cambiar esto?

Lo que tenemos que cambiar son los precios y mejorar la información y la formación a través de herramientas como Nutri-Score, talleres y medidas para la conciliación laboral y familiar, de modo que las personas de clases socioeconómicas bajas, que son las más afectadas por las enfermedades no transmisibles, lo tengan más fácil para alimentarse de forma saludable.

¿Hay forma de que la alimentación saludable llegue a todas las capas de la sociedad sin que suponga un coste medioambiental?

Sí, y así queda recogido en un reciente informe sobre dietas saludables y sostenibles de la comisión EAT de la prestigiosa revista científica The Lancet. La clave está en utilizar como fuente principal de proteínas los vegetales, en lugar de la carne, evitar los productos ultraprocesados, que tienen un impacto ambiental muy alto y sustituirlos por productos frescos, de cercanía, y, en tercer lugar, reducir los desperdicios al menos un 50 %. Así podemos conseguir un sistema alimentario saludable y sostenible.


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